Sábado, XVII Semana de Tiempo Ordinario, Año A

San Alfonso María de Ligorio, Ruega por Nosotros

Lecturas: 1ra: Jer 26:1-9; Sal: 68; Ev: Mt 13:54-58

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico, la isla del encanto. Es el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico; Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas, y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo al: canice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com

Hoy, el sábado de la decimoséptima semana del tiempo ordinario, la Iglesia honra a san Alfonso Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia.

Alfonso Ligorio nació en 1696. Se convirtió en doctor en derecho canónico y civil a la edad de dieciséis años. Practicó durante algunos años, antes de entregarse al servicio de Cristo y la humanidad como sacerdote.

Fue nombrado obispo de Sant’ Ágata Dei en 1762, donde corrigió abusos, restauró iglesias, reformó seminarios y promovió misiones. Alfonso fue el fundador de la Congregación del Santísimo Redentor, bien conocida como Redentoristas. Era un hombre de excelente morales y espiritualidad.

Murió de una dolorosa enfermedad el 1 de agosto de 1787. En 1839 fue canonizado, y más tarde declarado Doctor de la Iglesia en 1871.

El Evangelio de hoy narra los acontecimientos que condujeron al asesinato de Juan el Bautista, el profeta de los profetas. Una vez, pregunté a mis feligreses qué hizo Herodía con la cabeza de Juan después de recibirla. Una solo persona la intentó de esta manera: “Cavó un agujero y la enterró.” Su conjetura podría ser tan buena como la de cualquiera de nosotros.

La verdad es que aparte de satisfacer su mal ego y ventilar su ira, su éxito, así como su último “trofeo” no valían la pena. Esto es porque, ni siquiera le compró la paz que buscaba.

Juan el Bautista fue víctima de la corrupción y la arrogancia de un gobierno malvado. No tenía miedo de hablar cuando vio la corrupción en la tierra. Así que murió por lo que predicó, por lo que es justo y verdadero.

Su vida sigue desafiando a todos nosotros, que hemos sido llamados a ser la luz de nuestra sociedad. Por desgracia, a veces debido a nuestro instinto excesivo de autopreservación tenemos demasiado miedo de enfrentar el mal.

De hecho, Juan dio testimonio tanto con sus palabras como con su vida. Lo dio todo por su misión, y cumplió esas benditas palabras de Cristo: “Quien pierda su vida por mí causa la encontrará” (Mt 16:25).

Así que oremos para que, por la intercesión de Alfonso, el santo patrón de los teólogos morales, podamos estar siempre firmes por lo que es verdadero, noble, correcto, puro, hermoso, admirable, excelente o digno de alabanza” (Flp 4:8).

San Alfonso María de Ligorio, Ruega por Nosotros

La paz sea con ustedes

¡Maranatha!

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