Miércoles, XV Semana de Tiempo Ordinario, Año A

¡San Buenaventura, ruega por nosotros!

Lecturas: 1ra: Is 10:5-7.13-16; Sal: 93; Ev: Mt 11: 25-27

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico, la isla del encanto. Es el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico; Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas, y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo al: canice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

Hoy, el miércoles de la decimoquinta semana de tiempo ordinario, la iglesia honra a San Buenaventura, obispo y doctor de la iglesia.

San Buenaventura nació en Italia en 1221. De joven se unió a la orden franciscana, y estudió en París, donde obtuvo su doctorado en teología. En 1253, se convirtió en el maestro de la escuela franciscana de París.

Bonaventure significa, buena suerte o buena fortuna. De hecho, trajo buena fortuna a la iglesia. A través de sus muchos escritos teológicos, enseñó doctrinas sólidas y defendió la fe cristiana.

Además de su excelencia intelectual y académica, fue un hombre de excelente espiritualidad. Era un hombre de Dios muy piadoso, “pobre” y humilde. En realidad, estas cualidades hicieron sus obras teológicas más auténticas.

Como un verdadero soldado de Cristo, en 1272 Bonaventure murió en servicio activo mientras participaba en el Concilio de Lyon. Fue canonizado en 1482, y en 1557 fue declarado doctor de la Iglesia.

En el evangelio de hoy, Jesús agradeció al Padre por revelar sus misterios a los más pequeños y ocultarlos de los sabios.

Cristo estaba hablando a una multitud humilde de sus seguidores que venía a escuchar sus sermones. Vio su sincera sed por la verdadera sabiduría.

Esto contrastaba con la actitud de los fariseos y de los escribas. Eran los maestros de la ley para quienes el mensaje de Cristo no significaba nada. Se consideraban sabios por su propio estándar.

Desafortunadamente, cuando apareció el mesías, no pudieron reconocerlo. Así que, en lugar de demostrar su sabiduría, su orgullo traicionó su ignorancia.

Así que, los más pequeños son aquellos que se humillan ante Dios, aquellos que continúan buscando y haciendo esfuerzos diarios para conocerlo más.

Cuando humildemente escuchamos y meditamos la palabra de Dios, Dios se revela a nosotros más allá de nuestra propia imaginación. Este conocimiento de Dios es lo que nos hace sabios.

Este conocimiento transforma y moldea nuestras vidas, tanto intelectual como espiritualmente. También, moldea nuestra relación con Dios, con otros y con todo nuestro mundo.

Oremos para que, por la intercesión de san Buenaventura, podamos llegar humildemente al verdadero conocimiento de Dios.

¡San Buenaventura, ruega por nosotros!

La paz sea con ustedes.

¡Maranatha!     

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