Homilía del Cuarto Domingo de Adviento, Año 

Oh Señor, estamos listos para su visita y encuentro divino

Lectura: (1o: Mi 5, 1-4; Sal: 79; 2o He 10, 5-10; Ev: Lc 1 39-45)

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Fue el Canciller de la Diócesis de Fajardo Humacao, Puerto Rico. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo al:canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

La semana pasada celebramos el domingo de “Gaudate” cuando la iglesia nos animó a alegrarse porque el Señor ya está cerca. En este cuarto y último domingo de Adviento, nuestra primera lectura y el evangelio tienen algo en común. Este es el hecho de que, desde el menor de los humildes entre las tribus de Judá, y de María, la humilde esclava, Dios ha preparado un cuerpo para Cristo, el príncipe de la Paz. Cristo, según nuestra segunda lectura de hebreos, asegura su padre: “¡Aquí estoy! ¡Yo vengo a hacer tu voluntad!” Él Viene pronto para llenar nuestro corazón con su espíritu de paz y de alegría al igual que lo hizo a Isabel y el niño en su vientre.

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Como acercamos poco a poco al cumplimiento de la promesa de Dios para nosotros, el Evangelio de este domingo nos presenta la visitación de María a su prima Isabel. A pesar de su embarazo, María todavía encontró tiempo para visitar a su prima para compartir su alegría y ayudarla. Esto muestra su espíritu de hospitalidad, generosidad, humildad, amor, y su fe en Dios que la eligió. Por esta razón, ella es bendecida. No fue sólo María quien visitó a Isabel sino también, el Divino Niño y Príncipe de la paz. Por lo tanto, esta visita era divina.

También, es importante tener en cuenta que lo que sucedió entre los niños en el vientre de María e Isabel fue un encuentro divino. Lo que sucedió durante esta visita y encuentro divino es exactamente lo que el salmista describe como: “Cuando el amor y la fidelidad se reúnen, y cuando la justicia y la verdad se reúnen; la justicia y la paz se besan y abrazan” (Sal 85, 10). Isabel y María sintieron y vieron lo que sucedió espiritualmente.

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La visita de María a Isabel no era una mera coincidencia. Era un pozo de pensamiento del plan de Dios, que fue ejecutado en el momento adecuado. Esta temporada, Dios ha planeado honrar a cada uno de nosotros personalmente con una visita divina. Esta visita no es por un accidente. Al contrario, es una visita bien planificada. Él conoce donde vivimos, conoce el camino a nuestra casa, Él sabe exactamente el número de nuestro apartamento, y sabe exactamente el número de nuestro cuarto y puerta. Llega rápidamente a visitarnos personalmente a fin de lograr algunos cambios notables en nuestras vidas.

Esta temporada hermanos, lo que vamos a tener es una divina visitación y un divino encuentro con el niño Jesús. Este encuentro nos llenará con el Espíritu Santo que nos facultará como lo hizo a Isabel. Este encuentro divino con Cristo nos traerá la transformación y provocará la paz y la mayor alegría en nuestros corazones como hizo para Isabel y el niño en su vientre.

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Por último, pronto, y muy pronto, escucharemos una llamada a nuestra puerta, y escucharemos la voz de María el nuevo arco de la alianza con el divino niño. Están cerca de nosotros. Así que, debemos estar listos a recibirlos, y para que nuestra alegría sea completa esta temporada. Como esperamos nuestra divina visita y divino encuentro esta temporada, pidámosle a Dios: “¡Oh “Señor de los ejércitos! Restáuranos, que brille tu rostro sobre nosotros, y nos salve”.

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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