Homily for the 14th Sunday of Ordinary Time, Year B

A Call to a Prophetic Life

Readings: 1st: Ez 2, 2-5; Ps 122; 2nd: 2 Cor 12, 7-10; Gos Mk 6: 1-6

This brief reflection was written by Fr. Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. He is a Catholic Priest and a member of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans). He is a missionary in Puerto Rico. He is the Parish Priest of Parroquia la Resurrección del Senor, Canóvanas, and the Major Superior of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans), Circumscription of Puerto Rico and the Dominican Republic. Fr. Canice is a member of the Academy of Homiletics. For more details and comments contact him at canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

On this fourteenth Sunday, we rejoice in the spirit of prophecy and faithful witness to Christ. Although the exercise of this mission does not bring us comfort, we must continue to exercise it. This is because the grace of God is sufficient for us and makes us strong.

As I reflected on today’s readings, I recalled an encounter I had with someone sometimes ago. After admonishing her for acting wrongly, she simply turned to me and said: “Sorry, Father, do you think you can change me?” Then, she walked away. However, after a few months, she came to apologize and thanked me for helping her transform her life.

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As ministers and prophets, we encounter such resistance, insults, and discouragements every day. They are the “icings on our cake.” Yet, we hear every day: “Be ready to accept more discomfort for my sake, for the gospel and, for the good of your generation!”

Like Ezekiel, we all have a prophetic call and mission from God. The question is, where is this mission, and how do we begin it? Quite simple! There is a mission everywhere today. There is a prophetic mission in our rebellious generation, families, communities, and our streets, workplaces, schools, and the world at large.

There is much rebellion in our time against God, against nature, against divine institutions (the church), and the fabrics of our moral, social and cultural heritage. So, God speaks to us today as he said to Ezekiel in our first reading: “Son of man, I am sending you… to the rebels who have turned against me.” So, we must be that voice that cries against injustice, oppression, immorality, corruption, and ungodliness.

In the second reading, Paul describes his burden for the sake of the gospel. This burden was like a thorn in his flesh. For Paul, the burden includes: “insults, hardships, persecutions, loneliness, and agonies.” They were his cross as a prophet. Unfortunately, these are things we do not want to experience. This is because we do not like discomfort. So, we want everyone to like us and to say only good things about us.

So, even when things go wrong under our watch and nose, we are afraid to speak out. Our attitude is that of: “Please, let the sleeping dog lie so that I can have my peace.” I do not want to hurt anybody. I do not want to lose him or her. Unfortunately, the truth is that if you do not correct or help him or her today, tomorrow you will lose him or her forever.

God saw this same fear in Jeremiah and said to him: “Get ready, Jeremiah; go and tell them everything I command you to say. Do not be afraid of them or I will make you even more afraid of them” (Jer 1, 17). The truth is that these are burdens, we must bear as Christians if our society must be safe. We must not be afraid because the grace of God is sufficient for us. So, if we are willing, God will fill us with his grace.

In the gospel, Jesus was filled with this grace and spoke fearlessly. Of course, he got his share of insults. They ridiculed him, called him names like: “The son of a mere carpenter.” They called him an illiterate and a rebel. Despite all these, he was not discouraged. Instead, he continued to preach and heal his generation.

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We must not be afraid to carry out our prophetic ministries despite the odds against us. Instead, we are to bear them patiently so that good might triumph over evil, truth over a lie, light over darkness and, peace over war. “Where there is no [prophetic] vision the people perish” (Prov 29:18). We are all called to be that visionary prophet to our ailing generation.

Peace be with you!

Maranatha!

Homilía del Decimocuarto Domingo Tiempo Ordinario, Año B

Una Llamada a una Vida Profética

Lecturas: 1ra: Ez 2, 2-5; Sal: 122; 2da:2Co 12, 7-10; Ev: Mc 6, 1-6

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo al canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com. 

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

En este decimocuarto Domingo, nos regocijamos en el espíritu de profecía y testimonio fiel a Cristo. Aunque, el ejercicio de esta misión no nos hace cómodo, debemos seguir ejerciéndola. Esto es porque, la gracia de Dios es suficiente para nosotros, y nos hace fuertes.

Como reflexioné sobre las lecturas de hoy, recordé un encuentro que tuve con alguien hace tiempo. Después de amonestarla por actuar mal, simplemente se volvió hacia mí y me dijo: “Lo siento padre, ¿crees que puedes cambiarme?” Y se alejó. Sin embargo, después de unos meses, ella vino a disculparse y a agradecerme por ayudarla a transformar su vida.

