Homily For The 8th Sunday Of Ordinary Time, Year C

Goodness And Beauty From The Heart

Readings: 1stSir 27:5-8; Ps: 91; 2nd1 Cor 15, 54-58; Gos: Lk 6:39-45

This brief reflection was written by Fr. Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. He is a Catholic Priest and a member of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans). He is a missionary in Puerto Rico. He is the Parish Priest of Parroquia la Resurrección del Senor, Canóvanas, and the Major Superior of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans), Circumscription of Puerto Rico and the Dominican Republic. He was the chancellor of the Diocese of Fajardo Humacao, Puerto Rico. Fr. Canice is a member of the Academy of Homiletics. For more details and comments contact him at: canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

Today, the eighth Sunday of ordinary time, the church continues to remind us of the virtues and qualities that should characterize our lives as Christians.

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She reminds us that while physical appearance could be deceptive, what determines who we are is what comes from within us. This includes the quality of our words, the wisdom, and the goodness that we manifest.

So, our first reading is a call to be very careful in evaluating people based on their appearances rather than on the wisdom that comes from them. It says: “The test of a man is in his conversation. A man’s word betrays what he feels. Do not praise him before he speaks.”

Despite this, it suffices to note that one needs a lot of wisdom to discern the truth in someone’s word. This is true, especially given that many people say beautiful words to please and deceive others while their hearts are far from the truth.

Christ says: These people honor me with their lips, but their hearts are far from me” (Mt 15:8. Sometimes, they also tell us what we want to hear to make us happy for a moment and sad afterward.

The wisdom, good counsel, and, sincerity that come from the word of a Christian is what sets him apart. It makes him: “A man, in whom there is no guile or deceit” (John 1:47). Not only our words but our actions as Christian must edify, improve and encourage, others.

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So, today we must ask ourselves, do my words edify or make any positive difference on others? Does it build or destroy the community?

In today’s gospel, Jesus also teaches us that the quality of our heart determines the quality of our words and actions. He says, “A good person, out of the store of goodness in his heart produces good, while an evil person, out of a store of evil produces evil; for from the fullness of the heart the mouth speaks.”

As Christians, if we live according to the good news, our actions and words would be guided by it. Consequently, it will affect others positively. On the contrary, if we fill our hearts with flirt, our words and actions would be filled with nothingness.

Also, Christ warns us today to be careful in judging others. Instead, we should be humble enough to look inwards before criticizing others. Hence, Paul reminds us: “If you think you are standing strong, be careful not to fall” (1Cor10:12).

In the second reading, Paul reminds us that God has given us victory through Christ. For this reason, we must be of good cheers and never relent in doing good. Christ’s victory must not be in vain. Instead, it must sustain us in good actions as Paul tells us today: “Keep laboring at the Lord’s work always, knowing that, in the Lord, you cannot be struggling in vain. This is a call to perfection in all we say and do.

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Finally, today, may our hearts be filled with joy for what God has down for us through Christ. Through Him, we are filled with goodness so that we can praise and thank God with a cheerful and sincere heart. Indeed, it is good to give thanks to the Lord for what he has done for us.

Peace be with you!

Maranatha!

Homilía del Octavo Domingo del Tiempo Ordinario, Año C

Bondad y belleza desde el Corazón

Lecturas: 1ra: Sir 27:5-8; Sal: 91; 2nd: I Cor 15, 54-58; Ev: Lc 6: 39-45

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Fue el Canciller de la Diócesis de Fajardo Humacao, Puerto Rico. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo all:canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

Hoy, el octavo domingo del tiempo ordinario, la iglesia sigue recordándonos las virtudes y cualidades que deben caracterizar nuestras vidas como cristianos.

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Nos recuerda que, mientras que la apariencia física podría ser engañoso, lo que realmente determina quiénes somos es lo que viene desde nuestro interior. Esto incluye, la calidad de nuestras palabras, la sabiduría y la calidad que manifestamos.

Por lo tanto, nuestra primera lectura es una llamada a ser muy cuidadosos en la evaluación de alguien basándose en su apariencia en lugar de la sabiduría que proviene de ellos. Dice: “La prueba del hombre está en su razonamiento. La palabra muestra la mentalidad del hombre. Nunca alabes a nadie antes de que hable, porque ésa es la prueba del hombre.”

