Homilía del Décimo Tercer Domingo Tiempo Ordinario, Año B

¡El Plan y deseo de Dios para Nosotros – Buena Salud Y Vida Eterna!

Lecturas: 1ra: Sb 1, 13,-15. 2, 23-24; Sal 29; 2da 2 Co 8, 7. 9, 13-15; Ev: Mc 5, 21-4

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo al canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com. 

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

Hoy, el decimotercer Domingo del tiempo ordinario celebramos al Señor que generosamente nos dio la vida. Por lo tanto, es su deseo que prosperamos en la salud del cuerpo y la mente. Por eso, ofreció a su propio hijo para que pudiéramos tener la vida en su plenitud.

En la primera lectura de hoy, Dios nos recuerda su plan y su deseo por nosotros. Este plan no ha disminuido de ninguna manera. Por lo tanto, nunca se cansa de restaurarnos. Como un padre amoroso, el plan de Dios para nosotros sigue siendo supremo. No es un plan de muerte, sino de la vida eterna.

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Él nos dice: “Amado, deseo sobre de todas las cosas que tú puedes prosperar y estar en salud, así como tu alma prospera” (3 Jn 1, 2). Sí, este es el deseo de Dios para nosotros. Así como la enfermedad y la muerte son sólo una corrupción física del cuerpo, la vida eterna en Cristo es la última curación y restauración de la vida espiritual. Esta vida eterna reside en nuestra alma imperecedera que lleva la imagen de la naturaleza de Dios.

Por lo tanto, nada cambia el plan de Dios para nosotros. Incluso cuando lo abandonamos, este plan para la prosperidad y la buena salud sigue siendo concreto. Por eso nos aseguró que: “… Sé los planes que tengo para ti, planes para prosperar y no para hacerte daño, planes para darte esperanza y un futuro… ” (Jer 29, 11).

En la segunda lectura, Pablo nos recuerda que Dios nos ha dado generosamente todo. Esto era posible porque, “el Señor Jesús era rico, pero se hizo pobre por tu bien, para hacerte rico de su pobreza “. Por lo tanto, es el deseo de Dios que a medida que prosperemos, debemos ser generosos también.

Pablo nos educa en el principio de la generosidad. Mientras que él nos aconsejó que equilibremos la necesidad de otros contra nuestros sobrantes, él no significa que debemos ser generosos solamente cuando tenemos exceso a dar. Dar sólo lo que no nos cuesta “nada” podría no tráenos la plena satisfacción de la generosidad. (2 Sam 24:24). La verdadera generosidad atrae las bendiciones y los favores de Dios a aquellos que dan libre y alegremente.

El Evangelio de hoy nos presenta dos milagros de Jesús. Estos milagros son evidencias del deseo y plan de Dios para nosotros. Nos enseñan que mientras que Cristo desea liberarnos de todas las formas de cautividades, debemos tener fe para recibir nuestros milagros.

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Tanto Jairo como la mujer nunca se dieron por vencidos, en cambio, esperaron pacientemente hasta que el plan de Dios se cumpliera para ellos. La mujer demostró su fe viva a través de su acción de tocar el manto de Cristo. Esperó por doce años, y cuando llegó su oportunidad, lo tomó desde la fe. Ella no tenía miedo o vergüenza de la multitud. Además, Jairo demostró su fe en nombre de su hija al invitar persistentemente a Cristo hasta que la visitó en su casa.

Finalmente, es el plan de Dios que nos prosperamos tanto en cuerpo como en el alma. Sin embargo, debemos ser pacientes y caminar en este plan en la fe. En segundo lugar, tenemos un papel que desempeñar en el plan de Dios hacia los demás. Por lo tanto, Pablo nos dice hoy: “Ustedes siempre tienen la mayor parte de todo. Así que, esperamos que ustedes también pongan más en la obra de misericordia.” Así, mientras Cristo busca nuestro bienestar todos los días, nosotros también debemos buscar constantemente el bienestar de los demás.

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

Homilía del Duodecimo Domingo del Tiempo Ordinario, Año B

¡No Tenga Miedo, El Señor Calmará Su Tormenta!

Lectura: 1ra: Job 3:1. 8-11; Sal 106; 2da: 2 Co 5:14-17; Ev: Mc 4:35-41

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo al canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com. 

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

Hoy es el duodécimo domingo del tiempo ordinario de la iglesia. En ello, la Santa madre iglesia nos recuerda y anima que, Cristo está con nosotros aun en medio de todas las tormentas de esta vida. Por lo tanto, esto es un gran motivo de celebración y acción de gracias porque estamos tan contentos de que Jesús nos cuida.