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Como ministros y profetas, nos encontramos con tales resistencias, insultos y desalientos todos los días. Son los “glaseados de nuestro pastel”. Sin embargo, todos los días escuchamos: “¡Prepárate para enfrentar más molestia por mi causa, por la causa del Evangelio y por el bien de tu generación!”

Como Ezequiel, todos tenemos una llamada profética y una misión de Dios. Nos preguntamos: ¿dónde está esa misión? ¿cómo la empezamos? ¡Bien sencillo! Hoy hay misión en todas partes. Hay una misión profética en nuestra generación rebelde, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestras calles, lugares de trabajo, escuelas, y en todo mundo.

Hay mucha rebelión en nuestro tiempo contra Dios, contra la naturaleza, contra las instituciones divinas (la iglesia), y contra los tejidos de nuestro patrimonio moral, social y cultural. Así que Dios nos habla hoy cuando habló con Ezequiel en nuestra primera lectura: “Hijo del hombre, te envío… a los rebeldes que se han vuelto contra mí.” Entonces, debemos ser esa voz que clama contra la injusticia, la opresión, la inmoralidad, la corrupción y la impiedad.

En la segunda lectura, Pablo describe su carga por el bien del Evangelio. Esta carga era como una espina en su carne. Para Pablo, la carga incluye: “insultos, penurias, persecuciones, soledad y agonías”. Eran su cruz como Profeta. Por desgracia, estas son cosas que no queremos experimentar. Esto se debe a que, no queremos ninguna molestia y porque, queremos que todos nos gusten y, digan sólo cosas buenas sobre nosotros.

Así que, incluso cuando las cosas van mal bajo nuestro cuidado y nariz, tenemos miedo de hablar. Nuestra actitud es la de: “por favor, deje a los perros durmientes mentir, para que yo pueda tener mi paz.” No quiero herir a nadie. No quiero perderlo. Lamentablemente, la verdad es que, si no lo corriges o le ayudas hoy, mañana lo perderás para siempre.

Dios vio este mismo miedo en Jeremías y le dijo: “Prepárate Jeremías; Ve y diles todo lo que te ordene que digas. No tengas miedo de ellos o te haré aún más temeroso de ellos “(Jer 1, 17). La verdad es que estas son cargas que debemos llevar como cristianos si nuestra sociedad debe salvar. No debemos tener miedo porque la gracia de Dios es suficiente para nosotros. Así que, si estamos dispuestos, Dios nos llenará de su gracia.

En el Evangelio, Jesús se llenó de esta gracia y habló sin temor. Por supuesto, tiene su propia parte de insultos. Lo ridiculizaron, lo llamaron nombres como: “el hijo de un mero carpintero”. Lo llamaban analfabeto y rebelde. A pesar de todo esto, no se desanimó. En cambio, continuó predicando y sanando a su generación.

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No debemos tener miedo de llevar a cabo nuestros ministerios proféticos a pesar de las probabilidades contra nosotros. Más bien, debemos soportarlos pacientemente para que el bien pueda triunfar sobre el mal, la verdad sobre la mentira, la luz sobre la oscuridad y la paz sobre la guerra. “Donde no hay visión [profética], el pueblo perece” (Prov 29:18). Todos estamos llamados a ser ese profeta visionario de nuestra generación enferma.

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

Homily for the13th  Sunday of Ordinary Time, Year B

God’s Plan and Desire For Us – Good Health And Eternal Life

Readings: 1st: Wis 1, 13-15. 2, 23-24; Ps 29; 2nd: 2 Cor 8, 7. 9, 13-15; Gos Mk 5: 21-43

This brief reflection was written by Fr. Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. He is a Catholic Priest and a member of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans). He is a missionary in Puerto Rico. He is the Parish Priest of Parroquia la Resurrección del Senor, Canóvanas, and the Major Superior of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans), Circumscription of Puerto Rico and the Dominican Republic. Fr. Canice is a member of the Academy of Homiletics. For more details and comments contact him at canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

Today, the thirteenth Sunday of ordinary time, we celebrate the Lord, who generously gave us life. So, he desires that we should prosper in the health of the body and mind. This was why he offered his son so that we might have life to its fullness.

In today’s first reading, God reminds us of his plan and desire for us. This plan has not diminished in any way. Hence, He never gets tired of restoring us. As a loving father, the plan of God for us remains supreme. It is not a plan of death, but life eternal.

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He tells us: “Beloved, I wish above all things that you may prosper and be in health, even as your soul prospers” (3Jn 1, 2). Yes, this is the desire of God for us. Just as sickness and death are only a physical corruption of the body, eternal life in Christ is the ultimate healing and restoration of the spiritual life. This eternal life resides in our imperishable soul, which bears the image of God’s nature.

