Homilía del Vigésimo Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, Año C

Humildad: Una Virtud Cristiana Indispensable 
Lecturas: 1ra: Sir 3, 17-20. 28-29; Sal: 64, 4-11; 2da: Heb 12, 18-24; Ev: Lc 14, 1. 7-14

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Era el Canciller de la Diócesis de Fajardo Humacao, Puerto Rico. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo all: 

canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

En este vigésimo segundo domingo del tiempo ordinario, la iglesia llama nuestra atención a una muy importante virtud cristiana – humildad. Es un atributo y la calidad de Dios que todos sus hijos deben poseer y vivir.

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Por lo tanto, este domingo estamos llamados a reflexionar profundamente sobre esta gran virtud. También, estamos llamados a imitar la humildad de Jesucristo nuestro Señor, el mediador de la nueva alianza.

La primera lectura de este domingo es un consejo sincero del predicador. Él nos da la clave para un exitoso compañerismo con Dios y por supuesto, con uno u otro. Se nos aconseja: “Comportarse con humildad y usted encontrará favor con el Señor.” Esto es la verdad. La humildad fue una marca distintiva de la vida y ministerio de Jesucristo nuestro Señor.

Por lo tanto, debe ser lo mismo para nosotros cristianos. El predicador también nos recuerda que el orgullo es una enfermedad. Sin embargo, la buena nueva es que, puede ser curado través de la imitación de la humildad de Cristo.

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La segunda lectura nos recuerda que nuestro destino es el Monte de Sión, el Jerusalén celestial y la ciudad del Dios vivo. En esta ciudad, sólo los humildes como los ángeles y los santos pueden morar allí. Sin duda, el orgulloso no puede porque un corazón orgulloso no puede adorar al Señor. Además, en esta ciudad “somos todos primogénitos y auténticos ciudadanos.” Por lo tanto, como ciudadanos de esta ciudad debemos vestirnos con humildad como Cristo nuestro mediador.

El Evangelio nos lleva al punto central de la buena nueva de hoy. Cristo nos exhorta: “Todo el que se ensalce será humillado y quien se humilla será exaltado.” Jesús nos enseña la importancia de la humildad y sencillez en nuestro camino cristiano. En este sentido, tenemos mucho que aprender de la Santísima Virgen María, que se humilló a sí misma. Su humildad fue tan notable y noble que Dios la exaltó para ser la madre de su hijo Jesucristo.

María testifica esto a través de su magníficat: “Mi alma glorifica al Señor…porque ha mirado la humillación de su esclava…Él hace proeza con su brazo…derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”(Lc 1:47. 59). Por lo tanto, no es necesario preguntarse por qué Cristo era humilde. Ya tenía padres humildes y aprendió humildad de ellos. Así que, debemos imitar la humildad de Cristo y María para ser como ellos.

No hay nada que perder por ser humilde. Proverbio nos dice que: “La humildad y el temor del Señor trae riquezas, honor y vida” (Prov 22:4). Por el contrario, el orgullo resulta en derrota y vergüenza. Cualquier vida espiritual que no se basa en humildad definitivamente será una vida vacía. Esto es porque, tal cristiano sólo funcionará por sí mismo y sin respeto por las opiniones de los demás.

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Por último, la Iglesia nos enseña que: “La humildad es la fundación de oración.” (CIC 2559). Sólo un corazón humilde puede venir y postrar delante de Dios en oración. Una persona humilde siempre está dispuesta a pedir dirección a Dios y a los demás. También, está lista para escuchar y aprender de los demás. Se necesita humildad para decir: “por favor” y para pedir perdón. Por eso, humildemente imploremos al Señor: “¡Oh, Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón como el tuyo, del deseo de ser honrado y estimado, líbrame!”

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

Homily For The 22nd Sunday Of Ordinary Time, Year C

Humility: An Indispensable Christian Virtue

 Readings: 1st: Ecc 3:17-20. 28-29; Ps: 64:4-11; 2nd: Heb 12:18-24; Gos: Lk 14:1. 7-14

This brief reflection was written by Fr. Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. He is a Catholic Priest and a member of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans). He is a missionary in Puerto Rico. He is the Parish Priest of Parroquia la Resurrección del Senor, Canóvanas, and the Major Superior of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans), Circumscription of Puerto Rico and the Dominican Republic. He was the chancellor of the Diocese of Fajardo Humacao, Puerto Rico. Fr. Canice is a member of the Academy of Homiletics. For more details and comments contact him at: canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

On this twenty-second Sunday of Ordinary Time, the Church calls our attention to a fundamental Christian virtue, humility. It is an attribute and quality of God that all his children must strive to possess and live. Therefore she encourages us to reflect deeply on this great virtue. Also, she calls us to imitate the humility of Jesus Christ, our Lord, the new covenant mediator.

