Homilía del Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, Año C

Participando en el ministerio de Cristo con nuestros dones

Lecturas: 1raIs 62:1-5; Sal: 95; 2daI Co 12:4-11; Ev: Jn 2:1-11

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Fue el Canciller de la Diócesis de Fajardo Humacao, Puerto Rico. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo all:canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

Hoy es el segundo domingo del tiempo ordinario, año C. En este domingo, nos gloriamos en Dios, que nunca nos abandona. Celebramos hoy, porque Dios permitió que su hijo viniera para nuestra ayuda. También nos alegramos, porque Dios nos ha bendecido y nos dotó con diferentes dones del Espíritu Santo para que podamos participar en el ministerio de Cristo.

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La primera lectura de este domingo es del “Tercer Isaías.” A través de su oráculo, Dios nos asegura de su voluntad de seguir protegiendo y salvando su pueblo. Por lo tanto, es un mensaje de esperanza y restauración. Así que, Dios nos recuerda hoy que Él no nos ha abandonado. El tono es muy romántico y simplemente nos recuerda cuánto nos ama Dios.

Así que, como un hombre quien juró proteger a su amada, Dios prometió protegernos y salvarnos a toda costa: “Por amor de Sion no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré hasta que rompa la aurora de su justicia y su salvación llamee como antorcha.” La razón de esta firme garantía es simple. Somos desposados y favoritos de Dios. Nosotros somos sus elegidos. Por lo tanto, Isaías nos exalta hoy que Dios está dispuesto a sacrificar cualquier cosa a causa de su amor para nosotros, y para nuestra salvación. Esto es exactamente lo que ha hecho al enviar a su hijo único Jesucristo, para cumplir esta misión.

Asimismo, en la segunda lectura de hoy, san Pablo nos recuerda que, por amor a nosotros y a su iglesia, Dios generosamente ha derramado en nosotros los dones del Espíritu Santo. En otras palabras, Dios no dejó de enviarnos a su hijo único, también nos ha ungido con el mismo espíritu con que ungió a Cristo. Un punto importante que Pablo hace aquí es que los dones que hemos recibido provienen “de uno y el mismo Espíritu Santo.”

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Sin embargo, debemos tener en cuenta que estos dones son dados a nosotros para un propósito. Son dados a nosotros para que pudiéramos participar en la misión de Cristo. Son para la edificación y el crecimiento de la iglesia de Cristo. No son nuestras propiedades personales, por lo que no deben ser utilizados para razones egoístas. Nos han sido dados generosamente por Dios. Por lo tanto, debemos usarlos también generosamente al servicio de la iglesia.

El evangelio de san Juan que leemos hoy, se centra en el primer milagro de Jesucristo. Este milagro fue un producto de la generosidad de Cristo. A pesar de que aún no haya llegado el momento de Cristo para empezar su ministerio público, Él aceptó generosamente ayudar con su don de milagro. De esta manera, Cristo nos ha enseñado cómo debemos usar nuestros dones para el bien y el crecimiento del pueblo de Dios.

Además, otra importante lección que debemos aprender del Evangelio de hoy es, el papel que la Virgen María desempeñó en este milagro. Ella tenía el don de la oración o intercesión y sabía que su hijo no le negaría nada bueno. Por lo tanto, inmediatamente, intercedió a favor de su pueblo.

El único precio que María exigió de los sirvientes era su obediencia a los mandamientos de Cristo. Ella no necesitaba demandar de algo más que esto, porque se sabía que el don de intercesión y su posición como la Madre de Cristo fue un regalo de Dios para la edificación de su pueblo. Por lo tanto, María usó su posición y su don de intercesión muy bien, y participó de manera eficaz en el ministerio de Cristo.

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Por lo tanto, estamos llamados hoy a emular el ejemplo de Cristo y María, que utilizaron sus dones para el crecimiento y la edificación del pueblo de Dios. Además, tenemos que pedirle constantemente a nuestra Señora su intercesión como los de la boda. Lo más importante es que debemos estar preparados para tomar su consejo: “Hagan lo que Él les diga”.

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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