Therefore, nothing changes God’s plan for us. Even when we desert him, this plan for prosperity and good health remains concrete. This was why he assured us that: “…I know the plans I have for you, plans to prosper you and not to harm you, plans to give you hope and a future…” (Jer 29, 11).

In the second reading, Paul reminds us that God has generously given us everything. This was possible because “…The Lord Jesus was rich, but he became poor for your sake, to make you rich out of his poverty.” Therefore, God desires that as we prosper, we should be generous too.

Hence, Paul educates us on the principle of generosity. While he advised us to balance the need of others against our surplus, he does not mean that we should be generous only when we have a surplus to give. Giving what does not cost us “anything” might not give us the satisfaction of generosity. (2 Sam 24:24). Real generosity attracts God’s blessings and favors to those who give freely and cheerfully.

Today’s Gospel presents us with two miracles of Jesus. These miracles are pieces of evidence of the wish and plan of God for us. They teach us that while Christ desires to liberate us from all forms of captivities, we must have faith to receive our miracles.

Both Jairus and the woman never gave up. Instead, they waited patiently until God’s plan was fulfilled for them. The woman demonstrated her living faith through her action of touching Christ’s garment. She waited for twelve years, and when her chance came, she took it in faith. She was not afraid or ashamed of the crowd. Also, Jairus demonstrated his faith on behalf of his daughter by persistently inviting Christ until he visited his house.

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Finally, it is the plan of God for us to prosper both in body and soul. However, we must be patient and walk into this plan in faith. Second, we have a role to play in God’s plan towards others. Hence, Paul tells us today: “You always have the most of everything…so we expect you to put the most into this work of mercy too.” So, while Christ seeks our welfare every day, we, too, must continually seek the welfare of others.

Peace be with you!

Maranatha!

Homilía del Décimo Tercer Domingo Tiempo Ordinario, Año B

¡El Plan y deseo de Dios para Nosotros – Buena Salud Y Vida Eterna!

Lecturas: 1ra: Sb 1, 13,-15. 2, 23-24; Sal 29; 2da 2 Co 8, 7. 9, 13-15; Ev: Mc 5, 21-4

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo al canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com. 

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

Hoy, el decimotercer Domingo del tiempo ordinario celebramos al Señor que generosamente nos dio la vida. Por lo tanto, es su deseo que prosperamos en la salud del cuerpo y la mente. Por eso, ofreció a su propio hijo para que pudiéramos tener la vida en su plenitud.

En la primera lectura de hoy, Dios nos recuerda su plan y su deseo por nosotros. Este plan no ha disminuido de ninguna manera. Por lo tanto, nunca se cansa de restaurarnos. Como un padre amoroso, el plan de Dios para nosotros sigue siendo supremo. No es un plan de muerte, sino de la vida eterna.

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Él nos dice: “Amado, deseo sobre de todas las cosas que tú puedes prosperar y estar en salud, así como tu alma prospera” (3 Jn 1, 2). Sí, este es el deseo de Dios para nosotros. Así como la enfermedad y la muerte son sólo una corrupción física del cuerpo, la vida eterna en Cristo es la última curación y restauración de la vida espiritual. Esta vida eterna reside en nuestra alma imperecedera que lleva la imagen de la naturaleza de Dios.

Por lo tanto, nada cambia el plan de Dios para nosotros. Incluso cuando lo abandonamos, este plan para la prosperidad y la buena salud sigue siendo concreto. Por eso nos aseguró que: “… Sé los planes que tengo para ti, planes para prosperar y no para hacerte daño, planes para darte esperanza y un futuro… ” (Jer 29, 11).

En la segunda lectura, Pablo nos recuerda que Dios nos ha dado generosamente todo. Esto era posible porque, “el Señor Jesús era rico, pero se hizo pobre por tu bien, para hacerte rico de su pobreza “. Por lo tanto, es el deseo de Dios que a medida que prosperemos, debemos ser generosos también.

Pablo nos educa en el principio de la generosidad. Mientras que él nos aconsejó que equilibremos la necesidad de otros contra nuestros sobrantes, él no significa que debemos ser generosos solamente cuando tenemos exceso a dar. Dar sólo lo que no nos cuesta “nada” podría no tráenos la plena satisfacción de la generosidad. (2 Sam 24:24). La verdadera generosidad atrae las bendiciones y los favores de Dios a aquellos que dan libre y alegremente.

El Evangelio de hoy nos presenta dos milagros de Jesús. Estos milagros son evidencias del deseo y plan de Dios para nosotros. Nos enseñan que mientras que Cristo desea liberarnos de todas las formas de cautividades, debemos tener fe para recibir nuestros milagros.

