Homilía Del Decimoséptimo Domingo Del Tiempo Ordinario, Año B

Cristo Sigue Alimentando A Su Pueblo

Lecturas: 1ra: 2Re 4, 42-44; Sal 144; 2da Ef 4, 1-6; Ev: Jn 6, 1-15

Esta breve reflexión fue escrita por el Reverendo Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. Él es un sacerdote católico y un miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espirítanos). Él está trabajando con el Grupo Internacional Espirítano De Puerto Rico y República Dominicana. Él es el administrador de la Parroquia La Resurrección del Señor, Canóvanas y el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo en: canice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

Hoy el decimoséptimo Domingo del tiempo ordinario, celebramos a Cristo el nuevo Eliseo que alimenta, y nos une en sí mismo. Nuestra primera lectura y el Evangelio son similares. Ambos narran los milagros de la multiplicación del pan motivados por la compasión y la generosidad.

En nuestra primera lectura, Eliseo recibió un regalo. Sin embargo, al ver que la gente estaba hambrienta y movida por la compasión, él generosamente se las ofreció. A través de él, Dios milagrosamente multiplicó la comida. Así, cumpliendo su profecía: “comerán y sobrará”.

En la segunda lectura, Pablo nos recuerda las virtudes que necesitamos para vivir y sobrevivir juntos como un cuerpo de Cristo. Es decir, una comunidad y una familia unida por una fe, un bautismo y un espíritu. Estas virtudes incluyen: “caridad, generosidad, mansedumbre, y paciencia hacia el otro”.

En el evangelio, movido por la compasión por su rebaño, Jesús, “el nuevo Eliseo”, repitió el milagro de Eliseo. Alimentó a más de cinco mil personas con sólo cinco panes y dos peces. Él era sensible a su situación y necesidad. Cristo se preocupa por nuestras necesidades físicas y espirituales. Él nos alimenta con su palabra, y la Sagrada Eucaristía.

Hay muchas lecciones importantes que podemos aprender de las lecturas de hoy y especialmente de los milagros. La primera es de la compasión y la generosidad de Eliseo y de Jesús por sus rebaños. La compasión los movió alimentar generosamente a su pueblo. La compasión es la base de la empatía y la simpatía. Lo necesitamos para entender lo que significa tener hambre y sed, estar enfermo, sin hogar, y desempleado. De hecho, la necesitamos para ser humanos.

La segunda lección es que Dios puede transformar algo pequeño en algo grande. Por lo tanto, no debemos dudar de Dios como lo hicieron los discípulos. Esto es por qué nuestro Dios es un Dios de imposibilidades. Como Cristo nos dice: “Con Dios todas las cosas son posibles” (Mt 19:26), y Pablo afirma: “Puedo hacer todas las cosas a través de Cristo que me fortalece” (Phil 4:13).

La tercera lección es la generosidad del muchacho. Es un héroe en el milagro de Jesús. Generosamente ofreció lo que tenía y su generosidad se convirtió en la motivación de un gran milagro para su comunidad. De dos peces y cinco panes la comunidad fue bendecida con más doce canastas de comida. Esto demuestra que a veces, Dios trabaja con lo que tenemos.

Ser compasivo es ser como Cristo. Ser generoso es cooperar con Cristo en su ministerio. Cristo buscó la cooperación de sus discípulos y de su comunidad, y el muchacho cooperó con lo que él tenía. Manifestó un espíritu fraterno y por eso, cambió el destino de su comunidad.

¿Cómo respondemos a las necesidades de nuestra comunidad en tiempos de necesidad? Los bienes que tenemos, nuestros talentos, tiempo, conocimiento, experiencia, incluyendo nuestra fe son valores que debemos poner al servicio de a los demás.

Una actitud generosa y compasiva hacia a los demás puede enriquecer la vida de muchos, así como nuestra propia vida. Cuando la compasión y la generosidad se abrazan, grandes milagros suceden para una comunidad unida por una fe, un espíritu y un bautismo.

Finalmente, a través de su generosidad y compasión, Cristo continúa obrando milagros entre nosotros. Él nos sigue alimentando y nutriendo físicamente y espiritualmente en cada celebración eucarística. Así que, con el salmista alabemos a Cristo: “Abres tu mano, oh Señor, y nos colmas con tus bienes.”

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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