Homilía Del Cuarto Domingo Del Tiempo Ordinario, Año C

Respondiendo A La llamada De Dios Con Amor

Lecturas: 1ra: Jer 1, 4-5. 17-19; Sal: 70; 2da: I Co 12, 31-13, 13; Ev: Lc 2, 21-30

Esta breve reflexión fue escrita por el Reverendo Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. Él es un sacerdote católico y un miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espirítanos). Él está trabajando con el Grupo Internacional Espirítano De Puerto Rico y República Dominicana. Él es el administrador de la Parroquia La Resurrección del Señor, Canóvanas y el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo en: canice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

En este cuarto domingo del tiempo ordinario, la Iglesia nos recuerda el privilegio que tenemos de participar en la misión de Dios en virtud de nuestro bautismo en Cristo. Así, a pesar de todas las dificultades asociadas con esta llamada, el amor por Dios y la humanidad debe sostenernos en esta misión.

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La primera lectura de hoy es principalmente un llamamiento a la acción y a proclamar la buena nueva a todas las naciones. Esta llamada es un privilegio. Es también, un mandamiento que debemos obedecer: “Levántate y diles todo lo que te mando”. La buena noticia es que, Dios mismo está con nosotros en esta misión: ” Te harán la guerra, pero no podrán contigo, porque yo estoy a tu lado para salvarte”.

Estos simplemente demuestran que la llamada a este ministerio profético no es nuestra iniciativa. Más bien, es principalmente la iniciativa de Dios. Sólo nos ponemos a disposición, mientras que Dios proporciona la fuerza y la protección. Él es el dueño del mensaje, así como toda la misión.

Es importante notar que Dios no nos llamó por accidente. Más bien, nuestra llamada fue una acción deliberada de Dios que nos conoce personalmente. Por lo tanto, él nos llama por nuestros nombres personales y nos recuerda: “Desde antes de formarte en el seno materno, te conozco; desde antes de que nacieras, te consagré como profeta para las naciones. Cíñete y prepárate”. Por lo tanto, no somos extrangeros a Dios.

En nuestra segunda lectura de hoy, Pablo nos recuerda que el “ímpetus agitat” (motivación) para esta misión profética debe ser las siguientes virtudes cardinales: la fe, la esperanza y el amor. La fe en Dios nos sostiene en nuestro ministerio profético a pesar de los obstáculos que encontremos. La esperanza nos motiva a permanecer enfocados, y a creer que nuestros esfuerzos no serán en vano.

San Agustín de Hippo dijo: “Ama y haz lo que quieras”. Esto simplemente significa que el amor es la mayor y más importante de estas virtudes. Si el amor no es el fundamento de nuestra misión, nuestros esfuerzos podrían ser en vano. Un profeta que carece de amor por Dios, la buena nueva y por el pueblo de Dios fracasará. Un cristiano que vive estas virtudes tendrá éxito en la misión de Dios.

En el Evangelio de hoy, a través de sus amables palabras, Cristo demostró su amor por su pueblo. Por lo tanto: “Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios”. Sin estas palabras sabias motivadas por el amor para la salvación de su pueblo, todos sus esfuerzos habrían sido en vano.

El Evangelio de hoy también nos recuerda que la vida no es siempre fácil para un verdadero profeta, misionero o cristiano en general. Se enfrenta oposiciones, persecuciones, rechazo, e incluso amenazas a su vida. A pesar de todo esto, Cristo no cedió. En cambio, continuó apreciar la llamada de Dios.

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Con Cristo como nuestro modelo, debemos seguir amando al pueblo de Dios, y permaneciendo fieles a Dios que nos llamó. Como los llamados a ser profetas y misioneros, debemos estar comprometidos con la buena nueva y evitar las distracciones de este mundo. Además, las dificultades no deben impedirnos de cumplir la misión de Dios.

Siempre debemos recordar que nuestra llamada es un privilegio para servir al pueblo de Dios. Es decir, proclamar la buena nueva a través de las palabras, y de nuestras acciones entre su pueblo. Por lo tanto, es importante saber que un misionero sin compromiso a la buena nueva, la oración y al pueblo de Dios, es simplemente un turista.

Por lo tanto, con el salmista, renovemos nuestro compromiso a Dios proclamando: Yo proclamaré siempre tu justicia y a todas horas, tu misericordia. Me enseñaste a alabarte desde mi juventud y seguir alabándote es mi orgullo.

¡La paz sea con ustedes!  

¡Maranatha!

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