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Tanto Jairo como la mujer nunca se dieron por vencidos, en cambio, esperaron pacientemente hasta que el plan de Dios se cumpliera para ellos. La mujer demostró su fe viva a través de su acción de tocar el manto de Cristo. Esperó por doce años, y cuando llegó su oportunidad, lo tomó desde la fe. Ella no tenía miedo o vergüenza de la multitud. Además, Jairo demostró su fe en nombre de su hija al invitar persistentemente a Cristo hasta que la visitó en su casa.

Finalmente, es el plan de Dios que nos prosperamos tanto en cuerpo como en el alma. Sin embargo, debemos ser pacientes y caminar en este plan en la fe. En segundo lugar, tenemos un papel que desempeñar en el plan de Dios hacia los demás. Por lo tanto, Pablo nos dice hoy: “Ustedes siempre tienen la mayor parte de todo. Así que, esperamos que ustedes también pongan más en la obra de misericordia.” Así, mientras Cristo busca nuestro bienestar todos los días, nosotros también debemos buscar constantemente el bienestar de los demás.

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

Homilía del Duodecimo Domingo del Tiempo Ordinario, Año B

¡No Tenga Miedo, El Señor Calmará Su Tormenta!

Lectura: 1ra: Job 3:1. 8-11; Sal 106; 2da: 2 Co 5:14-17; Ev: Mc 4:35-41

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo al canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com. 

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

Hoy es el duodécimo domingo del tiempo ordinario de la iglesia. En ello, la Santa madre iglesia nos recuerda y anima que, Cristo está con nosotros aun en medio de todas las tormentas de esta vida. Por lo tanto, esto es un gran motivo de celebración y acción de gracias porque estamos tan contentos de que Jesús nos cuida.

Tanto la primera lectura de hoy del libro de Job y, el Evangelio de Marcos, nos recuerdan que Dios es el creador del mundo. Por lo tanto, Él tiene el poder de controlar y regular todas las fuerzas naturales, físicas y espirituales o actividades en este mundo. Él tiene todo el mundo en sus manos y, por lo tanto, dirige el curso de nuestras vidas y la historia de este mundo.

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Él sabe cuándo es mejor intervenir en nuestra vida personal y en la historia de nuestro mundo. Esto es evidente en su respuesta oportuna a Job y en su intervención en la situación de sus discípulos. Según nuestra segunda lectura, cuando Dios interviene, lo hace por amor a nosotros sus hijos y el mundo. Esto fue lo que hizo cuando Él permitió que su único hijo Jesucristo muriera en el momento oportuno para salvarnos y renovarnos.

La vida está llena de tormentas. A veces, pueden llegar a ser tan fuertes y extrañas que nuestra fuerza humana ya no puede apoyarnos. En algunos momentos, el miedo y los problemas podrían tomar control de nuestra vida. Incluso en algunos casos, podríamos perder nuestra fe en Dios, pensando que Él nos ha abandonado, o que no existe.

Estas tormentas vienen en diferentes formas. Podrían ser problemas en nuestro matrimonio, nuestros hijos que no están respondiendo bien, falta de buen trabajo, pobreza, incapacidad para procrear, o una enfermedad prolongada que ha contaminado todos los tratamientos. También podrían ser la incapacidad para encontrar o mantener una relación buena y estable, o pelea con la gente todo el tiempo.

También podrían ser pobres resultados en nuestros negocios o académicos. La lista es interminable, pero éstos representan las realidades que enfrentamos cada día. Hermanos, la verdad es que no hay ninguna garantía de que nuestra vida estará completamente libre de las tormentas. Sin embargo, la buena noticia es que existe una seguridad de que Cristo está con nosotros para ayudarnos a tener éxito.

Hay dos verdades básicas que el evangelio nos revela sobre estos problemas. La primera es que, Cristo está contigo en esa barca, y es consciente de que estás luchando con la tormenta. Por lo tanto, no puedes estar con Él y hundirse. ¡No, no es posible! La segunda es que, no importa la experiencia que crees que tienes par navegar tu propio barco, no puedes superar tus tormentas solo. Por lo tanto, Cristo nos dice: “Aparte de mí, puedes hacer nada”. No cabe duda de que antes de invitar a Cristo, sus discípulos hicieron mucho esfuerzo para controlar su propio barco. Sin embargo, cuando no pudieron, le gritaron: “¿Maestro, no te importa que perezcamos?” Por supuesto, Cristo intervino porque Él nos aseguró: “Me llamas en momentos de problemas y te ayudaré” (Ps 50:15).