Tanto la primera lectura de hoy del libro de Job y, el Evangelio de Marcos, nos recuerdan que Dios es el creador del mundo. Por lo tanto, Él tiene el poder de controlar y regular todas las fuerzas naturales, físicas y espirituales o actividades en este mundo. Él tiene todo el mundo en sus manos y, por lo tanto, dirige el curso de nuestras vidas y la historia de este mundo.

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Él sabe cuándo es mejor intervenir en nuestra vida personal y en la historia de nuestro mundo. Esto es evidente en su respuesta oportuna a Job y en su intervención en la situación de sus discípulos. Según nuestra segunda lectura, cuando Dios interviene, lo hace por amor a nosotros sus hijos y el mundo. Esto fue lo que hizo cuando Él permitió que su único hijo Jesucristo muriera en el momento oportuno para salvarnos y renovarnos.

La vida está llena de tormentas. A veces, pueden llegar a ser tan fuertes y extrañas que nuestra fuerza humana ya no puede apoyarnos. En algunos momentos, el miedo y los problemas podrían tomar control de nuestra vida. Incluso en algunos casos, podríamos perder nuestra fe en Dios, pensando que Él nos ha abandonado, o que no existe.

Estas tormentas vienen en diferentes formas. Podrían ser problemas en nuestro matrimonio, nuestros hijos que no están respondiendo bien, falta de buen trabajo, pobreza, incapacidad para procrear, o una enfermedad prolongada que ha contaminado todos los tratamientos. También podrían ser la incapacidad para encontrar o mantener una relación buena y estable, o pelea con la gente todo el tiempo.

También podrían ser pobres resultados en nuestros negocios o académicos. La lista es interminable, pero éstos representan las realidades que enfrentamos cada día. Hermanos, la verdad es que no hay ninguna garantía de que nuestra vida estará completamente libre de las tormentas. Sin embargo, la buena noticia es que existe una seguridad de que Cristo está con nosotros para ayudarnos a tener éxito.

Hay dos verdades básicas que el evangelio nos revela sobre estos problemas. La primera es que, Cristo está contigo en esa barca, y es consciente de que estás luchando con la tormenta. Por lo tanto, no puedes estar con Él y hundirse. ¡No, no es posible! La segunda es que, no importa la experiencia que crees que tienes par navegar tu propio barco, no puedes superar tus tormentas solo. Por lo tanto, Cristo nos dice: “Aparte de mí, puedes hacer nada”. No cabe duda de que antes de invitar a Cristo, sus discípulos hicieron mucho esfuerzo para controlar su propio barco. Sin embargo, cuando no pudieron, le gritaron: “¿Maestro, no te importa que perezcamos?” Por supuesto, Cristo intervino porque Él nos aseguró: “Me llamas en momentos de problemas y te ayudaré” (Ps 50:15).

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Hay tres cosas que debemos continuar haciendo. Primera, en lugar de vivir en el miedo, sentados quejándose como Job, gritemos e invitemos al Señor para que nos ayude. Esto es porque: “Nuestro auxilio viene del Señor que hizo los cielos y la tierra” (Ps 121, 1 – 2). Segunda, debemos continuar mostrando profunda fe en Dios, su hijo Jesucristo y en el Espíritu Santo. Es decir, fe que nos hace creer que Dios nos creó en el amor, nos sostendrá con su providencia y nos salvará a través de su misericordia. Tercera, debemos continuar siendo agradecidos a Dios en todas las circunstancias de nuestra vida. Por lo tanto, con el salmista digamos, “den gracias al Señor porque su amor y su misericordia permanecen por siempre”

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

Homily for the 12th Sunday of Ordinary Time, Year B

Do not be afraid; the Lord will Calm Your Storm!

Readings: 1st: Job 3:1.8-11; Ps: 106; 2nd: 2Cor 5:14-17; Gos: Mk 4: 35-41

This brief reflection was written by Fr. Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. He is a Catholic Priest and a member of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans). He is a missionary in Puerto Rico. He is the Parish Priest of Parroquia la Resurrección del Senor, Canóvanas, and the Major Superior of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans), Circumscription of Puerto Rico and the Dominican Republic. Fr. Canice is a member of the Academy of Homiletics. For more details and comments contact him at canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

Today is the twelfth Sunday of the church’s ordinary time. In it, the holy mother church reminds and encourages us her children that Christ is with us even in the midst of all the storms of this life. Therefore, this is a worthy cause for celebration and thanksgiving because we are so glad that Jesus cares for us.

Both the first reading from Job and the Gospel of Mark today remind us that God is the world’s creator. Hence, he has the power to control and regulate all the natural, physical and spiritual forces or activities going on in this world. God has the whole world in his hands.  So, he directs the course of our lives and the history of this world.

