Miércoles de la XXI Semana del Tiempo Ordinario, Año A

¡Ay de Ustedes, hipócritas! (2)

Lecturas: 1ra: 2 Tes 3:6-10. 16-18; Sal: 128; Ev: Mt 23:27-32

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico, la isla del encanto. Es el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico; Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas, y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo alcanice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

Hoy es el miércoles de la vigésima primera semana de tiempo ordinario. El evangelio de hoy es una continuación, y la conclusión de ayer en lo que, Cristo mostró gran desagrado contra el estilo de vida de las autoridades judías.

Las maldiciones que Cristo pronunció contra las autoridades de su tiempo, siguen fortaleciendo el tema de ayer:

“¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque son semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre!”

Cristo sigue criticando la falta de coherencia entre sus palabras y sus acciones, entre su vida interior y su vida exterior.

Por lo tanto, la imagen del “sepulcro balaqueado” habla por sí misma. Jesús condena a aquellos que se visten con una física apariencia ficticia, pero son totalmente diferentes interiormente.

Hay algunas lecciones para nosotros en el evangelio de hoy. Primero, en lugar de permanecer callados mientras crece la injusticia y la falsedad, debemos hablar. Esto es una parte integral de nuestro ministerio profético a nuestra sociedad y al mundo.

Segundo, Cristo nos recuerda que no basta observar las letras de la Ley. Más bien, debemos hacer un esfuerzo sincero para permitir que la ley nos transforme interiormente.

Por lo tanto, Pablo nos amonesta: “Sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta” (Ro 12:2).

Una vida que agrada a Dios es aquella, que se vive en el Espíritu, con una adecuada y correspondiente manifestación física. No debemos vivir una vida falsa o doble. Esto es porque, afecta a otros negativamente, y nos destruye.

Así que, nuestras acciones deben coincidir con nuestras palabras, y reflejar quiénes somos verdaderamente, y quien representamos.

La paz sea con ustedes.

¡Maranatha!

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