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Hay tres cosas que debemos continuar haciendo. Primera, en lugar de vivir en el miedo, sentados quejándose como Job, gritemos e invitemos al Señor para que nos ayude. Esto es porque: “Nuestro auxilio viene del Señor que hizo los cielos y la tierra” (Ps 121, 1 – 2). Segunda, debemos continuar mostrando profunda fe en Dios, su hijo Jesucristo y en el Espíritu Santo. Es decir, fe que nos hace creer que Dios nos creó en el amor, nos sostendrá con su providencia y nos salvará a través de su misericordia. Tercera, debemos continuar siendo agradecidos a Dios en todas las circunstancias de nuestra vida. Por lo tanto, con el salmista digamos, “den gracias al Señor porque su amor y su misericordia permanecen por siempre”

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

Homily for the 12th Sunday of Ordinary Time, Year B

Do not be afraid; the Lord will Calm Your Storm!

Readings: 1st: Job 3:1.8-11; Ps: 106; 2nd: 2Cor 5:14-17; Gos: Mk 4: 35-41

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Today is the twelfth Sunday of the church’s ordinary time. In it, the holy mother church reminds and encourages us her children that Christ is with us even in the midst of all the storms of this life. Therefore, this is a worthy cause for celebration and thanksgiving because we are so glad that Jesus cares for us.

Both the first reading from Job and the Gospel of Mark today remind us that God is the world’s creator. Hence, he has the power to control and regulate all the natural, physical and spiritual forces or activities going on in this world. God has the whole world in his hands.  So, he directs the course of our lives and the history of this world.

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 He knows when best to intervene both in our personal lives and in the history of our entire world. This is evident in his timely response to Job and his intervention in the situation of his disciples. According to our second reading, when God intervenes, he does so because of love for us. This was what he did when he allowed his only son Jesus Christ to die at the appropriate time to save and renew us.

Life is full of storms. At times, they can become so strong and strange that our human strength can no longer support us. At such moments fear and complaints, he might take over the central stage of our life. Even in some cases, we might lose our faith in God, thinking that he has abandoned us, or that he does not exist. These storms come in different forms.

They could be problems in our marriage, our children who are not responding well, lack of a good job, insufficient finance, inability to procreate, or a prolonged sickness that has defiled all treatments. They could also be the inability to find or maintain a fair and stable relationship or fall out with people all the time. They could also be poor results in our academics or business. The list is unending, but these represent the realities we face every day. Brethren, the truth is that there is no assurance that our lives would be utterly free of storms. However, the good news is that there is an assurance that Christ is with us to help us succeed.

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There are two fundamental truths that the gospel reveals to us about these problems. The first is that Christ is with you in that boat, and is aware of the storm in your path. So, you cannot be with Him and yet sink. It is not possible! The second is that you cannot overcome your storms alone, no matter how experienced you think you are navigating your boat. Hence, Christ tells us: “Apart from me, you can do nothing.” There is no doubt that his disciples made much effort to control their boat before inviting Christ. However, when they failed, they cried out: “Lord, do you not care if we perish?” Of course, Christ intervened because he assured us: “Call upon me in times of trouble, and I will help you” (Ps 50: 15).

Finally, there are three things we must continue to do. First, rather than live in fear, sit and complain like Job, or give up completely, let us cry out and invite the Lord to help us. This is because: “Our help comes from the Lord who made heaven and earth” (Ps 121, 1-2). Second, we must continue to show profound faith in God, Son Jesus Christ, and the Holy Spirit. Faith makes us believe that God created us in love, sustains us with his providence and, will save us through his mercy. Third, we must continue to be thankful to God in all circumstances of our life. So, with the psalmist, let us: “…Give thanks to the Lord, for his love and mercy endures forever.”

Peace be with you!

Maranatha!

Homily for 11th Sunday of Ordinary Time, Year B

Seeking the Kingdom of God with Faith

Readings: 1st: Ezek 17, 22-24; Ps 91; 2nd: 2Cor 5, 6-10; Gos Mk 4: 26-34

This brief reflection was written by Fr. Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. He is a Catholic Priest and a member of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans). He is a missionary in Puerto Rico. He is the Parish Priest of Parroquia la Resurrección del Senor, Canóvanas, and the Major Superior of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans), Circumscription of Puerto Rico and the Dominican Republic. Fr. Canice is a member of the Academy of Homiletics. For more details and comments contact him at canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

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On this eleventh Sunday of ordinary time, the church reminds us that, as part of God’s kingdom, the church of Christ is like a tree planted by God in the world. From the smallest of all seeds, she becomes the noblest of trees and fills the earth. She is the physical evidence of God’s kingdom. So, like the birds of the air, we are called to make our home in her.