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 He knows when best to intervene both in our personal lives and in the history of our entire world. This is evident in his timely response to Job and his intervention in the situation of his disciples. According to our second reading, when God intervenes, he does so because of love for us. This was what he did when he allowed his only son Jesus Christ to die at the appropriate time to save and renew us.

Life is full of storms. At times, they can become so strong and strange that our human strength can no longer support us. At such moments fear and complaints, he might take over the central stage of our life. Even in some cases, we might lose our faith in God, thinking that he has abandoned us, or that he does not exist. These storms come in different forms.

They could be problems in our marriage, our children who are not responding well, lack of a good job, insufficient finance, inability to procreate, or a prolonged sickness that has defiled all treatments. They could also be the inability to find or maintain a fair and stable relationship or fall out with people all the time. They could also be poor results in our academics or business. The list is unending, but these represent the realities we face every day. Brethren, the truth is that there is no assurance that our lives would be utterly free of storms. However, the good news is that there is an assurance that Christ is with us to help us succeed.

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There are two fundamental truths that the gospel reveals to us about these problems. The first is that Christ is with you in that boat, and is aware of the storm in your path. So, you cannot be with Him and yet sink. It is not possible! The second is that you cannot overcome your storms alone, no matter how experienced you think you are navigating your boat. Hence, Christ tells us: “Apart from me, you can do nothing.” There is no doubt that his disciples made much effort to control their boat before inviting Christ. However, when they failed, they cried out: “Lord, do you not care if we perish?” Of course, Christ intervened because he assured us: “Call upon me in times of trouble, and I will help you” (Ps 50: 15).

Finally, there are three things we must continue to do. First, rather than live in fear, sit and complain like Job, or give up completely, let us cry out and invite the Lord to help us. This is because: “Our help comes from the Lord who made heaven and earth” (Ps 121, 1-2). Second, we must continue to show profound faith in God, Son Jesus Christ, and the Holy Spirit. Faith makes us believe that God created us in love, sustains us with his providence and, will save us through his mercy. Third, we must continue to be thankful to God in all circumstances of our life. So, with the psalmist, let us: “…Give thanks to the Lord, for his love and mercy endures forever.”

Peace be with you!

Maranatha!

Homily for 11th Sunday of Ordinary Time, Year B

Seeking the Kingdom of God with Faith

Readings: 1st: Ezek 17, 22-24; Ps 91; 2nd: 2Cor 5, 6-10; Gos Mk 4: 26-34

This brief reflection was written by Fr. Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. He is a Catholic Priest and a member of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans). He is a missionary in Puerto Rico. He is the Parish Priest of Parroquia la Resurrección del Senor, Canóvanas, and the Major Superior of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans), Circumscription of Puerto Rico and the Dominican Republic. Fr. Canice is a member of the Academy of Homiletics. For more details and comments contact him at canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

On this eleventh Sunday of ordinary time, the church reminds us that, as part of God’s kingdom, the church of Christ is like a tree planted by God in the world. From the smallest of all seeds, she becomes the noblest of trees and fills the earth. She is the physical evidence of God’s kingdom. So, like the birds of the air, we are called to make our home in her.

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The first reading is a message of hope and restoration. Through prophet Ezekiel God promised to re-establish and elevate his people who were in exile in Babylon. This means that God wishes to transfer his people from a kingdom of oppression, poverty, and misery to a realm of justice, prosperity, and peace of mind.

This is the kingdom where Christ reigns as king and as the fountain of life. This is the kingdom where God wishes us to be. The church is the visible sign of this noble cedar or kingdom that gives refuge to all people.

In the second reading, Paul reminds us that we are on a journey towards the kingdom of God to be with Christ, our Lord, and king. Hence, whether we are “living in the body or exiled from it, we must remain focused on pleasing the Lord.

The journey to this kingdom is a journey that must be approached with faith and courage. Hence Paul reminds us: “Going as we do by faith and not by sight, we are full of confidence…and want to leave this body to be with Christ.” In light of this, we must advance diligently to be admitted into this kingdom by Christ.

In today’s gospel, Christ uses two parables to describe the kingdom of God. The kingdom he invites us to is a simple and peaceful one. It is open to all who seek it with a sincere heart. The easiest way to enter into it is by sowing a seed of faith in Christ. This is the key.

Hence, in the second parable, the mustard seed, the smallest seed, refers to our faith. “If you have faith like a grain of mustard seed…nothing will be impossible for you” (Mt 17, 20). This includes entering the kingdom of God. However, it is important to note that the authenticity of our faith must be tested (James 1:3; 1Peter 1:7).

Faith grows, and when it does, it achieves great things. As it grows, it leads us to Christ and, consequently, to his kingdom. Our faith also draws others to Christ and his church, the visible sign of God’s kingdom on earth. As Christ says: “The birds of the air come to take shelter under its branches.”

