Homilía del Vigésimo Domingo del Tiempo Ordinario, Año C

Con Cristo, somos Victoriosos

Lecturas: 1ra: Jr 38:4-6. 8-10; Sal: 39:2-4.18; 2da: Heb 12:1-4; Ev: Lc 12:49-53

Esta breve reflexión fue escrita por el Reverendo Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. Él es un sacerdote católico y un miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espirítanos). Él está trabajando con el Grupo Internacional Espirítano De Puerto Rico y República Dominicana. Él es el administrador de la Parroquia La Resurrección del Señor, Canóvanas y el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo en: canice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

En este vigésimo domingo del tiempo ordinario, la Iglesia nos anima a luchar contra el mal siguiendo el ejemplo y los pasos de Cristo, que vino a traer “fuego” sobre la tierra para purificar, transformar y salvarnos de los peligros que nos afligen.

En la primera lectura, el profeta Jeremías sufrió grave injusticia, por el mensaje que predicaba. Se convirtió en un hombre de discordia para toda la tierra donde él predicó. Esto era porque su mensaje era muy incómodo para los líderes. Así que, la mejor opción era conspirar y matarlo.

Aunque lo lograron por un poco tiempo, Dios demostró que era un Salvador poderoso. Él no los permitió a destruir el profeta Jeremías. En cambio, en su propio tiempo y a su manera, Dios vino en su auxilio. El salmista testifica: “Esperé en el Señor con gran confianza; él se inclinó hacia mí y escuchó mis plegarias.” Nuestro Dios es siempre fiel y dispuesto a liberarnos en tiempos y momentos peligrosos. Sobre todo, cuando somos justos e inocentes. Por lo tanto, no debemos perder la confianza en Él incluso si estamos abatidos.

La segunda lectura de la carta a los hebreos nos anima a mantenernos enfocados constantemente: “fija la mirada en Jesús, autor y consumador de nuestra fe”. Esta lectura nos anima a emular el celo y el valor de Cristo aun en medio de la oposición. La fuerza y la energía que necesitamos para hacer todo esto, definitivamente serán proporcionada por el mismo Jesús Cristo.

El Evangelio de hoy ha dejado a muchos preguntándose: ¿Qué quiere decir a Jesús por “fuego y división sobre la tierra”? Esto es por el hecho de que le llaman el príncipe de paz. Por desgracia, algunos cristianos fundamentalistas han empleado este pasaje de forma muy literal y negativo. Es cierto que el mensaje de Cristo es incisivo. Sin embargo, uno necesita la luz y la guía del Espíritu Santo para entender verdaderamente lo que el Señor quiere comunicarnos.

El Evangelio de hoy nos recuerda algunos eventos en el antiguo testamento, donde el fuego jugó un papel importante. Dios usó el fuego y azufre para destruir a Sodoma y Gomorra (Gen 19:24). El fuego y el granizo se utilizaron para castigar a los egipcios por su obstinación (Ex 9:3). El profeta Elías hizo descender fuego del cielo para consumir a cincuenta soldados (2 Reyes 1:9-17) y su sacrificio (1Kg 18:38).

¿Jesús quiere destruirnos con este mismo fuego? No, el fuego que Jesús trae es diferente. Es el fuego del Espíritu Santo, que purifica nuestras almas del mal, y nos salva. Por lo tanto, San Cirilo de Alejandría escribió: “…El fuego que Cristo trae es para la salvación de los hombres y sus beneficios… El fuego aquí es el mensaje salvador del evangelio, y el poder de sus mandamientos” (Comentario sobre Lucas, sermones 89-98).

Por lo tanto, este domingo Jesús nos asegura de su disposición a continuar la obra de salvación que ya comenzó en nosotros. Él planea lograrlo a través de una purificación continua. El fuego que él quiere traer es muy positivo y objetivo. Es para nuestro propio bienestar, purificación, y salvación. Está destinado a consumir la inmoralidad, la injusticia y la corrupción en nuestras vidas, en las comunidades y en el mundo en general.

Finalmente, la buena nueva es una causa de división porque es un contraste con una sociedad injusta y todo lo que va contra a la buena nueva. Por lo tanto, imploremos a Cristo: “¡ Señor, date prisa en ayudarme!”

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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