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The first reading of this Sunday is a piece of candid advice from the Preacher. He gives us the key to a successful fellowship with God, and of course, with one another. He advises us, “Behave humbly, and you will find favor with the Lord.” This is absolutely right. Humility was a distinctive mark of the life and ministry of Jesus Christ, our Lord. So, it must also be for us as Christians. The Preacher also reminds us that pride is a disease. However, the good news is that it has a cure – the imitation of Christ’s humility.

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The second reading reminds us that our destination is Mount Zion, the heavenly Jerusalem, and the city of the living God. In this city, only the humble like the Angels and Saints can dwell there. Indeed, the proud cannot because a proud heart cannot worship the Lord. Furthermore, in this city, “everyone is a firstborn and a true citizen.” Hence, as citizens of this city, we must clothe ourselves with humility like Christ our Mediator.

The gospel takes us to the climax of today’s good news. Christ exhorts us, “Everyone who exalts himself will be humbled, and the man who humbles himself will be exalted.” Jesus teaches the importance of humility and simplicity in our Christian journey. In this regard, we have a lot to learn from the Blessed Virgin Mary, who humbled herself. Her humility was so remarkable that God exalted her to be the mother of his son.

Mary attested to this through her Magnificat: “My soul glorifies the Lord…for He has been mindful of the humble state of His servant…He has brought down rulers from their thrones and has lifted the humble” (Lk 1:47. 59). Therefore, there is no reason to wonder why Christ was humble. He had humble parents from whom he learned humility. Also, we must emulate the humility of Christ and Mary in order to be like them.

There is nothing to lose by being humble. The book of Proverbs tells us, “Humility and the fear of the Lord bring wealth, honor, and life” (Prov 22:4). On the contrary, pride results in defeat and shame. Any spiritual life not anchored on humility definitely will be an empty one. This is because such a Christian will only work for himself and without regard for others.

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Finally, the church teaches us that: “Humility is the foundation of prayer.” (CCC 2559). Only a humble heart can come and prostrate before God in prayer. Humble persons are always ready to ask for guidance from God and others. Also, they listen and learn from others. It takes humility to say please, and also to ask for forgiveness. So, let us humbly implore the Lord: “O Jesus! Meek and humble of heart, make my heart like yours. From the desire to be honored and esteemed deliver me!”

Peace be with you all!

Maranatha!

Homilía del Vigésimo Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, Año C

Humildad: Una Virtud Cristiana Indispensable 
Lecturas: 1ra:
 Sir 3, 17-20. 28-29; Sal: 64, 4-11; 2da: Heb 12, 18-24; Ev: Lc 14, 1. 7-14

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Era el Canciller de la Diócesis de Fajardo Humacao, Puerto Rico. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo all: 

canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

En este vigésimo segundo domingo del tiempo ordinario, la iglesia llama nuestra atención a una muy importante virtud cristiana – humildad. Es un atributo y la calidad de Dios que todos sus hijos deben poseer y vivir.

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Por lo tanto, este domingo estamos llamados a reflexionar profundamente sobre esta gran virtud. También, estamos llamados a imitar la humildad de Jesucristo nuestro Señor, el mediador de la nueva alianza.

La primera lectura de este domingo es un consejo sincero del predicador. Él nos da la clave para un exitoso compañerismo con Dios y por supuesto, con uno u otro. Se nos aconseja: “Comportarse con humildad y usted encontrará favor con el Señor.” Esto es la verdad. La humildad fue una marca distintiva de la vida y ministerio de Jesucristo nuestro Señor.

Por lo tanto, debe ser lo mismo para nosotros cristianos. El predicador también nos recuerda que el orgullo es una enfermedad. Sin embargo, la buena nueva es que, puede ser curado través de la imitación de la humildad de Cristo.

La segunda lectura nos recuerda que nuestro destino es el Monte de Sión, el Jerusalén celestial y la ciudad del Dios vivo. En esta ciudad, sólo los humildes como los ángeles y los santos pueden morar allí. Sin duda, el orgulloso no puede porque un corazón orgulloso no puede adorar al Señor. Además, en esta ciudad “somos todos primogénitos y auténticos ciudadanos.” Por lo tanto, como ciudadanos de esta ciudad debemos vestirnos con humildad como Cristo nuestro mediador.