How does our faith draw others to Christ? When we demonstrate or bear a good testimony of our individual and collective faith, the result is excellent. Lives could be touched and transformed. A few persons might come to believe in God.

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Also, a youth might present himself for a particular sacrament and service in the church. A young couple might decide to normalize their marriage in the church. Someone might decide to give up a very old and bad habit, while another might choose to forgive another.

These may seem too insignificant achievements, but the seed is growing. Consequently, this leads to the growth of the church. The Church is the visible sign of God’s kingdom on earth and will continue to be. As our faith grows, the church, the body of Christ grows and, more people are drawn into the comfort of God’s kingdom.

Peace be with you!

Maranatha!

Homilía del Undécimo Domingo del Tiempo Ordinario, Año B

Nuestra fe nos lleva al Reino de Dios

Lectura: 1ra: Ez 17, 22, 24; Sal 91; 2da 2Co 5, 6-9; Ev: Mc 4, 26-34

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo al canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com. 

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

En este undécimo Domingo del tiempo ordinario, se nos recuerda que, como parte del reino de Dios, la iglesia de Cristo es como un árbol plantado por Dios en el mundo. De la más pequeña de todas las semillas, ella se convierte en la más noble de los árboles y llena la tierra. Ella es la evidencia física del reino de Dios. Así que, como las aves del aire, estamos llamados a hacer nuestra casa en ella.

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La primera lectura es un mensaje de esperanza y restauración. A través del profeta Ezequiel, Dios prometió restablecer y elevar a su pueblo exiliado en Babilonia. Esto significa que Dios desea transferir a su pueblo de un reino de opresión, pobreza y miseria a un reino de justicia, prosperidad y tranquilidad.

Este es obviamente el reino donde Cristo reina como rey y se ofrece como la fuente de la vida. Este es el reino donde Dios quiere que estemos. La iglesia es el signo visible de este noble cedro o reino que da refugio a todo el pueblo.

En la segunda lectura, Pablo nos recuerda el hecho de que estamos en un viaje hacia el reino de Dios para estar con Cristo nuestro Señor y rey. Por lo tanto, si estamos “viviendo en el cuerpo o exiliados de ello, debemos enfocarnos en agradar al Señor.”

El viaje a este reino es un viaje que debe ser abordado con fe y valentía. Por eso Pablo nos recuerda: “… Yendo como lo hacemos por la fe y no por la vista, estamos llenos de confianza… y realmente queremos dejar este cuerpo para estar con Cristo. ” A la luz de esto, debemos avanzar diligentemente para ser admitidos en este reino por Cristo.

En el Evangelio de hoy, Cristo usa dos parábolas para describir el reino de Dios. El reino al que nos invita es simple y pacífico. Está abierto a todos los que lo buscan con un corazón sincero. La manera más fácil de entrar en ello es sembrar una semilla de la fe en Cristo. Esta es la clave.

Por lo tanto, en la segunda parábola, la semilla de mostaza que es la semilla más pequeña se refiere a nuestra fe. “Si tienes fe como un grano de semilla de mostaza… nada será imposible, para ti” (Mt 17, 20). Esto incluye, entrar en el reino de Dios. Sin embargo, es importante notar que la autenticidad de nuestra fe debe ser probada (Santiago 1:3; 1 Pedro 1:7).

La fe crece y cuando lo hace, logra grandes cosas. A medida que crece, nos lleva a Cristo y consecuentemente a su reino. También, nuestra fe atrae a otros a Cristo y a su iglesia, que es el signo visible del reino de Dios en la tierra. Como dice Cristo: “Los pájaros vienen a refugiarse bajo sus ramas.”

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¿Cómo nuestra fe atrae a otros a Cristo? Cuando demostramos o logramos un buen testimonio de nuestra fe individual y colectiva, el resultado es grande. Las vidas podrían ser tocadas y transformadas. Algunas personas pueden llegar a creer en Dios.

También, un joven podría presentarse a sí mismo para un sacramento particular y el servicio en la iglesia. Una pareja podría decidir normalizar su matrimonio en la iglesia. Alguien podría decidir renunciar un hábito viejo y malo, mientras que uno podría decidir perdonar a otro.

Estos pueden parecer logros insignificantes, pero la semilla está creciendo. Esto lleva consecuentemente al crecimiento de la iglesia, el signo visible del reino de Dios en la tierra. A medida que nuestra fe crece, la iglesia, el cuerpo de Cristo crece y más personas son atraídas a la comodidad del reino de Dios.

