Homilía del Sexto Domingo de Pascua, Año B

El amor y la salvación universal de Dios para todos

Lecturas: 1ra: Hecho10, 25-26. 34-48; Sal 97, 1-4; 2da1Jn 4, 7-10; Ev: Jn 15, 9-17

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo al canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

En este sexto domingo de Pascua celebramos a nuestro Señor cuyo amor es universal. Él no tiene favorito. Más bien, él libremente comunica su amor y espíritu a todos los que lo aceptan. La plenitud de este amor se expresa en Jesucristo, y a través del Espíritu Santo.

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Nuestra primera lectura es un relato de la conversión de Cornelio y su familia, y cómo recibieron el Espíritu Santo. Como lo describió a Pedro, esto demuestra que, “Dios no tiene ningún favorito”. En otras palabras, la salvación y el amor de Dios es universal. Él quiere que todos que sinceramente creen en él, sean salvados y participen en él, a través del Espíritu Santo.

Mientras reflexionaba sobre las lecturas de este domingo recordé el cantico que dice, “el amor de Jesús es tan maravilloso, tan alto que no puedo estar más alto de ello, tan bajo que no puedo estar abajo de ello, tan ancho que no puedo estar afuera de ello.” En pocas palabras, el amor de Dios no discrimina y no tiene comparación.

Tanto la segunda lectura, como el Evangelio de hoy según Juan nos recuerdan tanto amo que Cristo nos tiene. Nos exaltan a permanecer en este amor, y por supuesto amarnos unos a otros como Cristo nos amó. Siendo creados a la imagen de Dios, debemos disfrutar este amor. Cuando amamos, estamos verdaderamente siendo y actuando como Dios. Cuando amamos sinceramente, testificamos que el espíritu de Dios vive en nosotros.

El Evangelio de hoy es un mandato a amar: “les ordeno, aman unos a otros”. Como es un mandato, significa que no tenemos ninguna opción que amarnos unos a otros. La razón es sencilla. Nosotros mismos, somos productos de amor. Este amor fluye de Dios a Cristo, y de Cristo a nosotros.

También, fluye de Dios a nuestros padres y, de nuestros padres a nosotros. Es por eso, que Cristo nos dice hoy, “como el Padre me ha amado, yo también los he amado”. Por lo tanto, no tenemos ninguna razón de no extenderlo, a los demás. Debemos continuar la cadena.

El amor que estamos hablando aquí va más allá de la mera emoción o sentimientos. Es un “amor sacrificial”. La emoción y los fuertes sentimientos pueden acompañarlo, pero no son en sí mismos amor. Son simplemente modos de expresar amor.

Es el compromiso de la voluntad que mantiene el amor sacrificial firme e inmutable. Es la voluntad de soportar o perseverar. Esta es la marca de un buen, y verdadero amor cristiano. Por lo tanto, el amor sacrificial debe ser paciente. Se demuestra tolerancia, incluso bajo provocación. Es firme a pesar de la oposición y dificultades.

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El amor sacrificial es simpático, considerado, gentil y bondadoso. Este amor no es celoso. Se funciona por el bien del otro. Este amor no es arrogante, incluso cuando pensamos que tenemos razón y otros están equivocados. El amor sacrificial no es egoísta. Más bien, es un acto de la voluntad que busca como servir, y no ser servido.

El amor sacrificial es un fuerte compromiso para ayudar y apreciar a los demás incondicionalmente. Siempre está dispuesta a dar más que a recibir. El amor sacrificial se regocija con la verdad y nunca falla. Ese amor no teme ninguna acusación. Mientras celebramos, y obedecemos este gran mandato a amar, demos gracias a Dios, quien “ha mostrado su salvación a todas las naciones.” ¡Aleluya!

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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