Homilía del Octavo Domingo del Tiempo Ordinario, Año C

Bondad y belleza desde el Corazón

Lecturas: 1ra: Sir 27:5-8; Sal: 91; 2nd: I Cor 15, 54-58; Ev: Lc 6: 39-45

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Fue el Canciller de la Diócesis de Fajardo Humacao, Puerto Rico. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo all:canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

Hoy, el octavo domingo del tiempo ordinario, la iglesia sigue recordándonos las virtudes y cualidades que deben caracterizar nuestras vidas como cristianos.

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Nos recuerda que, mientras que la apariencia física podría ser engañoso, lo que realmente determina quiénes somos es lo que viene desde nuestro interior. Esto incluye, la calidad de nuestras palabras, la sabiduría y la calidad que manifestamos.

Por lo tanto, nuestra primera lectura es una llamada a ser muy cuidadosos en la evaluación de alguien basándose en su apariencia en lugar de la sabiduría que proviene de ellos. Dice: “La prueba del hombre está en su razonamiento. La palabra muestra la mentalidad del hombre. Nunca alabes a nadie antes de que hable, porque ésa es la prueba del hombre.”

A pesar de esto, basta de añadir, que uno necesita mucha sabiduría para discernir la verdad en la palabra de alguien. Esto es especialmente, dado el hecho de que muchas personas dicen bellas y dulces palabras sólo para complacer y engañar a los demás, mientras que sus corazones están lejos de la verdad. Cristo dice: “Este pueblo de labios me honra; más su corazón está lejos de mí.” (Mt 15:8). A veces, también nos dicen lo que saben que queremos oir, sólo para hacernos felices por un momento y nos dejan triste después.

La sabiduría, el buen consejo y la sinceridad que proviene de la palabra de un cristiano es lo que lo distingue. Lo hace: “Un hombre, en el que no hay engaño” (Jn 1:47). No sólo nuestras palabras, sino nuestras acciones como cristianos deben edificar, mejorar y alentar a otros.

Así que, hoy debemos preguntarnos: ¿edifican mis palabras o hacen alguna diferencia positiva en los demás? ¿Se construye o destruye a la familia o la comunidad?

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En el Evangelio de hoy, Jesús también nos enseña que la calidad de nuestro corazón determina la calidad de nuestras palabras y acciones. Él dice: “El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón, y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón”

Como cristianos, si vivimos según las buenas nueva, definitivamente, nuestras acciones y palabras serían dirigidas por ellas. Por consiguiente, afectará a otros positivamente. Al contrario, si llenamos nuestros corazones de las porquerías, también, nuestras acciones y palabras siempre serán vacías y de poca confianza.

Además, Cristo nos advierte hoy que tengamos cuidado al juzgar a los demás. Más bien, debemos ser lo suficientemente humildes para mirar hacia adentro antes de criticar a los demás. Por lo tanto, Pablo nos recuerda: “Si crees que estás fuerte, ten cuidado de no caer” (1Co10:12).

En la segunda lectura, Pablo nos recuerda que Dios nos ha dado la victoria por medio de Cristo. Por esta razón, no debemos cansar de hacer el bien. La victoria de Cristo no debe ser en vano. Más bien, debe sostenernos en buenas acciones como Pablo nos dice hoy: “Estén firmes y permanezcan constantes, trabajando siempre con fervor en la obra de Cristo.” Esta es una llamada a la perfección en todo lo que decimos y hacemos.

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Finalmente, hoy nuestros corazones están llenos de gozo por lo que Dios ha hecho para nosotros por medio de Cristo. Por medio de él, estamos llenos de bondad para que podamos alabar y agradecer a Dios con un corazón alegre y sincero. De hecho, es bueno dar gracias al Señor por lo que ha hecho por nosotros.

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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