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

Homily for the Solemnity of Corpus Christi, Year B

Oh Sacrament Most Holy, Oh Sacrament Divine

Readings: 1st: Ex 24, 3-8. 39-40; Ps: 115; 2nd: Heb 9, 11-15; Gos: Mk 14: 12-16. 22-26

This brief reflection was written by Fr. Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. He is a Catholic Priest and a member of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans). He is a missionary in Puerto Rico. He is the Parish Priest of Parroquia la Resurrección del Senor, Canóvanas, and the Major Superior of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans), Circumscription of Puerto Rico and the Dominican Republic. Fr. Canice is a member of the Academy of Homiletics. For more details and comments contact him at canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

By the Eucharistic Celebration we already unite ourselves with the heavenly liturgy and anticipate eternal life, when God will be all in all” (CCC 1326).

Today, we celebrate the Solemnity of the Body and Blood of Christ popularly known as Corpus Christi. It was introduced in the late 13th century to encourage the faithful to give special adoration to the Holy Eucharist.

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Later, it was extended to the entire Latin Church by Urban IV in 1264 and became a mandatory feast of the universal Church in 1312. Traditionally, this solemnity is celebrated on the Thursday after Trinity Sunday. However, where it is not a day of obligation, it is celebrated on the Sunday following the Trinity Sunday.

As we celebrate Corpus Christi today, both our first and second reading talks about covenant, sacrifice, and blood. According to the first reading, the old covenant was sealed with the blood of animal sacrifice which Moses sprinkled on the people. On the contrary, the second reading reminds us that the new covenant was sealed with the blood of Christ. This is what makes the functional difference.

Hence, the sacrifice of the body and blood of Christ is the game changer. While the first covenant never guaranteed eternal life, the new does because it was sealed with a costly blood through a perfect sacrifice offered once and for all.

In the gospel, Christ instituted the Holy Eucharist. Here he was both the priest and the victim. This is another difference between the new and the old covenant. As the priest, Christ offered himself to God for our salvation. So, it is important to note that whenever we celebrate the Holy Eucharist, Christ is fully present both as the priest and as the victim.

He accomplishes his priesthood through the actions of the human priest, who is alter Christus (another Christ) and, who acts “in persona Christi (in the person of Christ).” On the other hand, he accomplishes his role as a victim in the form of bread and wine. All these put together is what we refer to as an “action of grace.”

The church teaches us that: “The Eucharist is the source and the summit of the Christian life…For in the blessed Eucharist is contained the whole spiritual good of the Church, namely Christ himself…The Eucharist is also the culmination both of God’s action, sanctifying the world in Christ and, of the worship men offer to Christ… In brief, the Eucharist is the sum and summary of our faith… ” (CCC1324-5).

Therefore, today’s celebration is a celebration of life, salvation and grace. It teaches us that as real food, the Eucharist is the true body and blood of Christ which nourishes our soul. It is a concrete way through which Christ is divinely present with us every day and moment.

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So, when we share in the celebration of the Eucharist, we share in the life of Christ the head and, in the life of the church, his body. This means that we must pay more attention to the Holy Eucharist by spending more time in His divine presence. If we present ourselves before him daily, he will fill us with wisdom and show us the best way to approach life.

This means that we should adore and offer Christ the reverence due to him. Any moment spent in the presence of the Most Holy Sacrament is both a golden moment and a moment of grace. Let us adore Christ saying: “Oh Sacrament Most Holy; Oh, Sacrament Divine, all praises and all thanksgiving be yours in every moment and time.”

Peace be with you!

Maranatha!

Homilía para Corpus Christi, Año B

Oh Santísimo Sacramento, Oh Sacramento Divino

Lectura: (1ra: Ex 2,3-8 39-40; Sal 115; 2da He 9, 11-15; Ev: Mc 28, 16-20)

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo al canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

“… Por la celebración eucarística nos unimos con la liturgia celestial y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en todos”(CCC1326). Hoy, celebramos la solemnidad del cuerpo y la sangre de Cristo, popularmente conocido como Corpus Christi. Fue introducido en el siglo XIII para animar a los fieles a dar adoración especial a la Santa Eucaristía.

Más tarde, se extendió a toda la Iglesia Latina por el Papa Urbano IV en el año 1264 y, se convirtió en una fiesta obligatoria de la iglesia universal en el año 1312. Tradicionalmente, esta solemnidad se celebra el jueves después del domingo de la Trinidad. Sin embargo, donde no es un día de obligación, se celebra el domingo siguiente al domingo de la Trinidad.

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Como celebramos el Corpus Christi hoy, tanto nuestra primera y segunda lectura habla de alianza, sacrificio y sangre. Según la primera lectura, la antigua alianza fue sellado con la sangre del sacrificio de los animales que Moisés roció sobre la gente. Por el contrario, la segunda lectura nos recuerda que la nueva alianza fue sellada con la sangre de Cristo. Esto es lo que hace la diferencia funcional.

