Homilía De La Ascensión Del Señor (7mo Domingo), Año B

¡Miren, Nuestro Señor Asciende Con Gritos De Júbilo

Lectura: (1ra: Hecho 1, 1-11; Sal 46, 2-9; 2da Ef 4 1-13; Ev: Mc 16, 15-20)

Esta breve reflexión fue escrita por el Reverendo Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. Él es un sacerdote católico y un miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espirítanos). Él está trabajando con el Grupo Internacional Espirítano De Puerto Rico y República Dominicana. Él es el administrador de la Parroquia La Resurrección del Señor, Canóvanas y el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo encanice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

Hoy celebramos la ascensión de Cristo al cielo. Ha completado su misión por cumplir la voluntad de su padre. Así que, como un buen hijo, ha regresado para rendir una buena cuenta de su trabajo a su padre.

Como discípulos de Cristo, nos alegramos porque celebramos la victoria final de Jesús sobre Satanás y este mundo. Esto es una señal de esperanza de que nosotros también venceremos todas las fuerzas de la enfermedad, la pobreza, la humillación, la injusticia y las opresiones que tratan de incomodarnos en este mundo.

Esto es cierto porque el mismo Espíritu Santo que resucitó y ascendió a Cristo está en, y con nosotros (Rom 8, 11). Así que, la ascensión nos recuerda que estamos en un viaje y que, en lugar de este mundo, el cielo es nuestro destino final.

En nuestra primera lectura, Lucas nos da un breve resumen de la vida de Jesús hasta el punto de su ascensión dramática al cielo. Hay dos mensajes de esperanza para nosotros aquí. La primera es la promesa del Espiritu Santo: “… Recibirán el Espíritu Santo… y serán mis testigos hasta los confines de la tierra. “

Esto significa que Cristo no nos deja como huérfanos. En cambio, él permanece con nosotros a través del Espíritu Santo “hasta el fin de los tiempos”. Por lo tanto, la ascensión de Cristo no significa su ausencia a nosotros. Más bien, significa su presencia continua a través del Espíritu Santo.

La segunda es la promesa de su segunda venida (parusía). Así que, hoy celebramos porque Cristo ha ido a preparar un lugar para nosotros en su reino. También celebramos la esperanza de que algún día regresará para llevarnos a estar eternamente con él.

Sin embargo, es importante notar que, mientras que esperamos y preparamos para el regreso, de Cristo no se supone que permanezcamos ociosos. Es decir, que seguimos mirando sin cesar como los apóstoles en la escena de la ascensión. En cambio, se espera que vivamos una vida productiva. Se espera que continuemos la misión a la que Cristo nos ha llamado.

Tanto la segunda lectura y el Evangelio nos recuerdan nuestra vocación misionera. Así que, mientras que esperamos el regreso de Cristo, tenemos que hacer esfuerzos para cumplir esta llamada de vivir apropiadamente. Por lo tanto, Pablo nos amonesta: “Llevan una vida digna del llamamiento que han recibido. Sean siempre humildes y amables y sopórtense mutuamente…esfuércense en mantenerse unidos en el espíritu con el vínculo de la paz.”

Hermanos, esto es lo que se supone que debemos hacer, en lugar de permanecer ociosos en el nombre de esperar al Señor. El Señor no debe encontrarnos ociosos. Debemos tener suficientes almas para presentarle cuando regrese. Así que, en lugar de seguir mirando sin cesar, debemos abrazar nuestro llamamiento con un nuevo celo y una nueva esperanza.

El Evangelio de hoy nos recuerda el mandato de nuestro llamamiento cristiano: “Vayan por todo mundo y prediquen el evangelio a toda creatura” Cristo mismo evangelizó a través de sus palabras, obras, sufrimientos y ofrenda completa de sí mismo. Ahora nos llama a hacer lo mismo, porque el mismo espíritu que lo sostuvo y resucitó, está con nosotros.

Seguramente, no podemos fallarle a Cristo en esta llamada. Por lo tanto, como nos alegramos hoy que Cristo ha ascendido al cielo, en la esperanza de su segunda venida para llevarnos con él, debemos trabajar duro para cumplir su mandato a nosotros. Esto es lo que nos merecerá estar eternamente con él.

Finalmente, junto con el salmista, aclamemos al Señor: “Entre voces de júbilo, dios asciende a su trono.” Alleluia.

 ¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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