Homilía del Quinto Domingo de Pascua, Año C

Cristo Resucitado: La Esperanza de la nueva creación

Lecturas: 1ra: Hch 14, 21-27; Sal: 144, 8-13; 2da: Ap 21, 1-5; Ev: Jn 13, 31-35

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Fue el Canciller de la Diócesis de Fajardo Humacao, Puerto Rico. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo all: 

canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

En este quinto domingo de Pascua seguimos glorificando a Cristo resucitado. Cristo acerca poco a poco su ascensión al cielo. Por lo tanto, se nos prometió un lugar con Él en su reino si perseveramos en nuestra fe y en amor mutuo.

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En la primera lectura de hoy, Pablo nos anima a permanecer fieles en nuestras misiones como discípulos de Jesucristo. Él nos recuerda que: “Hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios.” En otras palabras, nuestro sufrimiento como cristianos es el paso hacia nuestra la victoria. Si no perdemos nuestra fe en tiempos de las persecuciones y las dificultades seremos victoriosos. Por lo tanto, amor por la palabra y para los demás deben sostenernos como marchamos hacia el Reino de Dios.

A través de la visión de Juan en la segunda lectura de hoy, Dios nos da una idea de ese reino que Pablo habló en nuestra primera lectura. Es un lugar de renovación donde todo nuestro esplendor perdido sería restaurado. La nueva Jerusalén es la recompensa de todos los cristianos que son auténtico testigos de Cristo resucitado. Es la esperanza de todos los que sufren persecuciones por la causa de Cristo y la buena noticia. Es la esperanza de aquellos que mantienen su fe en Cristo.

Es un lugar de consuelo donde, Cristo resucitado: “Enjugará todas lágrimas de sus ojos; habrá no más muerte y no más luto o tristeza.” A través de esta visión, estamos una vez más animados y asegurados que Dios mismo tiene un lugar para nosotros en su reino. Es su deseo que un día, nosotros también estaremos con Él en su reino eterno, donde Él prometió a hacer todas las cosas nuevas para nosotros. Sin embargo, antes, debemos soportar el sufrimiento de este mundo.

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En el Evangelio de hoy, Cristo nos da un mandamiento nuevo que nos ayude a superar este mundo y marchar hacia la nueva Jerusalén. Él dice: “Yo, les doy un mandamiento nuevo, amen unos a otros; se deben amar los unos a los otros.” A través de este mandamiento, Cristo nos recuerda que la única manera que podemos superar las tribulaciones y persecuciones de este mundo es por permanecer unidos en el amor.

En tiempos de pruebas y persecuciones, el amor es la mayor virtud que sostiene toda comunidad cristiana. La primera comunidad cristiana entendió esto muy bien. Obedeció la orden de Cristo y fue exitoso en sus misiones. Por eso, sus admiradores comentaron: “Mire cómo aman uno al otro” (Tertuliano, apología: 39.7, AD 3).

Cualquier comunidad cristiana o familia que está unida en el amor nunca perderá su foco o fe en Dios. Este es el amor que Pablo se describe en su primera carta a los corintios (1 Co 13). Este amor no explota el otro, se aguanta y perdona, se empatiza y simpatiza con el otro. Este amor puede ser ciego, pero sigue siendo muy prudente, sensato, razonable y piadoso.

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Finalmente, el amor que Cristo habla aquí es una marca de identificación. Él dice: “Por este amor, todos los conocerán que son mis discípulos.” En otras palabras, es lo que nos define como verdaderos discípulos de Cristo. Solamente, los que aman sinceramente pueden entrar en la nueva Jerusalén que Cristo resucitado prometió a su pueblo. Este amor es una marca de la novedad de vida que Cristo trae a todo su pueblo esta temporada de Pascua.

¡La paz sea ustedes!

¡Maranatha!

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