Por lo tanto, el sacrificio del cuerpo y sangre de Cristo es el cambiador de juego. Mientras que la primera alianza nunca garantizó la vida eterna, la nueva la hace porque fue sellada con la preciosa sangre a través de un perfecto sacrificio ofrecido una vez por todas.

En el Evangelio, Cristo instituyó la Sagrada Eucaristía. Aquí era el sacerdote y la víctima. Esta es otra diferencia entre la nueva y la antigua alianza. Como el sacerdote, Cristo se ofreció a Dios para salvarnos. Así que, es importante notar, que cada vez que celebramos la Santa Eucaristía, Cristo está totalmente presente tanto como el sacerdote y la víctima.

Él logra su sacerdocio a través de las acciones del sacerdote humano que es el “alter Christus” (otro Cristo) y, que actúa “in persona Christi (en la persona de Cristo).” Por otro lado, Él logra su papel como una víctima en la forma del pan y del vino. Todas estas juntas, son las que nos referimos como una “acción de gracia”.

La Iglesias nos enseña que: “La Eucaristía es la fuente y sima de la vida cristiana… Pues en la Sagrada Eucaristía se contiene todo lo bueno espiritual de la iglesia, es decir Cristo mismo…. La Eucaristía es la culminación de la acción de Dios que santifica al mundo en Cristo su hijo unigénito y, de los hombres que ofrecen culto a Cristo… En resumen, la Eucaristía es la suma y resumen de nuestra fe “(CIC1324-1325).

Por lo tanto, la celebración de hoy es una celebración de la vida, salvación y gracia. Nos enseña que, como la comida verdadera, la Eucaristía es el verdadero cuerpo y sangre de Cristo que nutre nuestra alma. Es una forma concreta a través la cual Cristo está divinamente presente con nosotros cada día y momento.

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Así que, cuando compartimos en la celebración de la Eucaristía, compartimos en la vida de Cristo, la cabeza y, en la vida de la iglesia su cuerpo. Esto significa que debemos prestar más atención a la Eucaristía y pasar más tiempo en su presencia divina. Si nos presentamos ante Él todos los días, Él nos llenará de la sabiduría y nos mostrará lo mejor manera de la vida.

Esto significa que debemos adorar y ofrecerle a Cristo la reverencia debida a Él. Cualquier momento pasado en la presencia del Santísimo Sacramento es un momento de oro y un momento de gracia. Adoremos a Cristo diciendo: “Oh Santísimo Sacramento; Oh Divino Sacramento, todas alabanzas y, acción de Gracias son tuyas en cada momento y tiempo.”

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranata!

Homily For Holy Trinity Sunday, Year B

The Most Holy Trinity, Is Our Model Of Unity

Readings: 1st: Deut 4:32-34.39-40; Ps 32; 2nd: Rom 8:14-17; Gos Mt 28:16-20

This brief reflection was written by Fr. Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. He is a Catholic Priest and a member of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans). He is a missionary in Puerto Rico. He is the Parish Priest of Parroquia la Resurrección del Senor, Canóvanas, and the Major Superior of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans), Circumscription of Puerto Rico and the Dominican Republic. Fr. Canice is a member of the Academy of Homiletics. For more details and comments contact him at canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

Today we celebrate one of the greatest mysteries of our Christian faith, the Holy Trinity. This celebration reminds us that the Father, the Son, and the Holy Spirit are working together. They are never separated, though, each one of them is a distinct divine person. There is a unity of essence and relation within the three divine persons.

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No amount of philosophical debate or scientific research can fully explain it. It is a mystery and can best be appreciated only with the “eyes of faith.” As a dogma, “it is an article of faith revealed by God, which the Magisterium of the Church presents as necessary to be believed…” Hence, Paul’s prayer becomes important today: “May the Lord enlighten the eyes of your minds…” (Eph 1, 18).

In our first reading, Moses reminds us of the beautiful and mysterious nature of the works of God. In order words, it takes a loving and mysterious God to accomplish such a wonderful and mysterious salvation task. Hence, he encourages us to strengthen our faith in God by simply obeying his commandments.

In the second reading, though without offering any systematic teaching on the Holy Trinity, Paul presents the three divine persons in their concrete forms and actions: “Led by the Spirit, we are sons of God…And we are heirs with Christ.” It is the same spirit that proceeds from both the Father and the Son that helps us to call God Abba Father. 