El Evangelio nos lleva al punto central de la buena nueva de hoy. Cristo nos exhorta: “Todo el que se ensalce será humillado y quien se humilla será exaltado.” Jesús nos enseña la importancia de la humildad y sencillez en nuestro camino cristiano. En este sentido, tenemos mucho que aprender de la Santísima Virgen María, que se humilló a sí misma. Su humildad fue tan notable y noble que Dios la exaltó para ser la madre de su hijo Jesucristo.

María testifica esto a través de su magníficat: “Mi alma glorifica al Señor…porque ha mirado la humillación de su esclava…Él hace proeza con su brazo…derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”(Lc 1:47. 59). Por lo tanto, no es necesario preguntarse por qué Cristo era humilde. Ya tenía padres humildes y aprendió humildad de ellos. Así que, debemos imitar la humildad de Cristo y María para ser como ellos.

No hay nada que perder por ser humilde. Proverbio nos dice que: “La humildad y el temor del Señor trae riquezas, honor y vida” (Prov 22:4). Por el contrario, el orgullo resulta en derrota y vergüenza. Cualquier vida espiritual que no se basa en humildad definitivamente será una vida vacía. Esto es porque, tal cristiano sólo funcionará por sí mismo y sin respeto por las opiniones de los demás.

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Por último, la Iglesia nos enseña que: “La humildad es la fundación de oración.” (CIC 2559). Sólo un corazón humilde puede venir y postrar delante de Dios en oración. Una persona humilde siempre está dispuesta a pedir dirección a Dios y a los demás. También, está lista para escuchar y aprender de los demás. Se necesita humildad para decir: “por favor” y para pedir perdón. Por eso, humildemente imploremos al Señor: “¡Oh, Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón como el tuyo, del deseo de ser honrado y estimado, líbrame!”

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

Homily For The 21st Sunday Of Ordinary Time Year, C

The great reunion at the Feast of God’s Kingdom

Readings: 1st: Is 66:18-21; Ps: 116:5-7. 11-12; 2nd: Heb 12:11-13; Gos: Lk 12:22-30

This brief reflection was written by Fr. Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. He is a Catholic Priest and a member of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans). He is a missionary in Puerto Rico. He is the Parish Priest of Parroquia la Resurrección del Senor, Canóvanas, and the Major Superior of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans), Circumscription of Puerto Rico and the Dominican Republic. He was the chancellor of the Diocese of Fajardo Humacao, Puerto Rico. Fr. Canice is a member of the Academy of Homiletics. For more details and comments contact him at: canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

This Sunday, the church reminds us of the reunion of all God’s people at the feast of His kingdom. It is not only Jews and Christians that the Lord will gather unto himself. He will also gather people from all nations, all those willing to submit to his loving care. The readings of this Sunday, especially the first and the gospel, are closely related. Both bear a powerful message of hope. That is the reunion and restoration of the people of God.

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The first reading is a prophecy about the return of God’s People to Jerusalem. It is an assurance that God will fulfill his promises to us. Here, the prophet makes three essential points. The first is that God will soon fulfill his promise of restoring us to himself. He will surely do this to show his saving power.

The second is the fact that God has a purpose for this gathering. This is for the glory of his name. In order words, every work he does has the remote aim of giving glory to him. Third, in addition to gathering us unto Himself, God will also make us his ambassadors to other nations. Hence, he promises, “I will give them a sign and send some of their survivors to the nations…that have never heard of me or seen my glory.”

This also underscores the missionary nature of our call. God initiates it and then uses us to accomplish it. Hence, God commissions us to: “Go out to the whole world and proclaim the good news.” This good news is that God will restore our lost glory for the sake of his glory.

The second reading from Hebrews reminds us that obedience and discipline will help us respond and effectively return to the Lord. The path to this return will definitively not be an easy one. In it, we shall encounter thorns and pains. As a loving father, God will also reprimand and punish us. However, this is in order to correct and guide us through the right path.

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Williams Shakespeare wrote in Hamlet, “Sometimes, I must be cruel to be kind.” As a loving father, this is the way God also handles us at times. He is the porter, and we are the clay. He crushes, treats us hard, and finally molds us into a beautiful shape (Jer 18: 1-17). So, we must learn to endure as Christ did through His suffering and death on the cross (Phil 2, 4). This is important if we must witness the glory of God. Success comes through hard work and hard work through discipline and obedience.

In today’s gospel, Jesus answers a challenging and tricky question: Sir, will there be only a few saved? His response was straightforward, clever, and of course, an intelligent one. He replies, “Try your best to enter by the narrow door!” So, rather than occupy oneself with arguments about the number of those to be saved, it is better to work hard for one’s salvation.

