Lunes de la XVIII semana del Tiempo Ordinario, Año A

Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste

 Lecturas: 1ra: Jer 28:1-17; Sal: 118; Ev: Mt 14:22-36

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico, la isla del encanto. Es el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico; Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas, y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo alcanice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com

Hoy, el lunes de la decimoctava semana del tiempo ordinario, Mateo nos presenta un dramático encuentro de fe entre Cristo y sus discípulos.

A veces en la vida, uno puede sentirse tan frustrado por las dificultades hasta el punto de que uno ser demasiado temeroso de avanzar en la vida. Tal estado podría afectar el proceso mental, y la percepción de la vida de uno.

Tal fue el caso de los pobres discípulos de Cristo en el evangelio de hoy representado por Pedro. Mientras todavía luchaba con una tormenta peligrosa que amenazaba su vida, Cristo vino a su rescate caminando en el mar.

Ya paralizado por el miedo de la tormenta, Peter tomó a Cristo por un fantasma. Obviamente, la sal fue añadida a su herida. Por supuesto, su miedo era justificable. No es normal para un ser humano andar por el mar sin el hundirse.

El resto de este episodio es muy interesante. Cristo le aseguró a Pedro: “Tranquilícense y no teman. Soy yo.” Pedro le hizo una petición urgente: Si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”.

Cristo lo invitó: “¡Ven!” Pedro se metió en el agua, dio unos pasos, y comenzó a hundirse. Esto fue a pesar de la seguridad que Cristo le dio. Por supuesto, Cristo lo rescató.

A veces en la vida, empezamos bien como Pedro. Sin embargo, cuando nos volvemos conscientes de nuestro pasado o de nuestra situación sucumbimos al miedo. Olvidamos que el Señor está con nosotros en nuestro viaje.

La lectura de hoy tiene una lección muy importante para nosotros. Nos presenta una imagen típica de nuestro camino de fe. Nos recuerda que, paralizado por el miedo, uno no puede progresar en la vida.

Sin embargo, siempre hay un antídoto muy poderoso para el miedo. Se llama, fe. Este antídoto se manifiesta a través del valor en la presencia del Señor.

¿Por qué se ha ido mi valentía? ¿Por qué estoy hundiendo? ¿De qué cosa tengo miedo? El salmista nos dice: “Este pobre hombre llamó, y el Señor le oyó; él lo salvó de todos sus problemas” (Sal 34: 6).

Así que, como Pedro, gritemos: “Señor ayúdame”, porque “todos los que invocan el nombre del Señor serán salvos (Ro 10:13), y su fe restaurada.

La paz sea con ustedes

¡Maranatha!

 

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