Homilía Del Vigésimo Quinto Domingo Del Tiempo Ordinario, Año B

Trabajando Por La Paz Y La Armonía

Lectura: 1ra: Sab 2: 12.17-20; Sal 53; 2da Sant 3: 16-4, 3; Ev: Mc 9: 30-37

Esta breve reflexión fue escrita por el Reverendo Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. Él es un sacerdote católico y un miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espirítanos). Él está trabajando con el Grupo Internacional Espirítano De Puerto Rico y República Dominicana. Él es el administrador de la Parroquia La Resurrección del Señor, Canóvanas y el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo encanice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

En este vigésimo quinto domingo del tiempo ordinario, exaltamos a Jesucristo el hijo de Dios. Él es la sabiduría que bajó del cielo para servir y salvar la humanidad. La Iglesia nos invita a escucharlo, y a seguir su ejemplo de vivir una vida ordenada y pacífica.

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La primera lectura de hoy se cumplió en la vida de Cristo. Primero, apunta a Cristo hijo de Dios, que fue puesto a la muerte por personas celosas y malvadas. Como un hombre justo, Cristo reprochó y condenó a los ambiciosos fariseos y escribas de su tiempo. Ellos se ofendieron, y así, le persiguieron y crucificaron a Cristo.

Esta lectura también se cumple en la vida de todos aquellos que sufren persecuciones injustas hoy por ser verdaderas y justas. Como Cristo, a veces, somos perseguidos por nuestros enemigos, e incluso por nuestros amigos por hacer lo correcto. Sin embargo, debemos permanecer firmes porque Dios seguramente nos vindicará como vindicó a Cristo.

Nuestra segunda lectura nos recuerda la importancia de enfocarnos sinceramente en las cosas que nos unen y no en las que nos dividen. Todos deseamos una vida armoniosa, pero muchas comunidades cristianas, familias y hogares viven en frecuentes conflictos y desorden.

Aunque los conflictos son inevitables en la vida, no debemos permitir que nos separe. Lamentablemente, la raíz de la mayoría de estos conflictos son ambiciones egoístas. Así que, Santiago nos exhorta a no permitir que las ambiciones egoístas destruyan nuestras relaciones, familias y comunidades.

Santiago nos pregunta: ¿De dónde vienen las luchas y los conflictos entre ustedes? ¿No es, acaso, de las malas pasiones, que siempre están en guerra dentro de ustedes? Ambicionan algo que no pueden alcanzar, y entonces combaten y hacen la guerra. Por supuesto, muchas familias, matrimonios, comunidades y naciones ya han sido destruidas debido a ambiciones o deseos egoístas.

En el Evangelio de hoy, Jesús predice su sufrimiento inminente, su muerte y su resurrección. Por desgracia, en lugar de reflexionar sobre lo que Cristo estaba diciendo, sus discípulos estaban ocupados discutiendo secretamente sobre quién era el más grande. Por supuesto, su argumento estaba dirigido al gobierno terrenal que imaginaban que Cristo había venido a establecer. Así que, como la comunidad a la que Santiago escribió, los discípulos de Jesús estaban experimentando un conflicto de intereses.

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Esto es lo que vemos en cualquier sociedad, iglesia, familia, y de hecho en cualquier lugar que la ambición personal se considera más importante que cualquier otra cosa. Allí, vemos lucha, chismes, indiferencia, agresión, amenazas a las vidas y las propiedades, el odio y todo tipo de vicios. Todos estos, vienen a las expensas del bien común y la convivencia pacífica. Dondequiera que existan, no habrá progreso, prosperidad y paz.

Por lo tanto, al usar a un niño como ejemplo para nosotros hoy, Jesús simplemente nos está enseñando que tenemos que ser como niños para ser grandes. Por supuesto, esto no significa ser infantil. Más bien, significa ser como niños. Significa que, tenemos que vivir nuestras vidas en humilde servicio a Dios y el uno al otro.

Finalmente, ser grande no es enfocarse solamente en uno mismo. Significa nuestra capacidad de acomodar, acoger y trabajar en armonía con los demás lo hacen los niños. También significa la disposición a aceptar la verdad y, reflejar positivamente en ella.

¡La paz sea con ustedes! 

¡Maranata!

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