Homilía del Cuarto Domingo (Laetare) de Cuaresma, Año C

Reconciliado con Dios por medio de Cristo

Lectura: 1ra: Jos5: 9-12; Sal 33; 2da: 2 Co 5: 1-21; Ev: Lc 15: 1-3.11-23

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Fue el Canciller de la Diócesis de Fajardo Humacao, Puerto Rico. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo all: canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392

Alégrate, Jerusalén, y que se reúnan cuantos la aman. Compartan su alegría los que estaban tristes, vengan a saciarse con su felicidad”. En este cuarto domingo de Cuaresma, la Iglesia nos exhorta: “Esten alegres y felices”, porque Cristo está dispuesto a reconciliarnos con su padre.

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Una vez, un hombre se enfermó y se le dijeron que la única condición para ser sanado era perdonar y reconciliarse con los que lo han ofendido. Por lo tanto, escribió a sus deudores y enemigos: “Queridos míos, habiendo comprendido el poder del perdón y la reconciliación, he cancelado todas las deudas que me deben, ¡Por favor, déjanos seguir siendo amigos y recen por mí!”

Esta es la providencia en acción. La enfermedad de aquel hombre fue la manera a través la cual, Dios medió la gracia a sus amigos. De la misma manera, a través de su muerte, Cristo nos asegura que nuestra “deuda de pecado” ha sido cancelada. Además, sus sacramentos median la gracia para nosotros y nos reconcilian con Dios.

Cristo tomó la primera iniciativa de reconciliarnos con Dios. En otras palabras, debido al pecado fuimos separados de Dios. Sin embargo, a través del sacrificio de Cristo, nos convertimos en hijos adoptivos de Dios. Por lo tanto, todos somos hijos del mismo padre en virtud del sacrificio de Cristo.

En el Evangelio de hoy, a través de la historia del hijo pródigo, Jesús nos asegura de la disposición de Dios a reconciliarnos con nosotros. La parábola del hijo pródigo es la historia de un padre amoroso, y de un hijo humilde y arrepentido. Es la historia de la reconciliación en su mejor. Lo más importante, refleja nuestra propia lucha e historia diaria.

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Por lo tanto, no importa cuán lejos nos hemos ido de Dios, o cuán terrible ha sido nuestro pasado. Lo que importante es que, Cristo está dispuesto a reconciliarnos con su padre y a restaurar nuestra gloria perdida. Él nos llama: “Vengan, pongamos las cosas en claro ¿Son sus pecados como escarlata? ¡Quedarán blancos como la nieve! ¿Son rojos como la púrpura? ¡Quedarán como la lana!” (Is: 1:18).

Así que, esta temporada debemos buscar constantemente la reconciliación con Dios a través de Cristo. Humildemente, debemos redescubrir nosotros mismos, y al igual que el hijo pródigo, debemos confesar: “He pecado contra el cielo y la tierra.” También debemos decirle a Dios: “¡Padre, regreso a casa!” Esto es lo que Pablo quiere decir cuando nos exhorta a reconciliarnos con Dios. Simplemente nos pide, que nos demos cuenta de quiénes somos, y cambiamos nuestro camino y mente como el hijo pródigo lo hizo.

Por lo tanto, debemos echar fuera toda vergüenza y orgullo para reconciliarnos con Dios y con los demás por medio de Cristo. A través de su iglesia, Cristo nos ha hecho las cosas fáciles. Él nos ha dado el Sacramento de la reconciliación como un medio para reconciliarnos constantemente con Dios.

El Sacramento de la reconciliación nos ayuda de tres maneras: Primero, nos reconcilia con Dios. Segundo, nos reconcilia con nuestros prójimos, y nos reconcilia, con nosotros mismos. Uno conduce al otro. Nuestra reconciliación con Dios depende fuertemente de nuestra reconciliación con los demás y, por supuesto, con nosotros mismos.

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Por eso, esta Cuaresma, aprovechemos este sacramento instituido por Cristo a través de su Iglesia, para reconciliarnos con Dios y con nuestros prójimos. Este sacramento es una bendición para todos nosotros, porque media la gracia de Dios a nosotros. Por lo tanto, el salmista nos invita hoy: “Haz la prueba y verán qué bueno es el Señor.”

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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