In today’s gospel, Christ himself revealed the mystery of the three divine persons to us. He revealed this with a mandate: “Go and make disciples of all nations, baptizing them in the name of the Father and of the Son and the Holy Spirit.” This is the Trinitarian formula.  So, any sincere prayer offered in the name of the Holy Trinity bears a mark of excellence.

Today, the church reminds us that the three divine persons are not divided in their actions of grace. Instead, they work and walk together. They have the same mission, which is the salvation of the world. The Father sent the Son to redeem the world (Jn 1, 1-3). And the Father and the Son sent us the Holy Spirit as our Counselor and Advocate (Act 1, 8. 2). None of them have absolute dominance over a particular period. This is because, despite being three distinct persons, they have one essence. They are eternally one and united.

So, the prayer of Christ to the father: “May they be one, as we are One” (Jn 17:22), is a prayer that arises from Trinitarian love. Therefore, the whole church and each family that forms the universal Church is a sacrament of the Trinity. As such, it must be characterized by love and unity.

Therefore, what we celebrate today is a model for our unity. We have many lessons to learn from the Holy Trinity. The most important is that we can live and work together as one family of God, like the Holy Trinity. This is because we bore the same image of God and were baptized by the same Spirit of God whose mark we bear (Eph 4, 30). So, despite our personalities and differences, unity is possible and a fundamental option.

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Hence, today’s celebration has much to teach us about unity in our relationships, friendships, marriages, families, communities. It also reminds us that despite our different talents, gifts, social, and economic levels, we can live and work together for our salvation and our salvation of the world.

Finally, the Holy Trinity’s celebration reminds us that our different personalities will become our strength rather than our weakness or the cause of our disintegration if we remain united. For their love and unity, let us praise the Most Holy Trinity: Glory be to the Father and the Son and the Holy Spirit, Amen.

Peace be with you!

Maranatha!

Homilía del Domingo de La Santísima Trinidad, Año B

La Santísima Trinidad es nuestro modelo de unidad

Lecturas: 1ra: Dt 4, 32-34; Sal 32; 2da Ro 8, 14-17; Ev: Mt 28, 16-20

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo al canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

Hoy celebramos uno de los mayores misterios de nuestra fe cristiana, la Santísima Trinidad. Esta celebración nos recuerda que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están trabajando juntos. Nunca se separan, sin embargo, cada uno de ellos es Una Persona Divina y distinta. Hay unidad de la esencia y de la relación entre las tres personas divinas.

Ninguna cantidad de debate filosófico o investigación científica puede explicarlo completamente. Es un misterio y puede ser apreciado mejor sólo con los “ojos de la fe.” Como un dogma, “es un artículo de fe revelado por Dios, que el Magisterio de la iglesia presenta como necesario para ser creído…” Por lo tanto, la oración de Pablo se vuelve importante hoy: “Que el Señor ilumine los ojos de sus mentes…” (Ef 1, 18).

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En nuestra primera lectura, Moisés nos recuerda, de la naturaleza maravillosa y misteriosa de las obras de Dios. En otras palabras, que se necesita un Dios amoroso y misterioso para lograr una tarea maravillosa y misteriosa de la salvación. Por lo tanto, él nos alienta a fortalecer nuestra fe en Dios simplemente obedeciendo sus mandamientos.

En la segunda lectura, aunque sin ofrecer ninguna enseñanza sistemática sobre la Santísima Trinidad, Pablo presenta las tres personas divinas en sus formas y acciones concretas: “Guiados por el Espíritu Santo, somos hijos de Dios… Y somos herederos de Cristo. ” Es el mismo Espíritu que procede tanto del Padre y del Hijo que nos ayuda a llamar a Dios Padre.

En el Evangelio de hoy, Cristo mismo reveló el misterio de las tres personas divinas a nosotros. Él reveló esto con un mandato: “Vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.” Esta es la fórmula trinitaria. Por lo tanto, cualquier misión y oración sincera realizada en el nombre de la Santísima Trinidad lleva una marca de excelencia.

Hoy, la Iglesia nos recuerda que las tres personas divinas no están divididas en sus acciones de gracia. En cambio, trabajan y caminan juntos. Tienen la misma misión, que es la salvación del mundo. El Padre envió al Hijo para redimir al mundo (Jn 1, 1-3). Y el padre y el Hijo nos enviaron el Espíritu Santo como nuestro Consolador y Defensor (acto 1, 8.2). Ninguno de ellos tiene un dominio absoluto de un período o tiempo determinado. Esto es porque, a pesar de ser tres personas distintas, tienen una esencia. Son eternamente Uno y unidos.

Así que, la oración de Cristo al Padre: “Que sean uno, como somos Uno” (Jn 17:22), es una oración que surge del amor trinitario. Por eso, la Iglesia y cada familia que forma la iglesia universal es el sacramento de la Trinidad, y debe ser caracterizada por amor y unidad.