Through this, Christ reminds us that the invitation to His feast is open to all. However, each person must struggle to be there. We must do what we have to do by playing our roles well. This is the only way we can be guaranteed a place in the feast of the kingdom of God.

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In order words, it behooves us as individuals to make an effort to be at the glorious gathering of the saints. Hence, Paul admonishes us to “Work out your salvation with fear and trembling” (Phil 2:12). Thus, we have to prepare ourselves by using the available opportunity present to us all the time. Therefore, God calls us to be focused and disciplined to be part of the great gathering of the saints.

Peace be with you all!

Maranatha!

Homilía del Vigésimo Primer Domingo del Tiempo Ordinario, Año C

La gran reunión al banquete del Reino de Dios

Lecturas: 1raIs 66, 18-21; Sal 116; 2daHe 12, 11-13; Ev: Lc 12, 22-30

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Era el Canciller de la Diócesis de Fajardo Humacao, Puerto Rico. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo all: 

canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

Este domingo la Iglesia nos recuerda la reunión del pueblo de Dios en la fiesta de su reino. No es sólo los judíos y los cristianos que el Señor reunirá a sí mismos. También, reunirá la gente de todas las naciones. Todos aquellos que están dispuestos a someterse a su cuidado amoroso. Las lecturas de este domingo, especialmente, la primera y el Evangelio están estrechamente relacionadas. Llevan un mensaje muy fuerte de esperanza. Es decir, la reunión y restauración del pueblo de Dios.

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La primera lectura es una profecía sobre el retorno del pueblo de Dios a Jerusalén. Es una garantía de que Dios cumplirá su promesa a nosotros. Aquí, el Profeta hace tres puntos importantes. La primera es que, pronto Dios cumplirá su promesa de restaurarnos. Seguramente lo hará para mostrar su poder Salvador.

El segundo es el hecho de que Dios tiene un propósito para esta reunión. Esto es para la gloria de su nombre. En palabras de orden, cada trabajo que Dios realiza tiene como objetivo remoto de darle gloria. Tercero, además de reunirnos a su mismo, también, Dios nos hará sus embajadores para otras naciones.

Por lo tanto, Él promete así: “Yo les daré una señal, y enviaré algunos de sus sobrevivientes a las naciones extranjeras… que nunca han oído hablar de mí o han visto mi gloria.” Esto pone de relieve la naturaleza misionera de nuestro llamado. Dios lo inicia y luego nos usa para lograrlo. Por lo tanto, Dios nos encarga: “Ir a todo el mundo y proclamen la buena nueva.” Esta buena nueva es que, Dios restaurará la gloria perdida, por su propia gloria.

La segunda lectura de la carta a los hebreos nos recuerda que la obediencia y la disciplina nos ayudará a responder, y efectivamente a regresar al Señor. El camino a este regreso definitivamente no será fácil. En ello, nos encontraremos espinas y dolores. Como un padre amoroso, Dios también nos reprenderá y castigará. Sin embargo, esto es con el fin de corregir y guiarnos por el camino correcto.

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Williams Shakespeare escribió en su novela, Hamlet: “A veces, tengo que ser cruel, para ser amable.” Como un padre amoroso, este es el modo en que Dios también nos trata. Es el alfarero y somos el barro. Nos aplasta, trata con fuerza, y finalmente nos moldea en una forma hermosa (Jer 18, 1-17). De este modo, debemos aprender a ser fuertes como Cristo hizo a través de su sufrimiento y muerte en la cruz (Fil 2, 4). Esto es importante si debemos atestiguar la gloria de Dios. El éxito es conseguido a través del trabajo duro a través de la disciplina y obediencia.

En el Evangelio, Jesús responde a una pregunta muy difícil: “Señor, ¿serán pocos los salvados?” Su respuesta fue muy simple, y por supuesto, inteligente: “¡Intenta lo mejor para entrar por la puerta estrecha…!” En vez de ocuparse uno mismo con argumentos sobre el número de personas que serán salvados, es mejor a ser esfuerzo para ser salvo. 

A través de esto, Cristo nos recuerda que la invitación a su fiesta está abierta a todos. Sin embargo, cada persona debe luchar para estar ahí. Debemos hacer lo que debamos hacer, por jugar bien nuestros papeles. Esta es la única manera que podíamos garantizar un lugar en el banquete del reino de Dios.