A pesar de esto, basta de añadir, que uno necesita mucha sabiduría para discernir la verdad en la palabra de alguien. Esto es especialmente, dado el hecho de que muchas personas dicen bellas y dulces palabras sólo para complacer y engañar a los demás, mientras que sus corazones están lejos de la verdad. Cristo dice: “Este pueblo de labios me honra; más su corazón está lejos de mí.” (Mt 15:8). A veces, también nos dicen lo que saben que queremos oir, sólo para hacernos felices por un momento y nos dejan triste después.

La sabiduría, el buen consejo y la sinceridad que proviene de la palabra de un cristiano es lo que lo distingue. Lo hace: “Un hombre, en el que no hay engaño” (Jn 1:47). No sólo nuestras palabras, sino nuestras acciones como cristianos deben edificar, mejorar y alentar a otros.

Así que, hoy debemos preguntarnos: ¿edifican mis palabras o hacen alguna diferencia positiva en los demás? ¿Se construye o destruye a la familia o la comunidad?

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En el Evangelio de hoy, Jesús también nos enseña que la calidad de nuestro corazón determina la calidad de nuestras palabras y acciones. Él dice: “El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón, y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón”

Como cristianos, si vivimos según las buenas nueva, definitivamente, nuestras acciones y palabras serían dirigidas por ellas. Por consiguiente, afectará a otros positivamente. Al contrario, si llenamos nuestros corazones de las porquerías, también, nuestras acciones y palabras siempre serán vacías y de poca confianza.

Además, Cristo nos advierte hoy que tengamos cuidado al juzgar a los demás. Más bien, debemos ser lo suficientemente humildes para mirar hacia adentro antes de criticar a los demás. Por lo tanto, Pablo nos recuerda: “Si crees que estás fuerte, ten cuidado de no caer” (1Co10:12).

En la segunda lectura, Pablo nos recuerda que Dios nos ha dado la victoria por medio de Cristo. Por esta razón, no debemos cansar de hacer el bien. La victoria de Cristo no debe ser en vano. Más bien, debe sostenernos en buenas acciones como Pablo nos dice hoy: “Estén firmes y permanezcan constantes, trabajando siempre con fervor en la obra de Cristo.” Esta es una llamada a la perfección en todo lo que decimos y hacemos.

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Finalmente, hoy nuestros corazones están llenos de gozo por lo que Dios ha hecho para nosotros por medio de Cristo. Por medio de él, estamos llenos de bondad para que podamos alabar y agradecer a Dios con un corazón alegre y sincero. De hecho, es bueno dar gracias al Señor por lo que ha hecho por nosotros.

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

Homily For The 7th Sunday Of Ordinary Time, Year C

Essential Virtues And Elements Of Our Christian life

Readings: 1st1 Sam 26:2, 7-9, 12-23; Ps 103; 2ndI Cor 15:45-49; Gos: Lk 6:27-38

This brief reflection was written by Fr. Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. He is a Catholic Priest and a member of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans). He is a missionary in Puerto Rico. He is the Parish Priest of Parroquia la Resurrección del Senor, Canóvanas, and the Major Superior of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans), Circumscription of Puerto Rico and the Dominican Republic. He was the chancellor of the Diocese of Fajardo Humacao, Puerto Rico. Fr. Canice is a member of the Academy of Homiletics. For more details and comments contact him at: canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

On this seventh Sunday, the Church reminds us of the essential virtues and elements of our Christian life. They include mercy and compassion, love of God and neighbor, self-control, appreciation of values, moral responsibility, awareness of sin, and the sacred sense. These are marks of our spiritual progress and Christian growth. Also, they form part of the church’s social doctrine.

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Today’s first reading is dramatic. David had the death warrant of his enemies in his hands, yet he refused to pronounce it. Instead, he left it for God to pronounce in his way and at his appropriate time. He heeded God’s word: “Do not repay anyone evil for evil. Do not take revenge. Vengeance is mine” (Rom 12: 17-19; Deut 32:35).

In today’s Gospel, Jesus gave a very important sermon on these essential virtues and elements that must guide our lives and actions as Christians. It is a new commandment because it overrules the Old Testament law of reprisal attack or retributive justice. There is no doubt that humanly speaking, it is a very difficult one. However, it demands a lot of sacrifice and courage.

