Martes, XIII Semana de Tiempo Ordinario, Año A

Señor, ¡sálvanos, que perecemos!

Lecturas: 1ra: Am 3:1-8; 4:11-12; Sal: 60; Ev: Mt 8:23-27

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico, la isla del encanto. Es el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico; Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas, y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo al: canice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

Hoy es el martes de la 13ra semana de tiempo ordinario. Hoy, Mateo nos presenta otro milagro de Cristo después de su sermón en el monte.

Aquellos de nosotros que vivimos en ambientes inestables con amenazas constantes de corrimientos de tierras, terremotos y huracanes sabemos lo que significa vivir en incertidumbre constante.

En el caso de los huracanes, los meses entre junio y octubre es un período de incertidumbre con nuestras mochilas empacadas y listas en todo momento. En el caso de terremotos, es un año completo de vigilancia.

No importa cuántas veces uno haya experimentado o sobrevivido a cualquiera de estos, no se puede decir: “Ahora estoy acostumbrado a ellos”. Lo único que uno puede estar acostumbrado es, el poder de su destrucción a cualquier cosa que se cruce su camino.

En el contexto bíblico e interpretación, la tormenta se utiliza figurativamente para describir o representar el miedo, la incertidumbre e incluso, el obstáculo en la vida o el camino de uno.

Así que, en el Evangelio de hoy, los discípulos de Cristo siendo “hombres del mar” y los pescadores profesionales sabían lo que significa encontrarse con una tormenta en su camino.

Una vez que lo vieron venir, supieron que había un peligro inminente y una amenaza a su vida. Sin embargo, se dieron cuenta de que estaban con el Señor, y rápidamente le llamaron: “¡Señor, sálvanos! ¡que perecemos!”

Sabían que estaban con alguien más grande que la tormenta. Al pedir ayuda a Cristo, demostraron su fe en él, y nunca les defraudó.

Como los discípulos de Cristo, en el curso de nuestra vida y nuestro camino diario, constantemente encontramos diferentes “tormentas”, obstáculos que hacen temblar nuestro corazón.

Sin embargo, no importa la situación, como los discípulos de Cristo, no debemos olvidar que no estamos solos en nuestro camino. En esos momentos no debemos olvidar esta promesa de Cristo: “Estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos. (Mt 28:20).

Esos momentos son oportunidades para demostrar nuestra fe a través de nuestra acción. Es el momento de invocar al Señor en oración, porque: “Todo que (sinceramente) invoca el nombre del Señor será salvo” (Rom 10:13).

La paz sea con ustedes

¡Maranatha!

 

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