Llamados a ser el Pueblo y Discípulos de Dios
Lecturas: 1ra: Ex 19, 2-6a; Sal: 99, 2. 3. 5; 2da: Rom 5, 6-11; Ev: Mt 9, 36—10, 8
Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Era el Canciller de la Diócesis de Fajardo Humacao, Puerto Rico. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo all:
canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.
(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)
En este domingo, la madre iglesia nos recuerda de nuestra llamada por Dios. Esta llamada se puede entender de dos maneras. Primero, a través de la antigua alianza con Israel, a ser su pueblo. Secundo, atreves de Jesucristo la nueva alianza, Dios nos llamó a ser sus discípulos.

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En la primera lectura de hoy, nos vemos la primera parte de nuestra llamada. Esta lectura nos habla de una de la más famosa alianza de Dios con su pueblo, la alianza de Sinaí. A través de ella, Dios hizo Israel su pueblo y ofrece guiarlo hacia un destino grande, y su pueblo ofrece obediencia.
Si el pueblo es fiel a su promesa, será para siempre el pueblo sagrado, la posesión de Dios. Si fracasa en su destino, humano, Dios no lo abandonará, sino que lo seguirá buscando. Esta es la forma de actuar de Dios porque ama a su pueblo. Aunque le fallamos, nunca nos abandona. Por eso, es sabio el dicho: “Es humano fracasar, es divino el perdonar.”
Como humanos, fallamos en nuestra parte de nuestra alianza con Dios. Sin embargo, como los israelitas, nos apresuramos a decir: “¡Todo lo que el Señor ha dicho, haremos!” (Éxodo 19:8). Tenemos prisa a decir sí, creemos y seremos fieles a Dios. Sin embargo, de muchas maneras fallamos. A pesar de esto, Dios nunca nos abandona. Él sigue siendo fiel a la alianza.

En la segunda lectura de hoy, Pablo nos recuerda cómo Dios continúa siendo fiel a nosotros a través del sacrificio de su Hijo, Jesucristo, para nuestra salvación: “Y la prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores.” A través del sacrificio de Cristo, somos constantemente reconciliados con Dios.
El segundo aspecto de nuestro llamado es ser discípulos en un mundo que pierde rápidamente el significado de la vida, en un mundo donde muchos se sienten abandonados, impotentes y sin esperanza. Este llamado y misión nacieron de la misericordia y la compasión por un mundo desamparado. Por eso el evangelio de hoy nos dice: “al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor.”
Por lo tanto, como cristianos, cada uno de nosotros tiene un llamado único. En virtud de nuestro bautismo, Dios escogió y llamó a cada uno de nosotros su nuevo nombre, para ayudar a nuestro mundo desamparado. Este es un llamado especial a levantar y salvar nuestro mundo en ruinas. Es un llamado a ser verdaderos hermanos a unos a otros. A medida que Dios y su Hijo continúan mostrándonos misericordia y compasión, también debemos mostrar misericordia a unos a otros especialmente a aquellos que frascaron de una manera u otra.
Finalmente, nuestra llamada tiene un propósito y un mensaje único. Hoy, Cristo envió a sus discípulos con instrucciones específicas. “No vayan a tierra de paganos ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel.
¿Está discriminando Cristo? ¡No! De hecho, Cristo vino a salvar al mundo. Sin embargo, nuestro llamado y misión debe comenzar desde algún lugar. Debemos comenzar esta misión con nosotros mismos, en nuestros hogares, familias y comunidades (misión ad intra). Luego, podemos extenderla a otros (misión ad extra). A través de esto, Cristo nos recuerda que la caridad comienza desde el hogar. Esto es importante porque primero debemos ser el pueblo de Dios antes de ser discípulos de Dios.
Por eso, queridos hermanos, oremos a Dios para que nos mantenga fieles a su llamado a ser su pueblo y discípulos.
¡La paz sea con ustedes!
¡Maranata!