So, how do we reconcile our constant quest for justice with the virtues of mercy and compassion? Is there any common ground between them? This is especially, in our world, where we constantly speak of mercy and at the same time advocate for the strictest sense of justice. That is the maximum punishment (even the death penalty) for our offenders.

The second-weekday preface of the Eucharistic (II) prayer gives us a clue to this problem. It says, “Injustice, God condemned us. In mercy, he redeemed us.” Yes, it is what it is. Indeed, contrary to what our society has programmed us to believe, justice and mercy are not mutually exclusive.

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Hurts and wounds do not heal so fast. In some cases, their scars do not disappear entirely during one’s lifetime. However, Christ knew this perfectly well. He not only preached this sermon, but he also lived it. So, he is not asking us to do what he did not do.

Paul reminds us in our second reading that we derived our body and way of life from the earthly man (Adam). In contrast, we derived the spirit that gives life and animates our body from the heavenly man (Christ).

Hence, the spirit guides those who have received Christ. They are born of the Spirit. Christ’s new commandment may seem complicated, his spirit and grace will enable us to live these essential virtues and elements of our Christian life.

There are some lessons for us from today’s readings. First, we must learn to leave vengeance for God. So, we must not take every opportunity for revenge against our offenders. Forgiveness heals all wounds and wipes all scars away.

Second, we must not always bow to pressures from circumstances or our colleagues to do evil. This is because two wrongs can never make one right. Reprisal attack or revenge may hurt one even more than it will hurt one’s offender. In this case, we may win the war but not the peace, love, and friendship.

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Finally, no matter our situation or circumstance, we must not lose the sense of the sacred. We must guard against sin. All lives belong to God, and only he has the right to take them away. Also, let us remember that we cannot help God in his judgment. He knows what to do, how to do it, and the best time to do it. So, we must let God be God “Lord is merciful and kind.”

Peace be with you!

Maranatha!

Homilía del Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario, Año C

Virtudes y elementos esenciales de nuestra vida Cristiana

Lecturas: 1ra: 1 Sam 26:2, 7-9, 12-23; Sal: 103; 2nd: I Cor 15:45-49; Ev: Lc 6:27-38

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Fue el Canciller de la Diócesis de Fajardo Humacao, Puerto Rico. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo all:canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

En este séptimo Domingo, la Iglesia nos recuerda las virtudes esenciales y los elementos de nuestra vida cristiana. Incluyen: misericordia y compasión, amor de Dios y al prójimo, autocontrol y apreciación de los valores, responsabilidad moral, conciencia del pecado y, el sentido de lo sagrado. Estas son marcas de nuestro progreso espiritual y crecimiento cristiano. Estas también forman parte de la doctrina social de la iglesia.

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La primera lectura de hoy es muy dramática. David tenía la orden de muerte de sus enemigos en sus manos, sin embargo, se negó a pronunciarlo. Más bien, lo dejó para que Dios se pronuncie a su manera, y en su momento oportuno. Él escuchó la palabra de Dios: “No paguen a nadie mal por mal. La venganza es mía” (Ro 12:17-19; Deut 32:35).

En el Evangelio de hoy Jesús dio un sermón muy importante sobre estas virtudes esenciales y elementos que deben guiar nuestras vidas y acciones como cristianos. Es un mandamiento nuevo porque, anula la ley del antiguo testamento que se trata de ataque represalia o de la justicia retributiva. No hay duda de que, humanamente hablando, es muy difícil. Sin embargo, exige mucho sacrificio y valentía.

Entonces, ¿cómo reconciliamos nuestra búsqueda constante de justicia con las virtudes de la misericordia y la compasión? ¿Hay algún terreno común entre ellos? Esto es especialmente, en nuestro mundo en el que constantemente hablamos de misericordia, y al mismo tiempo abogamos por el sentido más estricto de la justicia. Es decir, el castigo máximo (incluso la pena de muerte), para nuestros ofensores.

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El segundo prefacio de la oración eucarística semanal nos da una pista de este problema cuando dice: “En la justicia Dios nos condenó, en misericordia nos redimió.” Sí, es lo que es. La justicia y la misericordia pueden ser mutuamente excluyentes contra lo que nuestra sociedad nos ha programado a creer.

Los dolores y las heridas no sanan tan rápido. En algunos casos, sus cicatrices no desaparecen completamente durante toda la vida de uno. Sin embargo, Cristo lo sabía perfectamente bien. No sólo predicó este sermón, sino que también lo vivió. Así que no nos pide que hagamos lo que no hizo.

