Homilía Del Segundo Domingo Del Tiempo Ordinario, Año C

Utilizando Nuestros Dones En La Misión De Dios

Lecturas: 1ra: Is 62:1-5; Sal: 95; 2da: I Co 12:4-11; Ev: Jn 2:1-11

Esta breve reflexión fue escrita por el Reverendo Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. Él es un sacerdote católico y un miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espirítanos). Él está trabajando con el Grupo Internacional Espirítano De Puerto Rico y República Dominicana. Él es el administrador de la Parroquia La Resurrección del Señor, Canóvanas y el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo en: canice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

Hoy es el segundo domingo del tiempo ordinario, año C. Este domingo regocijamos en Dios que nunca nos abandonó. Permitió que su hijo viniera a nuestro auxilio. También, nos bendijo con diferentes dones del Espíritu Santo, para que pudiéramos participar en la misión de Cristo.

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La primera lectura de este domingo es de “tercer Isaías”. Por medio del profeta Isaías, Dios nos asegura de su voluntad de continuar protegiéndonos a su pueblo. Por lo tanto, es un mensaje de esperanza y restauración. Entonces, Dios nos recuerda hoy que no nos ha abandonaría.

El tono de esta profecía es muy romántico y nos recuerda lo mucho que Dios nos ama y cuida. Así que, como un hombre o una mujer que prometió proteger a su amado, Dios prometió salvarnos a todo costo: “Por amor a Sión no me callaré y por amor a Jerusalén no me daré reposo, hasta que surja en ella esplendoroso el justo y brille su salvación como una antorcha.” La razón es simple. Somos sus elegidos.

Por lo tanto, Isaías nos exalta hoy que Dios está dispuesto a sacrificar cualquier cosa por nuestro bien y salvación. Esto es exactamente lo que ha hecho al enviarnos a su único hijo Jesucristo para cumplir esta misión.

También, en nuestra segunda lectura, Pablo nos recuerda que, debido a su amor por nosotros, Dios nos ha regalado muchos dones generosamente. En otras palabras, Dios no se detuvo en enviarnos a su único hijo, sino que también nos ungió con el mismo espíritu con que se ungió a Cristo.

Pablo nos recuerda igualmente que los dones que recibimos provienen del mismo Espíritu Santo. Se nos dan para un propósito. Es decir, para poder participar en la misión de Cristo. Son para la edificación y el crecimiento de la iglesia de Cristo. Se nos dan generosamente. Por lo tanto, también debemos usarlos generosamente, sinceramente y alegremente en servirle a Dios y su iglesia.

El Evangelio de hoy se centra en el primer milagro de Jesucristo. Este milagro fue un producto de la generosidad de Cristo. Aunque, no era tiempo para que Cristo comienza su ministerio público, él generosamente aceptó ayudar con su don de milagro. Cristo nos enseñó que, debemos usar nuestros dones para el bien y el crecimiento del pueblo de Dios.

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Además, otra lección importante que debemos aprender del Evangelio de hoy es el papel que la Santísima Virgen María jugó en este milagro. Ella tenía el don de la intercesión. Ella sabía que su hijo no le rechazará nada bueno. Entonces, ella intercedió en nombre de su gente. Sólo el precio que exigió era obediencia a los mandamientos de Cristo.

Ella no necesitaba exigir nada más que esto, porque sabía que su don de intercesión y posición como la madre de Cristo era un regalo gratuito de Dios para la edificación de su pueblo. Por lo tanto, al utilizar su posición y su don de intercesión bien, María participó efectivamente en la misión y el ministerio de Cristo.

Finalmente, hoy estamos llamados a emular tanto el ejemplo de Cristo como de María, que utilizó sus dones para el crecimiento y la edificación del pueblo de Dios. Debemos pedir constantemente a Nuestra Señora por su intercesión como lo hicieron los de la fiesta de la boda. Más importante, debemos estar listos para vivir su consejo: “¡Hagan lo que él les diga!”

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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