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The first reading is a message of hope and restoration. Through prophet Ezekiel God promised to re-establish and elevate his people who were in exile in Babylon. This means that God wishes to transfer his people from a kingdom of oppression, poverty, and misery to a realm of justice, prosperity, and peace of mind.

This is the kingdom where Christ reigns as king and as the fountain of life. This is the kingdom where God wishes us to be. The church is the visible sign of this noble cedar or kingdom that gives refuge to all people.

In the second reading, Paul reminds us that we are on a journey towards the kingdom of God to be with Christ, our Lord, and king. Hence, whether we are “living in the body or exiled from it, we must remain focused on pleasing the Lord.

The journey to this kingdom is a journey that must be approached with faith and courage. Hence Paul reminds us: “Going as we do by faith and not by sight, we are full of confidence…and want to leave this body to be with Christ.” In light of this, we must advance diligently to be admitted into this kingdom by Christ.

In today’s gospel, Christ uses two parables to describe the kingdom of God. The kingdom he invites us to is a simple and peaceful one. It is open to all who seek it with a sincere heart. The easiest way to enter into it is by sowing a seed of faith in Christ. This is the key.

Hence, in the second parable, the mustard seed, the smallest seed, refers to our faith. “If you have faith like a grain of mustard seed…nothing will be impossible for you” (Mt 17, 20). This includes entering the kingdom of God. However, it is important to note that the authenticity of our faith must be tested (James 1:3; 1Peter 1:7).

Faith grows, and when it does, it achieves great things. As it grows, it leads us to Christ and, consequently, to his kingdom. Our faith also draws others to Christ and his church, the visible sign of God’s kingdom on earth. As Christ says: “The birds of the air come to take shelter under its branches.”

How does our faith draw others to Christ? When we demonstrate or bear a good testimony of our individual and collective faith, the result is excellent. Lives could be touched and transformed. A few persons might come to believe in God.

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Also, a youth might present himself for a particular sacrament and service in the church. A young couple might decide to normalize their marriage in the church. Someone might decide to give up a very old and bad habit, while another might choose to forgive another.

These may seem too insignificant achievements, but the seed is growing. Consequently, this leads to the growth of the church. The Church is the visible sign of God’s kingdom on earth and will continue to be. As our faith grows, the church, the body of Christ grows and, more people are drawn into the comfort of God’s kingdom.

Peace be with you!

Maranatha!

Homilía del Undécimo Domingo del Tiempo Ordinario, Año B

Nuestra fe nos lleva al Reino de Dios

Lectura: 1ra: Ez 17, 22, 24; Sal 91; 2da 2Co 5, 6-9; Ev: Mc 4, 26-34

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo al canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com. 

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

En este undécimo Domingo del tiempo ordinario, se nos recuerda que, como parte del reino de Dios, la iglesia de Cristo es como un árbol plantado por Dios en el mundo. De la más pequeña de todas las semillas, ella se convierte en la más noble de los árboles y llena la tierra. Ella es la evidencia física del reino de Dios. Así que, como las aves del aire, estamos llamados a hacer nuestra casa en ella.

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La primera lectura es un mensaje de esperanza y restauración. A través del profeta Ezequiel, Dios prometió restablecer y elevar a su pueblo exiliado en Babilonia. Esto significa que Dios desea transferir a su pueblo de un reino de opresión, pobreza y miseria a un reino de justicia, prosperidad y tranquilidad.

Este es obviamente el reino donde Cristo reina como rey y se ofrece como la fuente de la vida. Este es el reino donde Dios quiere que estemos. La iglesia es el signo visible de este noble cedro o reino que da refugio a todo el pueblo.

En la segunda lectura, Pablo nos recuerda el hecho de que estamos en un viaje hacia el reino de Dios para estar con Cristo nuestro Señor y rey. Por lo tanto, si estamos “viviendo en el cuerpo o exiliados de ello, debemos enfocarnos en agradar al Señor.”

El viaje a este reino es un viaje que debe ser abordado con fe y valentía. Por eso Pablo nos recuerda: “… Yendo como lo hacemos por la fe y no por la vista, estamos llenos de confianza… y realmente queremos dejar este cuerpo para estar con Cristo. ” A la luz de esto, debemos avanzar diligentemente para ser admitidos en este reino por Cristo.

En el Evangelio de hoy, Cristo usa dos parábolas para describir el reino de Dios. El reino al que nos invita es simple y pacífico. Está abierto a todos los que lo buscan con un corazón sincero. La manera más fácil de entrar en ello es sembrar una semilla de la fe en Cristo. Esta es la clave.