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En las palabras de orden, nos corresponde como individuos hacer todo lo posible para estar en la reunión gloriosa de los Santos. Por lo tanto, Pablo nos amonesta: “Amadísimos míos…sigan procurando su salvación con temor y temblor”(Fil 2, 12). Esto significa que tenemos que estar juntos haciendo uso de la oportunidad para estar preparados en todo momento. Por lo tanto, debemos estar enfocados y disciplinados para ser parte de la gran reunión de los Santos.

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

Homilía del Vigésimo Domingo del Tiempo Ordinario, Año C

Con Cristo, somos Victoriosos

Lecturas: 1ra: Jr 38:4-6. 8-10; Sal: 39:2-4.18; 2da: Heb 12:1-4; Ev: Lc 12:49-53

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Era el Canciller de la Diócesis de Fajardo Humacao, Puerto Rico. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo all: 

canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

En este vigésimo domingo del tiempo ordinario, la Iglesia nos anima a luchar contra el mal siguiendo el ejemplo y los pasos de Cristo, que vino a traer “fuego” sobre la tierra para purificar, transformar y salvarnos de los peligros que nos afligen.

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En la primera lectura, el profeta Jeremías sufrió grave injusticia, por el mensaje que predicaba. Se convirtió en un hombre de discordia para toda la tierra donde él predicó. Esto era porque su mensaje era muy incómodo para los líderes. Así que, la mejor opción era conspirar y matarlo.

Aunque lo lograron por un poco tiempo, Dios demostró que era un Salvador poderoso. Él no los permitió a destruir el profeta Jeremías. En cambio, en su propio tiempo y a su manera, Dios vino en su auxilio. El salmista testifica: “Esperé en el Señor con gran confianza; él se inclinó hacia mí y escuchó mis plegarias.” Nuestro Dios es siempre fiel y dispuesto a liberarnos en tiempos y momentos peligrosos. Sobre todo, cuando somos justos e inocentes. Por lo tanto, no debemos perder la confianza en Él incluso si estamos abatidos.

La segunda lectura de la carta a los hebreos nos anima a mantenernos enfocados constantemente: “fija la mirada en Jesús, autor y consumador de nuestra fe”. Esta lectura nos anima a emular el celo y el valor de Cristo aun en medio de la oposición. La fuerza y la energía que necesitamos para hacer todo esto, definitivamente serán proporcionada por el mismo Jesús Cristo.

El Evangelio de hoy ha dejado a muchos preguntándose: ¿Qué quiere decir a Jesús por “fuego y división sobre la tierra”? Esto es por el hecho de que le llaman el príncipe de paz. Por desgracia, algunos cristianos fundamentalistas han empleado este pasaje de forma muy literal y negativo. Es cierto que el mensaje de Cristo es incisivo. Sin embargo, uno necesita la luz y la guía del Espíritu Santo para entender verdaderamente lo que el Señor quiere comunicarnos.

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El Evangelio de hoy nos recuerda algunos eventos en el antiguo testamento, donde el fuego jugó un papel importante. Dios usó el fuego y azufre para destruir a Sodoma y Gomorra (Gen 19:24). El fuego y el granizo se utilizaron para castigar a los egipcios por su obstinación (Ex 9:3). El profeta Elías hizo descender fuego del cielo para consumir a cincuenta soldados (2 Reyes 1:9-17) y su sacrificio (1Kg 18:38).

¿Jesús quiere destruirnos con este mismo fuego? No, el fuego que Jesús trae es diferente. Es el fuego del Espíritu Santo, que purifica nuestras almas del mal, y nos salva. Por lo tanto, San Cirilo de Alejandría escribió: “…El fuego que Cristo trae es para la salvación de los hombres y sus beneficios… El fuego aquí es el mensaje salvador del evangelio, y el poder de sus mandamientos” (Comentario sobre Lucas, sermones 89-98).

Por lo tanto, este domingo Jesús nos asegura de su disposición a continuar la obra de salvación que ya comenzó en nosotros. Él planea lograrlo a través de una purificación continua. El fuego que él quiere traer es muy positivo y objetivo. Es para nuestro propio bienestar, purificación, y salvación. Está destinado a consumir la inmoralidad, la injusticia y la corrupción en nuestras vidas, en las comunidades y en el mundo en general.

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Finalmente, la buena nueva es una causa de división porque es un contraste con una sociedad injusta y todo lo que va contra a la buena nueva. Por lo tanto, imploremos a Cristo: “¡Señor, date prisa en ayudarme!”

