Martes de la 3ra Semana de Cuaresma, Año A

Perdonémonos Unos a los Otros como Dios nos perdona Siempre

Lecturas: 1ra: Dan 3:25. 34-43; Sal: 24; Ev: Mt 18:21-35

Esta breve reflexión fue escrita por el Reverendo Padre Njoku Canice Chukwuemeka, C.S.Sp. Él es un sacerdote católico y un miembro de la Congregación de los Padres y Hermanos del Espíritu Santo (Espirítanos). Él está trabajando con el Grupo Internacional Espirítano De Puerto Rico y República Dominicana. Él es el administrador de la Parroquia La Resurrección del Señor, Canóvanas y el Canciller de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Puerto Rico. Para más detalles y comentarios se puede contactarlo encanice_c_njoku@yahoo.com, cancilleriadfh@gmail.com, canicechukwuemeka@gmail.com.

Queridos Hermanos,

Como prometí, ayer, seguiré permaneciendo aquí en la presencia del Santísimo Sacramento en oraciones hasta que sucede algo maravilloso. Y más importante, los bendeciré cada día con el Santísimo Sacramento.

Al continuar nuestro camino en este tiempo cuaresmal, el Evangelio de hoy (Mt 18:21-22) nos habla de la necesidad de perdón. Por mi propia experiencia personal, sé que no es fácil perdonar. Esto se debe a que un cierto dolor sigue ardiendo en el corazón como el ácido. Cuanto más lo cargamos, más, nos hace daño.

Hay gente que dice: “¡Perdono, pero no lo olvido!” Rancor, tensiones, opiniones diversas, insultos, ofensas, provocaciones, todo hace que el perdón y la reconciliación sean difíciles. Lamentablemente, la incapacidad de perdonar duele a uno más.

Pedro pregunto a Cristo: “¿Con qué frecuencia debo perdonar a mi hermano si me hace daño? ¿Tan a menudo como siete veces?” Jesús le respondió: “¡No siete, te digo, sino setenta y siete veces!” El número siete indica la perfección. En este caso, era sinónimo de siempre. Es decir, setenta veces siempre. Por lo tanto, esto significa simplemente que no hay proporción entre el perdón que recibimos de Dios y el perdón que debemos ofrecer a los demás.

Así que, este tiempo de Cuaresma, vengámonos a Dios con humildad con todas las cargas que soportamos en nuestros corazones unos contra otros. Vamos a cargarlos ante Cristo y marchámanos feliz y con alegría. Sigamos pidiendo a Dios que nos sane de las heridas que hemos sufrido por el dolor que otros nos han hecho y debido a nuestro corazón implacable.

¡Paz con Ustedes!

Maranata

Amen.

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