Pablo nos recuerda en nuestra segunda lectura que, derivamos nuestro cuerpo y forma de vida del hombre terrenal (Adán). Mientras derivamos el espíritu que da vida y anima nuestro cuerpo del hombre celestial (Cristo).

Por lo tanto, aquellos que han recibido a Cristo son guiados por su espíritu. Nacen del espíritu. Aunque, el nuevo mandamiento de Cristo puede parecer difícil, su espíritu y su gracia nos ayudaran vivir estas virtudes esenciales y elementos de nuestra vida cristiana.

Hay tantas lecciones para nosotros de las lecturas de hoy. Primero, debemos aprender a dejar la venganza por Dios. Por lo tanto, no debemos aprovechar todas las oportunidades para la venganza contra nuestros delincuentes. El perdón cura todas las heridas y borra todas las cicatrices.

Segundo, no siempre debemos inclinarse ante las presiones de las circunstancias, o de nuestros colegas para hacer el mal. Esto es porque, dos males nunca equivalaran aun un buen acto. Un ataque de represalia o venganza puede herir a uno aún más de lo que lastimará a su ofensor. En este caso, podemos ganar la guerra, pero no la paz, el amor y la amistad.

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Por último, no importa nuestra situación o circunstancia, no debemos perder el sentido de lo sagrado. Debemos protegernos contra el pecado. Además, recordemos que no podemos ayudar a Dios en su juicio. Él sabe qué hacer, cómo hacerlo, y el mejor momento para hacerlo. Por lo tanto, debemos dejar que Dios sea Dios. Porque, “El Señor es compasivo y misericordioso “.

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

Homily For The 6th Sunday Of Ordinary Time, Year C

Lord, Our Trust, And Hope Is In You

Readings: 1st: Jer 17:5-8; Ps: 1:1-6; 2ndI Cor 15:12.16-20; Gos: Lk 6:17.20-26

This brief reflection was written by Fr. Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. He is a Catholic Priest and a member of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans). He is a missionary in Puerto Rico. He is the Parish Priest of Parroquia la Resurrección del Senor, Canóvanas, and the Major Superior of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans), Circumscription of Puerto Rico and the Dominican Republic. He was the chancellor of the Diocese of Fajardo Humacao, Puerto Rico. Fr. Canice is a member of the Academy of Homiletics. For more details and comments contact him at: canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

Today, the sixth Sunday of Ordinary Time, the church invites us to place our trust in God and in his only son Jesus Christ. Through his resurrection, Christ conquered death and strengthened our faith and hope of eternal life.

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So, today’s first reading from the book of Jeremiah succinctly reminds us of the consequences of trusting solely on our abilities, on our human strength, and on human beings: “Cursed is the one who trusts in human beings, who seeks his strength in flesh, whose heart turns away from the Lord.” Through this, we are reminded that all these will fail us because our success and survival do not depend solely on them.

So, today’s first reading calls us to a very deep reflection. We must ask ourselves, in who, and in what have I put my trust? Placing our trust in God is the best approach to life. certainly, we must make efforts and do what we must do as humans. However, we must not forget that it is God who sustains, confirms, and blesses our ways and efforts.

We must be conscious of the fact that without him, we are nothing as the venerable Libermann, C. S. Sp constantly repeated before his death: “God is all, man is nothing, God is all, man is nothing! To place one’s trust in God is a great source of blessing and interior joy. Hence, the psalmist reminds us that: “Those who trust in the Lord are like Mount Zion that can never be shaken” (Ps 125:1)

In the second reading, Paul equally makes the same point. Our hope must not be totally placed on this world or on our efforts alone, but on Christ who through his resurrection has strengthened our hope of eternity.

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Hence, Paul tells us: “If for this life only we have hoped in Christ, we are the most pitiable people of all.” In other words, life does not end here. There is something beyond this world, and only our hope in the resurrected Christ will take us there. Simply put, our journey with Christ does not end here, it transcends this world.

While our first reading began with a very strong warning against not trusting in God, today’s gospel begins with a blessing for those who are ready to do God’s will. The beatitude is a great song that calls us to a life of virtue, reflection, and total surrender to God’s will.

