Viernes XVII Semana de Tiempo Ordinario, Año A

San Ignacio de Loyola, Ruega por Nosotros

Lecturas: 1ra: Jer 26:1-9; Sal: 68; Ev: Mt 13:54-58

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico, la isla del encanto. Es el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico; Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas, y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo alcanice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

Hoy, el viernes de la decimoséptima semana del tiempo ordinario, la Iglesia honra a San Ignacio de Loyola, Sacerdote.

Ignatius nació en España en 1491. Como joven, fue capitán del ejército hasta que sufrió una fractura grave en la pierna izquierda en 1521.

Como Pablo nos recuerda que, “todo contribuye para el bien de los que aman a Dios, que son llamados según su propósito” (Ro 8:28), esta desgracia inició una nueva fase de vida, y un nuevo camino de fe para Ignacio de Loyola.

Se aprovechó la oportunidad que Dios le presentó, recibió su milagro, entregó su vida a Cristo como sacerdote, y se convirtió en uno de los más grandes teólogos de la Iglesia.

Ignacio fue el fundador de la Sociedad de Jesús, popularmente conocido como Jesuitas. Así que, una de sus mayores contribuciones y regalos a la Iglesia es la multitud de sacerdotes y religiosos que ha coronado su esfuerzo.

Después de mucho trabajo y servicio a Dios y a la humanidad, Ignacio murió en Roma el 31 de julio de 1556, y fue canonizado el 12 de marzo de 1622.

En el evangelio de hoy, Cristo hizo una declaración muy importante: “Un profeta no es despreciado más que en su patria y en su casa.” De hecho, se dice que “la familiaridad trae desprecio”. En la vida cotidiana, vemos que esto sucede, como le sucedió a Cristo entre su propio pueblo.

El rechazo duele mucho. Esto es especialmente, cuando proviene de la propia gente de uno (Jn 1:11). Sin embargo, el que pierde más es el que rechaza ignorantemente, o no aprecia lo que tiene.

Hay otras razones por las que, como los parientes de Jesús, no apreciamos, ni honramos a nuestros propios hermanos, celos y orgullo. Estas también están incrustadas en las preguntas de los parientes de Cristo.

Por lo tanto, el evangelio de hoy nos recuerda que debemos evitar los celos, el orgullo y aprender a apreciar lo que tenemos. Significa que, debemos dar honor a quien se debe, no importa cuán familiar que estemos con la persona. Esto nos ayudará, y a nuestra comunidad a prosperar y crecer.

Finalmente, la fe es el fundamento de cualquier milagro. Sin ella, nada funcionará para nosotros. Cristo no podía hacer mucho por su pueblo debido a su incredulidad. Cuanto más nos falta fe tanto en nosotros mismos como en Dios, más disminuimos la posibilidad de nuestro propio milagro y progreso en la vida.

San Ignacio de Loyola, Ruega por Nosotros.

La paz sea con ustedes

¡Maranatha!

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