Miércoles, XI Semana de Tiempo Ordinario, Año A

Marcas de espiritualidad genuina

Lecturas: 1ra: 2 Reyes 2:1. 6-14; Sal: 30; Ev: Mt 6:1-6. 16-18

Esta breve reflexión fue escrita por el Reverendo Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y un miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espirítanos). Está trabajando con el Grupo Espirítano de Puerto Rico y República Dominicana. Es el administrador de la Parroquia La Resurrección del Señor, Canóvanas y el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo encanice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

Este miércoles de la undécima semana del tiempo ordinario, Cristo exhorta en la auténtica espiritualidad cristiana y la religión genuina.

Hoy, Cristo nos recuerda los tres aspectos muy importantes de nuestra vida y práctica cristiana: la limosna, la oración y el ayuno. Nos enseña la actitud correcta para practicarlos.

La primera es: “Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres para que los vean. De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial.”

Aquí, aunque reconoce que ayudar a los pobres es un acto noble, Cristo insiste en que la dignidad del pobre receptor debe ser preservada.

También, en la oración, uno debe acercarse a Dios con una actitud y reverencia correcta. La humildad es muy importante en la oración. Por lo tanto, uno debe saber que está en la presencia de Dios, que se resiste a los orgullosos.

En la oración, ya sea vocal o silenciosa, la intención y el acompañamiento importan mucho. Incluso si uno debe orar en un lugar público por una buena razón, uno debe evitar convertirlo en un “espectáculo público.”

El tercer precepto que Cristo nos enseña hoy es acerca del ayuno. Primero, el ayuno debe ser visto como una práctica voluntaria que nos ayuda a tener la actitud correcta hacia la oración.

Así que, a la luz de esto, Cristo nos recuerda que debemos practicarlo con un corazón alegre, sin irritar a nadie o a los que nos rodean, ni siquiera, hacer una demostración pública de ello.

Por lo tanto, pidamos a Dios que nos ayude a poner todo lo que Cristo nos está enseñando en práctica, para que podamos vivir una auténtica vida y espiritualidad cristiana.

La paz sea con ustedes

¡Maranatha!

 

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