Por lo tanto, en la segunda parábola, la semilla de mostaza que es la semilla más pequeña se refiere a nuestra fe. “Si tienes fe como un grano de semilla de mostaza… nada será imposible, para ti” (Mt 17, 20). Esto incluye, entrar en el reino de Dios. Sin embargo, es importante notar que la autenticidad de nuestra fe debe ser probada (Santiago 1:3; 1 Pedro 1:7).

La fe crece y cuando lo hace, logra grandes cosas. A medida que crece, nos lleva a Cristo y consecuentemente a su reino. También, nuestra fe atrae a otros a Cristo y a su iglesia, que es el signo visible del reino de Dios en la tierra. Como dice Cristo: “Los pájaros vienen a refugiarse bajo sus ramas.”

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¿Cómo nuestra fe atrae a otros a Cristo? Cuando demostramos o logramos un buen testimonio de nuestra fe individual y colectiva, el resultado es grande. Las vidas podrían ser tocadas y transformadas. Algunas personas pueden llegar a creer en Dios.

También, un joven podría presentarse a sí mismo para un sacramento particular y el servicio en la iglesia. Una pareja podría decidir normalizar su matrimonio en la iglesia. Alguien podría decidir renunciar un hábito viejo y malo, mientras que uno podría decidir perdonar a otro.

Estos pueden parecer logros insignificantes, pero la semilla está creciendo. Esto lleva consecuentemente al crecimiento de la iglesia, el signo visible del reino de Dios en la tierra. A medida que nuestra fe crece, la iglesia, el cuerpo de Cristo crece y más personas son atraídas a la comodidad del reino de Dios.

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

Homily for the Solemnity of Corpus Christi, Year B

Oh Sacrament Most Holy, Oh Sacrament Divine

Readings: 1st: Ex 24, 3-8. 39-40; Ps: 115; 2nd: Heb 9, 11-15; Gos: Mk 14: 12-16. 22-26

This brief reflection was written by Fr. Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. He is a Catholic Priest and a member of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans). He is a missionary in Puerto Rico. He is the Parish Priest of Parroquia la Resurrección del Senor, Canóvanas, and the Major Superior of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans), Circumscription of Puerto Rico and the Dominican Republic. Fr. Canice is a member of the Academy of Homiletics. For more details and comments contact him at canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

By the Eucharistic Celebration we already unite ourselves with the heavenly liturgy and anticipate eternal life, when God will be all in all” (CCC 1326).

Today, we celebrate the Solemnity of the Body and Blood of Christ popularly known as Corpus Christi. It was introduced in the late 13th century to encourage the faithful to give special adoration to the Holy Eucharist.

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Later, it was extended to the entire Latin Church by Urban IV in 1264 and became a mandatory feast of the universal Church in 1312. Traditionally, this solemnity is celebrated on the Thursday after Trinity Sunday. However, where it is not a day of obligation, it is celebrated on the Sunday following the Trinity Sunday.

As we celebrate Corpus Christi today, both our first and second reading talks about covenant, sacrifice, and blood. According to the first reading, the old covenant was sealed with the blood of animal sacrifice which Moses sprinkled on the people. On the contrary, the second reading reminds us that the new covenant was sealed with the blood of Christ. This is what makes the functional difference.

Hence, the sacrifice of the body and blood of Christ is the game changer. While the first covenant never guaranteed eternal life, the new does because it was sealed with a costly blood through a perfect sacrifice offered once and for all.

In the gospel, Christ instituted the Holy Eucharist. Here he was both the priest and the victim. This is another difference between the new and the old covenant. As the priest, Christ offered himself to God for our salvation. So, it is important to note that whenever we celebrate the Holy Eucharist, Christ is fully present both as the priest and as the victim.

He accomplishes his priesthood through the actions of the human priest, who is alter Christus (another Christ) and, who acts “in persona Christi (in the person of Christ).” On the other hand, he accomplishes his role as a victim in the form of bread and wine. All these put together is what we refer to as an “action of grace.”

The church teaches us that: “The Eucharist is the source and the summit of the Christian life…For in the blessed Eucharist is contained the whole spiritual good of the Church, namely Christ himself…The Eucharist is also the culmination both of God’s action, sanctifying the world in Christ and, of the worship men offer to Christ… In brief, the Eucharist is the sum and summary of our faith… ” (CCC1324-5).

Therefore, today’s celebration is a celebration of life, salvation and grace. It teaches us that as real food, the Eucharist is the true body and blood of Christ which nourishes our soul. It is a concrete way through which Christ is divinely present with us every day and moment.