It is Christ’s song that calls us to trust firmly in God while looking forward to eternity. These blessings are for those who are totally and willingly ready to place everything in God’s hands. The beatitudes also remind us that all we do and work for here will gain us eternal life. That is if we do them well and for the sake of God.

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Finally, the good news for us today is simple, nothing in this world can rob us of our peace of mind and interior joy, because our trust is not in this world, nor in man. Rather, our trust is in the crucified and rise, Christ, the savior and hope of the world. The psalmist summarized this good news for us: “Happy the man who has placed his trust in the Lord.”

Peace be with you!

Maranatha!

Homilía del Sexto Domingo del Tiempo Ordinario, Año C

Señor, Nuestra Confianza y Esperanza está en ti

Lecturas: 1ra: Jer 17:5-8; Sal: 1:1-6; 2da: I Co 15:12.16-20; Ev: Lc 6:17.20-26

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Fue el Canciller de la Diócesis de Fajardo Humacao, Puerto Rico. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo all:canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

Hoy, el sexto domingo del tiempo ordinario, la Iglesia nos invita a poner nuestra confianza en Dios y en su único hijo Jesucristo. A través de su resurrección, Cristo conquistó la muerte y fortaleció nuestra fe y esperanza de la vida eterna.

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Por lo tanto, la primera lectura de hoy del libro de Jeremías nos recuerda sucintamente las consecuencias de confiar únicamente en nuestras habilidades, en nuestra fuerza humana y en los seres humanos. “Esto dice el Señor, maldito el hombre que confía en el hombre, que en él pone su fuerza y aparta del Señor su corazón.” A través de esto, se nos recuerda que todo esto nos fallará porque, nuestro éxito y supervivencia no dependen únicamente de ellos.

Por lo tanto, la primera lectura de hoy nos llama a una reflexión muy profunda. Debemos preguntarnos, ¿en quién y en qué he puesto mi confianza? Poner nuestra confianza en Dios es el mejor acercamiento a la vida. Ciertamente, debemos hacer esfuerzos y hacer lo que debemos hacer como seres humanos. Sin embargo, no debemos olvidar que, es Dios quien sostiene, confirma y bendice nuestros caminos y esfuerzos.

Debemos estar conscientes del hecho que, sin él, no somos nada como el Venerable Francis Libermann, C. S. Sp constantemente repetía antes de su muerte: “¡Dios es todo, el hombre es nada! ¡Dios es todo, el hombre es nada!

Confiar en Dios es una gran fuente de bendición y gozo interior. Por lo tanto, el salmista nos recuerda que: “Los que confían en el Señor son como el monte de Sion que nunca puede ser sacudido” (Sal 125:1).

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En la segunda lectura, Pablo igualmente hace el mismo punto. Nuestra esperanza no debe ser totalmente colocada en este mundo ni en nuestros esfuerzos solos, sino en Cristo, que a través de su resurrección ha fortalecido nuestra esperanza de la eternidad.

Por lo tanto, Pablo nos dice: “Si nuestra esperanza en Cristo se redujera tan sólo a las cosas de esta vida, seríamos los más infelices de todos los hombres”. En otras palabras, la vida no termina aquí. Hay algo más allá de este mundo, y sólo nuestra esperanza en Cristo resucitado nos llevará allí. En pocas palabras, nuestro viaje con Cristo no termina aquí, sino que trasciende este mundo.

Mientras que nuestra primera lectura comenzó con una advertencia muy fuerte contra no confiar en Dios, el Evangelio de hoy comienza con una bendición para aquellos que están listos para hacer la voluntad de Dios. La bienaventuranza es un gran cantico que nos llama a una vida de virtud, de reflexión y de entrega total a la voluntad de Dios.

Es el cantico de Cristo que nos llama a confiar firmemente en Dios, mientras que esperamos la eternidad. Estas bendiciones son para aquellos que están totalmente dispuestos a confiar en Dios. Las Bienaventuranzas también nos recuerdan que todo lo que hacemos y trabajamos aquí nos ganará la vida eterna. Es decir, si los hacemos bien, y por Dios.