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Por lo tanto, lo que celebramos hoy es un modelo para nuestra unidad. Tenemos mucho que aprender de la Santísima Trinidad. Lo más importante es que, como la Santísima Trinidad, podemos vivir y trabajar juntos como una familia de Dios. También nos recuerda que, a pesar de nuestros distintos talentos, dones, niveles sociales y económicos, podemos vivir y trabajar juntos para la salvación del mundo. Esto es porque, llevamos una misma imagen de Dios, y fuimos bautizados por el mismo Espíritu cuya marca llevamos (Ef 4, 30). Así que, a pesar de nuestras personalidades individuales la unidad es posible y una opción fundamental.

Finalmente, la celebración de la Santísima Trinidad nos recuerda que, si seguimos unidos, nuestras diferentes personalidades se convertirían en nuestra fuerza, en lugar de nuestra debilidad o la causa de nuestra desintegración. Por su amor y unidad, alabemos a la Santísima Trinidad: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.  Amén.

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

Homily for Pentecost Sunday, Year B

Renew us Lord with Your Spirit!

Readings: 1st: Acts 2: 1-11; Ps: 103: 24-34; 2nd: 1 Cor 12: 3-7.12-12; Gos: Jn 20: 19-23

This brief reflection was written by Fr. Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. He is a Catholic Priest and a member of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans). He is a missionary in Puerto Rico. He is the Parish Priest of Parroquia la Resurrección del Senor, Canóvanas, and the Major Superior of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans), Circumscription of Puerto Rico and the Dominican Republic. Fr. Canice is a member of the Academy of Homiletics. For more details and comments contact him at canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

Today is Pentecost Sunday. Pentecost marks the definitive end of the Easter Season. It occupies a very important position in the Church’s life and liturgical calendar. This is because, it marks the beginning of the church’s missionary endeavor. Pentecost day is a day of renewal and empowerment.

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From the first reading of this Sunday, we see the reward of obedience and steadfastness in prayer. Therefore, today we celebrate a great feast, when Christ fulfilled his promise to us. As Christs disciples, every true believer has been empowered by the Holy Spirit. The Holy Spirit is the mutual love of the Father and the Son. He empowers us to go into our world to bring peace, unity, joy, love and salvation to nations.

In the second reading of today, Paul makes a very important statement: “No one can say Jesus is Lord, except through the Holy Spirit.” This means that, it is God himself that enables us to recognize and accept the lordship of Christ through the Holy Spirit.

Due to pride, it is difficult for Satan to acknowledge and accept the lordship of Christ. To say “Jesus is Lord” is to humble oneself. It means to accept Christ as the Lord and Savior of one’s life. Truly, this is only possible through the spirit of truth, the Holy Spirit.

In the gospel, Jesus breathed the Holy Spirit upon his disciples in order to restore their peace and to free them from the slavery of fear. Christ knew that the Holy Spirit empowers and liberates. So, the Spirit we have received, “is not the spirit of fear and timidity, but the Spirit of power, love, and self-discipline.” (2 Tim 1:7)

According to our Catechism, the Holy Spirit empowers us, makes us strong Christians and soldiers of Christ (CCC 1302). This empowerment comes through the different gifts we receive from the Holy Spirit. Through them, we become bold to call God our Father (Rom 8:15), and above all, to proclaim to our world that, Jesus Christ is Lord. Also, the Holy Spirit helps us to bear good fruits in Christ (Gal 5, 22). He leads us into the kingdom of righteousness, peace and joy. 

Today, we must ask ourselves: “What does the Holy Spirit wants me to do? Where is He leading me to?” It is important to reflect on these questions especially, now that our world has become so complex, and many of us seem confused. We must pay attention to Him. We must be docile to him. We must let him lead and show us the best way.

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Only Him, can help us navigate the rough waters of this world. Only the Holy Spirit can calm our fears and restore order to our lives. He alone can empower us to face the daily challenges of our lives, families, communities, and our world at large. He alone can give us the right insight we need to navigate through the complex moments of this life.

In view of this, daily and prayerfully, we must pause to listen to what the Holy Spirit has to say to us in order to know the direction he wants to lead us. Let us give him the chance to direct our lives, families, business and studies. If He leads us, no matter how complex our world becomes, we shall never be confused. We shall always find our way forward.

Finally, rather than always walk by sight or mere instinct as many of us do today, let us walk with the Holy Spirit, our Counselor and Advocate. This is because, we shall succeed “not by power nor by might, but by my spirit, says the Lord Almighty” (Zach 4:6). So, let us humbly pray: “O Lord, send forth your spirit and renew the face of the Earth.  Alleluia.”

Peace be with you!

Maranatha!