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

Homily Of The Twentieth Sunday Of Ordinary Time, Year C

With Christ, we are Victorious

Readings: 1st: Jer 38:4-6. 8-10; Ps: 39:2-4.18; 2nd: Heb 12:1-4; Gos: Lk 12:49-53

This brief reflection was written by Fr. Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. He is a Catholic Priest and a member of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans). He is a missionary in Puerto Rico. He is the Parish Priest of Parroquia la Resurrección del Senor, Canóvanas, and the Major Superior of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans), Circumscription of Puerto Rico and the Dominican Republic. He was the chancellor of the Diocese of Fajardo Humacao, Puerto Rico. Fr. Canice is a member of the Academy of Homiletics. For more details and comments contact him at: canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

On this twentieth Sunday of Ordinary Time, the Church encourages us to fight against evil by following the footsteps of Christ, who came to bring “fire” upon the earth in order to purify, transform, and save us from the perils that afflict us.

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In the first reading, the prophet Jeremiah suffered grave injustice for the sake of the message he preached. He became a man of dissension for all the land where he preached. This was because his message was so discomforting to the leaders. So, their best option was to conspire and get rid of him.

Although they succeeded for a while, God proved that he was a mighty Saviour. He did not allow him to perish. Instead, at his own time and in his way, God came to his aid. The Psalmist testifies: “I waited and waited for the Lord, and he heard my cry.” Our God is ever faithful and ready to deliver us in times of difficulty. This is especially when we just and innocent. Hence, we must not give up even if we are crushed. 

The second reading from the letter to the Hebrews encourages us to keep running steadily. We are to “focus on Jesus, the author of our faith.” This reading encourages us to emulate Christ’s zeal and courage during difficult moments in life. Hence, in the face of opposition, we must be firm. Indeed, Jesus Christ will supply the strength and energy we need to do all these.

The gospel of today has left many wondering what Jesus means by bringing “fire and division upon the earth.” This is because we call Him the Prince of peace and the one who unites. Unfortunately, some fundamentalist Christians have employed this passage in a very literal and negative manner. Christ’s message is indeed incisive. However, one needs the guidance of the Holy Spirit to understand what the Lord wishes to communicate to us.

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Today’s gospel reminds us of some events in the old testament where the fire came into play. God used fire and brimstone to destroy Sodom and Gomorrah (Gen 19:24). God used fire and hailstorm to punish the Egyptians for their stubbornness (Ex 9:3). The prophet Elijah called down fire from heaven to consume fifty soldiers (2 Kings 1:9-17) and his sacrifice (1Kg 18, 38).

Does Jesus want to destroy us with this same fire? No, the fire that Jesus brings is different. It is the fire of the Holy Spirit, which purifies our souls from evil and saves us. Hence, Saint Cyril of Alexandria writes, “The fire which Christ brings is for men’s salvation and profits…The fire here is, the saving message of the Gospel, and the power of its commandments” (Commentary on Luke, 1859, Sermons 89-98).

Hence, this Sunday, Jesus reassures us of his willingness to continue the work of salvation which he started in us. He plans to achieve this through continuous purification. The fire he wishes to bring is that which is very positive and objective. It is for our purification and the consumption of the debris and fabrics of inordinate attachments, immorality, injustice, and corruption in our lives.

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Finally, the good news is a cause of division because it contrasts to an unjust society and all that goes contrary to it. Hence, let us implore Christ: “Lord, come to my aid!”

Peace be with you!

Maranatha!

Homily For The 19th Sunday Of Ordinary Time, Year C

We are the People of God

Readings: 1st: Wis 18, 6-9; Ps: 32, 1.12.18-22; 2nd: Heb 11, 1-2.8-19; Gos: Lk 12, 35-40

This brief reflection was written by Fr. Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. He is a Catholic Priest and a member of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans). He is a missionary in Puerto Rico. He is the Parish Priest of Parroquia la Resurrección del Senor, Canóvanas, and the Major Superior of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans), Circumscription of Puerto Rico and the Dominican Republic. He was the chancellor of the Diocese of Fajardo Humacao, Puerto Rico. Fr. Canice is a member of the Academy of Homiletics. For more details and comments contact him at: canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

The concept of “God’s elect or God’s people” is very strong among the Jews. Biblically speaking, this is right. However, the coming of Christ broadened the scope of this concept to the baptized in Christ. This is because “Baptism makes one a new creature, an adopted son of God, and a partaker in the divine nature” (CCC 1265). According to Pope Francis, “God does not belong to any particular people because His mercy wills everyone saved.”

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Therefore, on this 19th Sunday, the Church reminds us of our heritage as the people of God. She also reminds us of our firm root in Christ. As God’s people, we worship an awesome and caring God. Therefore, we dare to look forward to a glorious future in our Father’s kingdom.

Today’s first reading points out the nature of the covenant that establishes our citizenship as God’s people. This covenant is divine and firm. Therefore, the church admonishes us to be joyful and courageous because the foundation of our citizenship is solid. This covenant enables us to share in the blessings and heritage of God our father.

Today, the psalmist exalts us: “Happy the people the Lord has chosen as his own.” In order words, our God has extended his hands to all of us through Christ. Unfortunately, many of us have failed to realize our exalted position as God’s people. This failure has resulted in so many setbacks in our lives. This is why the church today reminds us of our rightful place before God. She encourages us to appreciate and take full advantage of this position.

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The second reading presents Abraham to us as a model of faith. We became God’s adopted children through faith. Thus, we share the same heritage with Christ. Faith is like DNA that identifies people of the same ancestry. It is the proof of our heritage to the same Father. God revealed himself fully in Christ. Hence it is through our faith in Christ that we became God’s people.

In the gospel, Jesus assures us that as God’s people, we have a share in his heritage. This heritage is God’s kingdom. Christ alleged our fears by encouraging us not to be afraid and called us “little flock,” which means my beloved people. He did not stop at this but went further to bring us the good news from our Father: “…For it has pleased your Father to give you the Kingdom.” This is the climax of today’s message.

However, as the people of God, Christ warns us to be watchful. This is a necessary condition for us to obtain this kingdom which is our heritage. Therefore, as God’s people, we must live lives that bear good testimony to our Father.

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This life is a life of watchfulness! Watchfulness here simply means being conscious of who we are. It means cherishing and safeguarding our heritage. The mark of this life is our faith! It is only through it that we can be that: “Happy people that the Lord has chosen as his own.”

Peace be with you all!

Maranatha!

Homilía del Décimo Noveno Domingo del Tiempo Ordinario, Año C

Somos el Pueblo de Dios 
Lecturas: 1ra: Sab 18:6-9; Sal: 32, 1.12.18-22; 2da: Heb 11:1-2.8-19; Gos: Lc 12:35-40

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Era el Canciller de la Diócesis de Fajardo Humacao, Puerto Rico. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo all: 

canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

El concepto del “elegido o pueblo de Dios” es uno que es muy fuerte entre los judíos. Bíblicamente hablando, esto es justo. Sin embargo, la venida de Cristo amplió el alcance de este concepto a todos los bautizados en Cristo. Esto es porque: “El Bautismo nos hace una nueva criatura, hijos adoptados de Dios y partícipes de la naturaleza divina” (CIC 1265). Según el Papa Francisco: “Dios no pertenece a ningún pueblo en particular, porque su misericordia quiere que todos se salven.”

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Por lo tanto, en este décimo noveno domingo, la Iglesia nos recuerda nuestra herencia como el pueblo de Dios. También, nos recuerda nuestra fuerte raíz en Cristo. Como el pueblo de Dios, adoramos a un Dios maravilloso y cariñoso. Por lo tanto, tenemos el ánimo de mirar hacia adelante de un futuro glorioso del reino de nuestro padre.

La primera lectura de hoy señala la calidad de la alianza a través de la cual se estableció la nuestra ciudadanía como el pueblo de Dios. Esta alianza es divina y firme. Por lo tanto, nos amonestó a ser alegres y valientes, porque nuestra ciudadanía está basada en una fundación sólida. Esta alianza nos permite compartir en la herencia de Cristo y las bendiciones de nuestro padre.

Hoy, el salmista nos exalta: “¡Feliz el pueblo que el Señor ha elegido como herencia!” En palabras de orden, nuestro Dios ha extendido sus manos a todos nosotros a través de Cristo. Por desgracia, muchos de nosotros no han podido darse cuenta de nuestra posición exaltada como el pueblo de Dios. Este fracaso ha resultado en tantos problemas en nuestra vida. Por esta razón, hoy la Iglesia nos recuerda nuestro lugar legítimo ante Dios. Ella nos alienta a apreciar y aprovechar al máximo esta posición.

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La segunda lectura nos presenta a Abraham como modelo de la fe. Nos convertimos en hijos adoptivos de Dios a través la fe. Así que, compartimos la misma herencia con Cristo. La fe es como el “DNA” que identifica a las personas de la misma ascendencia. Es la prueba de nuestro patrimonio al mismo padre. Dios se reveló plenamente en Cristo. Por lo tanto, es a través de nuestra fe en Cristo, que nos convertimos en el pueblo de Dios.

En el Evangelio, Jesús nos asegura que como el pueblo de Dios compartimos en su patrimonio. Este patrimonio es su reino. Cristo aleja nuestros temores alentándonos a no tener miedo. Él nos llama: “Pequeño rebaño”, lo que significa, mi amado pueblo. Él no se detuvo en esto, pero fue más allá a traernos la buena nueva de nuestro padre: “…El padre de ustedes ha querido darles el reino.” Este es el punto culminante del mensaje de hoy.

Sin embargo, como el pueblo de Dios, Cristo nos advierte a estar vigilantes. Esto es una condición necesaria para poder obtener este reino que es nuestro patrimonio. Por lo tanto, como el pueblo de Dios, debemos vivir vidas que representa un buen testimonio a nuestros padre y patrimonio.

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Esta vida es una vida de vigilancia. Vigilancia aquí significa simplemente, ser consciente de quienes somos, el pueblo de Dios. Significa, valorar y guardar nuestro patrimonio. La marca de esta vida es nuestra fe. Es sólo a través de eso que podemos ser: “El pueblo feliz escogido por Dios”.

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

Homily For The 18th Sunday Of Ordinary Time, Year C

Let us focus on the realities in Heaven

 Readings: 1st: Sir 1, 2. 2, 21-23; Ps: 89, 3-6.12-14; 2nd: Col 3, 1-5. 9-11; Gos: Lk 12, 13- 21

This brief reflection was written by Fr. Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. He is a Catholic Priest and a member of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans). He is a missionary in Puerto Rico. He is the Parish Priest of Parroquia la Resurrección del Senor, Canóvanas, and the Major Superior of the Congregation of the Holy Spirit (Spiritans), Circumscription of Puerto Rico and the Dominican Republic. He was the chancellor of the Diocese of Fajardo Humacao, Puerto Rico. Fr. Canice is a member of the Academy of Homiletics. For more details and comments contact him atcanice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

On this eighteenth Sunday of ordinary time, the church urges us to remain focused on our quest for heaven. It is a call to live a Christ-centered life. We are encouraged to focus our attention on the heavenly realities more than on the earthly shadows.

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Today we are also reminded that we are in a transitory world. Hence, it is a call to make use of the things of this world prudently without losing our ultimate goal. Only when we make heaven our goal that the full meaning of life would be revealed and realized.

The first reading of this Sunday begins with a warning: “Vanity, vanity, the preacher says vanity…!” It strikes a reality that most of us have neglected. However, one day each one of us will come to terms with it. The Preacher calls us to remember God in all we do. He reminds us that there will be an ultimate end to all created things. He also reminds us that the ultimate goal here on earth is to walk our way straight to heaven.

The second reading hits the nail on its head. Paul succinctly differentiates true life, that is, a life lived in Christ, from a life lived outside Christ. Without mincing words, he reminds us that we must be heaven bound where Christ is everything. Hence, Paul tells us: “Kill everything in you that belongs to only earthly life, fornication, impurity, guilty passion, evil desires, greed, false gods, and never tell each other lies.” This call to “kill everything evil” is simply a call to transform our lives, a call to purity of life, and a call to remain steadfast.

Many Christians have become so attached to the things of this world that we hardly reflect on heaven anymore. This is because it has become an ancient tale told by the ignorant and believed by fools. What Paul advocates for here is a Christ-centered life. That is, a life well lived on earth will qualify us for the heavenly banquet.

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In today’s gospel, Jesus speaks to us as he did to the man from the crowd: “Watch out and be on your guard against avarice of any kind, for a man’s life is not made more secured by what he owns.” The pursuit of wealth and the pleasures of this world have blinded us to the reality that we are pilgrims here on earth. Avarice is one of the seven capital sins. It is a sin that makes one become like the material good that one seeks. It is a hidden enemy of every child of God.  So, we must avoid it because it is dangerously contagious!

Concerning avarice, Thomas Aquinas says: “Temporal goods are subject to man, that he may use them according to his needs, not that he should make them his main purpose, or be overly anxious about them.” The more we place our hopes on things of this world, the more we lose sight of heaven. This is because: “Where a man’s wealth is, there is his soul.”

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Finally, let us fix our eyes and minds on heavenly things, and not only on the vain things of this earth. There is a saying: “Real men and women love Jesus and not riches!” Indeed, real men and women are those, who despite their fame, wealth, achievements, etcetera, love Jesus above all things.

Peace be with you all!

Maranatha!