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Finalmente, la buena noticia para nosotros hoy es simple, nada en este mundo puede robarnos nuestra paz de la mente y la alegría interior, porque nuestra confianza no está en este mundo, ni en el hombre. Más bien, nuestra confianza está en Cristo crucificado y resucitado, el Salvador y la esperanza del mundo. El Salmista resume esta buena noticia para nosotros: “Dichoso el hombre que confía en el Señor”

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

Homily For The 5th Sunday Of Ordinary Time, Year C

The Lord Sanctifies And Makes Us Worthy Messangers

Readings: 1st: Is 6:1-8; Ps: 137; 2ndI Cor 15:1-11; Gos: Lk 5:1-11

This brief reflection was written by Fr. Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. He is a Catholic Priest and a member of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans). He is a missionary in Puerto Rico. He is the Parish Priest of Parroquia la Resurrección del Senor, Canóvanas, and the Major Superior of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans), Circumscription of Puerto Rico and the Dominican Republic. He was the chancellor of the Diocese of Fajardo Humacao, Puerto Rico. Fr. Canice is a member of the Academy of Homiletics. For more details and comments contact him at: canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

Last Sunday, the church reminded us of our privileged call to be God’s prophets and messengers. On this fifth Sunday of ordinary time, she reminds us that though we are utterly unworthy to be God’s messengers, Christ cleanses us from our sins and gives us the strength to say: “Here I am, Lord send me.” He is the one that makes us worthy missionaries.

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A close look at all our readings today reveals one common phenomenon. This is the feeling and expression of unworthiness by all the personalities (Isaiah, Paul, and Peter). Given that they were human beings, they were not worthy of God’s mission. This is why the scripture tells us that: There is none as holy as the Lord (I Sam. 2, 2), and that “All our righteous acts are like filthy rags (Is. 64:6).

Of course, any person who grasps this truth is already on the path of salvation. These feelings and expressions of unworthiness were marks of humility on Isaiah who said: “I am a man of unclean lips,” on Paul who admitted: “I am the least of the apostles,” and on Peter who Pleaded: Leave me, Lord; I am a sinful man.”

They acknowledged their unworthiness before God. They acknowledged the fact that they were not worthy to bear the sacred message of God. Somehow, their feelings and humility were indirect means of drawing God’s attention that they needed his grace and blessing to succeed. Of course, However, it did not matter to God whether they were weak or strong. He is simply the one who sanctifies and makes us worthy of his work.

In today’s gospel, one question that needs serious attention is: How could Peter, a professional and experienced fisherman who could not catch any fish throughout the night, be able to catch men for God?  “Men” who are the most difficult of all the species created by God? Of course, Christ knew he was not worthy, yet He went for him. Christ chose him despite his unworthiness and made him worthy for the mission. From the lives and excuses of these figures today, we must learn that it is the grace of God that makes us worthy for His mission and not only our “special qualities or experiences.” They matter but are limited.

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There is another crucial truth and lesson that emerges from our readings today. This is the fact that there will always be millions of reasons to try to avoid the call of God. Last week, while Jeremiah claimed that he was still too young (Jer 1, 6), and today Isaiah declares he is “A man of unclean leaps.” So, there will always be millions of reasons not to help the poor, feed the hungry, clothe the naked, shelter the homeless, visit the sick, and even bury the dead.

There will be a million reasons not to attend masses, not to pray the rosary, not to go for confession when we need it, not to visit Christ in the Blessed Sacrament. There will always be reasons not to take care of my wife, husband, children, and neighbors. Too many excuses, my dear friend! However, God will not relent until we do his will.

Finally, at times we feel like Isaiah, Paul, or Peter in today’s readings. We feel so unworthy of our call that we can hardly do anything for the sake of the Gospel. Rightly, we should feel so, perhaps because of our inadequacies and fear. However, we should realize that God is the one who cleanses us of our sins and makes us worthy to be his messengers.

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Therefore, we are not to be afraid. Instead, we should be docile to the spirit of Jesus Christ. He makes only those who are available worthy and capable for his mission. So, like Isaiah, let us confidently say: Here I am, Lord send me, “and Christ will make us “fishers of men.”

Peace be with you.

Maranatha!

Homilía Del Quinto Domingo Del Tiempo Ordinario, Año C

El Señor nos hace sus dignos mensajeros

Lecturas: 1ra: Is 6, 1-8; Sal: 137; 2da: I Co 15:1-11; Ev: Lc 5, 1-11

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Fue el Canciller de la Diócesis de Fajardo Humacao, Puerto Rico. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo all:canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

El pasado domingo, la iglesia nos recordaba nuestra privilegiado llamado a ser profetas y mensajeros. En este quinto domingo del tiempo ordinario, nos recuerda que a pesar de que somos absolutamente indignos de ser mensajeros de Dios, Cristo nos limpia de nuestros pecados y nos da la fuerza para decir: “Aquí estoy, Señor envíame.” Él es el único que nos hace dignos misioneros. Por lo tanto, el mensaje de hoy es una continuación de la semana pasada.

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Un vistazo a todas nuestras lecturas hoy revela un fenómeno común. Este es el sentir y la expresión de indignidad por todas las personalidades (Isaías, San Pablo y San Pedro). Verdaderamente y dado que son seres humanos, no son dignos de la misión de Dios. Esta es la razón por la cual la escritura nos dice que: “No hay uno santo como el Señor… (I Sam 2, 2); y que: “Todas nuestras justicias son como trapos de inmundicia ante Dios” (Is 64, 6).

Por supuesto, cualquier persona que capta esta verdad está ya en el camino de la salvación. Estos sentimientos y expresiones de indignidad habían marcado la humildad de Isaías, que dijo: “Yo soy un hombre de labios impuros”, en San Pablo, quien confesó: “Yo soy el más pequeño de los apóstoles”, y en Pedro, que se confesó: “Señor, yo soy un hombre pecador”.

Se han reconocido sus afectos, sus debilidades y vulnerabilidades ante Dios. Se han reconocido el hecho de que no son dignos de llevar el mensaje sagrado de Dios. De alguna manera, sus sentimientos y humildad son medios indirectos de dibujar la atención de Dios al hecho de que se necesita su gracia y bendición para tener éxito. Por supuesto, Dios conocía a todos ellos antes de elegirlos. No le importa si son fuertes o débiles. Dios es el que santifica y nos hace dignos de su trabajo.

En el evangelio de hoy, una cuestión que habría que prestar mucha atención es la siguiente: ¿Cómo podría Pedro un profesional y experimentado pescador que no podía coger ningún pez a lo largo de la noche ser capaz de capturar los hombres para Dios? Es decir, “Homo sapiens” que son los más difíciles de todas las especies creadas por Dios.

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Por supuesto, Cristo sabía que no era digno, pero fue para Él. Le escogió a pesar de su indignidad y le hizo merecedor de la misión. De las vidas y las experiencias de estas figuras, tenemos que aprender que es la gracia de Dios que nos hace dignos de su misión y no sólo de nuestras “cualidades especiales o las experiencias.” Son importantes, pero son limitadas.

Hay otra importante verdad y lección que se extrae tanto de nuestras lecturas hoy y la primera lectura de la semana pasada. Este es el hecho de que, siempre habrá millones de razones para tratar de eludir el llamado de Dios. La semana pasada, mientras que Jeremías dijo que él era demasiado joven (Jer 1, 6), hoy Isaías afirma que él es “un hombre de labios impuros.” Por lo tanto, siempre habrá millones de razones, para no ayudar a los pobres, los hambrientos, dar a beber al sediento, vestir al desnudo, dar refugio a los desamparados, visitar a los enfermos, los presos, enterrar a los muertos.

Habrá millones de razones para no asistir a las misas, no rezar el rosario, para no ir a la confesión cuando lo necesitamos, para no visitar a Cristo en el Santísimo Sacramento. Siempre habrá razones para no ser capaz de cuidar de mi esposa, mi marido, mis hijos y mis vecinos. ¡Demasiadas razones, mi querido amigo! Sin embargo, Dios no descansará hasta que no hagamos su voluntad, puesto que tiene una respuesta adecuada para cada razón por la que damos.

Por último, a veces nos sentimos como Isaías, Pablo o Pedro, según las lecturas de hoy. Nos sentimos tan indignos de nuestra llamada que no podemos hacer nada por el bien del Evangelio. Con toda razón, hemos de sentir eso, tal vez debido a nuestra insuficiencia y el miedo. Sin embargo, debemos ser conscientes que es Dios quien nos limpia de nuestros pecados y nos hace dignos de ser sus mensajeros.

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Por lo tanto, no vamos a tener miedo. Más bien, debemos ser dóciles al espíritu de Jesucristo. Lo hacen sólo aquellos que están disponibles a ser dignos y capaces para su misión. Si estamos dispuestos a decir como Isaías: “Aquí estoy, envíame,” Cristo también está dispuesto a hacernos “pescadores de hombres”.

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!