Viernes, VI Semana de Pascua, Año A

¡Pero su tristeza se transformará en alegría!

Lectura: 1ra: Hechos 18:9-18; Sal: 48; Ev: Jn 16:20-23

Esta breve reflexión fue escrita por el Reverendo Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. Él es un sacerdote católico y un miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espirítanos). Él está trabajando con el Grupo Internacional Espirítano De Puerto Rico y República Dominicana. Él es el administrador de la Parroquia La Resurrección del Señor, Canóvanas y el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo encanice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

Este viernes de la sexta semana de Pascua, el Evangelio se toma de la parte llamada, “el libro de consuelo”. Durante estos días entre la Ascensión y Pentecostés, leeremos de este libro (capítulos 16 a 21).

Hoy, Cristo hace una hermosa comparación con el dolor del parto. Toda mujer que ha dado a luz a un bebe, conoce esta verdad. Una vez que una madre da a luz a su bebé, su dolor y angustia se transforman en alegría.

A través de este acontecimiento cotidiano en nuestra sociedad, Cristo nos recuerda que nuestro dolor puede convertirse en alegría. Por lo tanto, nos animó a ser pacientes en cada momento de la vida. Especialmente, durante los momentos en que debemos esperar a que algo suceda.

Cristo no habla de una espera vacía o sin sentido. Más bien, habla de una espera que nos ofrece la oportunidad de crecer en confianza, y de profundizar nuestra relación con Dios. Es una espera sostenida por una fe fuerte.

Así que, después de un período fiel de espera, lleno de sufrimientos y dolores, Cristo nos da esta seguridad: Llorarán y se entristecerán, mientras el mundo se alegrará. Estarán tristes, pero su tristeza se transformará en alegría.

Por supuesto, la alegría siempre llega a la última. Es la corona de ser fiel. Es la guinda del pastel de cada cristiano fiel. Es un don precioso, porque nos lleva a la vida eterna, donde no habrá más dolor ni llanto (Ap 21:4).

Esta es la certeza que debe darnos el valor de marchar. Especialmente, en este momento que la mayoría de nosotros parece cansada. “Ahora ustedes están tristes, pero yo los volveré a ver, se alegrará su corazón y nadie podrá quitarles su alegría.”

Sí, es la verdad porque es un regalo personal para tu resistencia y fidelidad. Así que, oremos, para que Dios nos mantenga fieles, hasta que veamos al Señor de nuevo en su gloria y esplendor. Alleluia, Alleluia!

La paz sea con ustedes

¡Maranatha!

 

 

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