Miércoles, XXVIII Semana del Tiempo Ordinario, Año A

¡Ah, ustedes Fariseos! (2)

Lecturas: 1ra: Gal 5:18-25; Sal: 1; Ev: Lc11:42-46

Esta breve reflexión fue escrita por el Reverendo Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y un miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espirítanos). Está trabajando con el Grupo Espirítano de Puerto Rico y República Dominicana. Es el administrador de la Parroquia La Resurrección del Señor, Canóvanas y el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo encanice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

Hoy es el miércoles de la vigésima octava semana de tiempo ordinario. El evangelio de hoy es una continuación, y la conclusión de ayer en lo que, Cristo mostró gran desagrado contra el estilo de vida de las autoridades judías.

Las maldiciones que Cristo pronunció contra las autoridades de su tiempo, siguen fortaleciendo el tema de ayer:

“¡Ay de ustedes fariseo! ¡Ay de ustedes también, doctores de la ley, porque abruman a la gente con cargas insoportables, pero ustedes no las tocan ni con la punta del dedo!

Cristo sigue criticando la falta de coherencia entre sus palabras y sus acciones, entre su vida interior y su vida exterior.

Por lo tanto, la imagen del “sepulcro balaqueado” habla por sí misma. Jesús condena a aquellos que se visten con una física apariencia ficticia, pero son totalmente diferentes interiormente.

Hay algunas lecciones para nosotros en el evangelio de hoy. Primero, en lugar de permanecer callados mientras crece la injusticia y la falsedad, debemos hablar. Esto es una parte integral de nuestro ministerio profético a nuestra sociedad y al mundo.

Segundo, Cristo nos recuerda que no basta observar las letras de la Ley. Más bien, debemos hacer un esfuerzo sincero para permitir que la ley nos transforme interiormente.

Por lo tanto, Pablo nos amonesta: “Sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta” (Ro 12:2).

Una vida que agrada a Dios es aquella, que se vive en el Espíritu, con una adecuada y correspondiente manifestación física. No debemos vivir una vida falsa o doble. Esto es porque, afecta a otros negativamente, y nos destruye.

Así que, nuestras acciones deben coincidir con nuestras palabras, y reflejar quiénes somos verdaderamente, y quien representamos.

La paz sea con ustedes.

¡Maranatha!

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