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So, when we share in the celebration of the Eucharist, we share in the life of Christ the head and, in the life of the church, his body. This means that we must pay more attention to the Holy Eucharist by spending more time in His divine presence. If we present ourselves before him daily, he will fill us with wisdom and show us the best way to approach life.

This means that we should adore and offer Christ the reverence due to him. Any moment spent in the presence of the Most Holy Sacrament is both a golden moment and a moment of grace. Let us adore Christ saying: “Oh Sacrament Most Holy; Oh, Sacrament Divine, all praises and all thanksgiving be yours in every moment and time.”

Peace be with you!

Maranatha!

Homilía para Corpus Christi, Año B

Oh Santísimo Sacramento, Oh Sacramento Divino

Lectura: (1ra: Ex 2,3-8 39-40; Sal 115; 2da He 9, 11-15; Ev: Mc 28, 16-20)

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo al canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

“… Por la celebración eucarística nos unimos con la liturgia celestial y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en todos”(CCC1326). Hoy, celebramos la solemnidad del cuerpo y la sangre de Cristo, popularmente conocido como Corpus Christi. Fue introducido en el siglo XIII para animar a los fieles a dar adoración especial a la Santa Eucaristía.

Más tarde, se extendió a toda la Iglesia Latina por el Papa Urbano IV en el año 1264 y, se convirtió en una fiesta obligatoria de la iglesia universal en el año 1312. Tradicionalmente, esta solemnidad se celebra el jueves después del domingo de la Trinidad. Sin embargo, donde no es un día de obligación, se celebra el domingo siguiente al domingo de la Trinidad.

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Como celebramos el Corpus Christi hoy, tanto nuestra primera y segunda lectura habla de alianza, sacrificio y sangre. Según la primera lectura, la antigua alianza fue sellado con la sangre del sacrificio de los animales que Moisés roció sobre la gente. Por el contrario, la segunda lectura nos recuerda que la nueva alianza fue sellada con la sangre de Cristo. Esto es lo que hace la diferencia funcional.

Por lo tanto, el sacrificio del cuerpo y sangre de Cristo es el cambiador de juego. Mientras que la primera alianza nunca garantizó la vida eterna, la nueva la hace porque fue sellada con la preciosa sangre a través de un perfecto sacrificio ofrecido una vez por todas.

En el Evangelio, Cristo instituyó la Sagrada Eucaristía. Aquí era el sacerdote y la víctima. Esta es otra diferencia entre la nueva y la antigua alianza. Como el sacerdote, Cristo se ofreció a Dios para salvarnos. Así que, es importante notar, que cada vez que celebramos la Santa Eucaristía, Cristo está totalmente presente tanto como el sacerdote y la víctima.

Él logra su sacerdocio a través de las acciones del sacerdote humano que es el “alter Christus” (otro Cristo) y, que actúa “in persona Christi (en la persona de Cristo).” Por otro lado, Él logra su papel como una víctima en la forma del pan y del vino. Todas estas juntas, son las que nos referimos como una “acción de gracia”.

La Iglesias nos enseña que: “La Eucaristía es la fuente y sima de la vida cristiana… Pues en la Sagrada Eucaristía se contiene todo lo bueno espiritual de la iglesia, es decir Cristo mismo…. La Eucaristía es la culminación de la acción de Dios que santifica al mundo en Cristo su hijo unigénito y, de los hombres que ofrecen culto a Cristo… En resumen, la Eucaristía es la suma y resumen de nuestra fe “(CIC1324-1325).

Por lo tanto, la celebración de hoy es una celebración de la vida, salvación y gracia. Nos enseña que, como la comida verdadera, la Eucaristía es el verdadero cuerpo y sangre de Cristo que nutre nuestra alma. Es una forma concreta a través la cual Cristo está divinamente presente con nosotros cada día y momento.

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Así que, cuando compartimos en la celebración de la Eucaristía, compartimos en la vida de Cristo, la cabeza y, en la vida de la iglesia su cuerpo. Esto significa que debemos prestar más atención a la Eucaristía y pasar más tiempo en su presencia divina. Si nos presentamos ante Él todos los días, Él nos llenará de la sabiduría y nos mostrará lo mejor manera de la vida.

Esto significa que debemos adorar y ofrecerle a Cristo la reverencia debida a Él. Cualquier momento pasado en la presencia del Santísimo Sacramento es un momento de oro y un momento de gracia. Adoremos a Cristo diciendo: “Oh Santísimo Sacramento; Oh Divino Sacramento, todas alabanzas y, acción de Gracias son tuyas en cada momento y tiempo.”

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranata!