Homilia del Decimoséptimo Domingo del Tiempo Ordinario, Año A

Busquemos Sabiduría para el Reino de Dios

Lecturas: 1ra: I Re 3: 5. 7-12; Sal: 118; 2da: Rom 8:28-30; Ev: Mt 13:44-52

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico, la isla del encanto. Es el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico; Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas, y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo alcanice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

En este decimoséptimo Domingo, la Iglesia nos recuerda que el mayor de todos los tesoros es el Reino de Dios. En su amor, Dios mismo nos ha elegido, y preparado para nosotros antes de tiempo. Así, la Santa Madre Iglesia nos alienta a orar por la sabiduría como lo hizo Salomón, para permitirnos discernir el verdadero valor, y los misterios del reino de Dios.

La primera lectura de hoy comenzó de una manera muy interesante. Si fueras Salomón, ¿qué pedirías? Me imagino que unos de nosotros pedirían más carro, más casas, zapatos, alimentos, dinero, poder, niños y mucho más. Por el contrario, Salomón pidió sabiduría para el beneficio de su reino y del Reino de Dios. Le rogó a Dios que le diera entendimiento: “Te pido que me concedas sabiduría de corazón, para que sepa gobernar y distinguir entre el bien y el mal. “

Un corazón comprensivo es el don de Dios (Prov. 2:6). Lo necesitamos todos los días, y en todos los aspectos de nuestra vida (familia, trabajo, estudios, y en todas las decisiones de la vida) para triunfar. Así que, el apóstol Santiago nos alienta: “si alguno de ustedes le falta sabiduría, pídela a Dios, que da a todos generosamente, y se te dará a ti (Santiago 1:5).” La sabiduría fue dada a Salomón, porque él la pidió. Sin embargo, Dios espera que nosotros pidamos sabiamente, razonablemente y no egoístamente.

En la segunda lectura, Pablo nos recuerda que: “En todo, Dios trabaja para bien de los que aman a Dios, a los que han sido llamados según su propósito.” Es decir, que Dios nos está guiando a través de las tormentas de la vida hacia nuestro hogar, y hacia su reino. Cuidadosamente, Él ordena todos los eventos de nuestras vidas para llevarnos allí. Esto es lo que llamamos Providencia. Sencillamente, que la poderosa mano de Dios está activa en todas las circunstancias de nuestras vidas.

“Todo” es completamente inclusivo y comprensivo. No tiene calificaciones ni límites. Por lo tanto, ni este versículo ni su contexto permiten restricciones o condiciones. “Todas las cosas” es inclusivo en el sentido más completo posible. Incluye mis problemas actuales, mi corazón pesado, mi pobreza y mi riqueza, mi desempleo y trabajo, mi éxito y m fracaso, mi debilidad y fuerza, así como, mi enfermedad y salud. ¡De hecho, “todo!” ¡Nada está excluido!

Nada existe u ocurre en el cielo o en la tierra sin el conocimiento de Dios. Al decir que: “Todo trabaja para el bien de nosotros”, Pablo nos asegura que no hay discordia en la providencia de Dios. Esto es especialmente, para aquellos que a través de su fe en Jesucristo se han convertido sabiamente en amigos de Dios. También, nos asegura que nada puede funcionar en última instancia contra aquellos a quienes Dios ha elegido y predestinado para su reino. Aquellos que andan fielmente con Él.

El Evangelio de hoy es a continuación del uso de las parábolas de Jesús para enseñarnos sobre el Reino de Dios. Por lo tanto, es un llamado a ser tan sabio como Salomón. Sin sabiduría, no podemos entender las parábolas de Cristo, ni buscar el Reino de Dios. La buena noticia de hoy es también, que es un llamado a valorar lo que es más precioso para nosotros, y por lo que Dios nos ha elegido.

Las parábolas de hoy nos enseñan a preferir el reino de los cielos a este mundo, y a asegurar que nada nos impide entrar en él. A través de estas parábolas, Cristo nos recuerda la excelencia y la belleza de la vida eterna. El reino de Dios es de hecho, un tesoro oculto de los sabios de este mundo. Sólo aquellos que son sabios de acuerdo a la norma de Dios lo buscan, y encontrarlo.

Para encontrarlo, primero debemos valorarlo, y cuando lo encontremos, debemos esconderlo en nuestros corazones. Por lo tanto, pidámosle a Dios que nos concede entendimiento y sabiduría como lo hizo Salomón, para que seamos suficientemente sabios para discernir lo que es bueno para nosotros, y para que el reino de Dios sea nuestra prioridad.

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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