Homilía del Vigésimo Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario, Año B

La santidad de matrimonio y la familia de Dios

Lectura: 1ra: Ge 2, 18-24Sal: 128; 2da: He 2,9-11Ev: Mc 10, 2-16

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Fue el Canciller de la Diócesis de Fajardo Humacao, Puerto Rico. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo al canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

En este vigésimo séptimo domingo del tiempo ordinario, estamos invitados a reflexionar sobre el significado y la importancia de las instituciones del matrimonio y familia. Ambos son instituciones esenciales fundadas en un amor genuino para el sustento de la humanidad.

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Lamentablemente, en nuestro tiempo estas instituciones esenciales están gravemente amenazadas. Así que, es importante notar que cualquier cosa que amenace matrimonio y vida familiar amenace amor, unidad y toda la existencia humana. El matrimonio juega un doble papel. Primero, para la afección mutua entre las parejas. Segundo, para el sustento de la humanidad a través de la procreación.

Hoy, tanto la primera lectura y el Evangelio nos llaman a defender la santidad del matrimonio y la vida familiar. Ambas nos recuerdan que el matrimonio es instituido por Dios. Por lo tanto, debe ser apreciado y protegido. Sin embargo, es importante notar que tienen sus desafíos. Estos pueden ser superados a través de la gracia de Dios, y las buenas virtudes cristianas.

Los problemas matrimoniales deben ser resueltos mutuamente, y con la intención piadosa de hacer las paces. Muchas veces, pensamos que la mejor manera de resolver los problemas asociados con el matrimonio es el divorcio. Esto puede parecer una solución buena y rápida. Sin embargo, no es así siempre.

Las lecturas de hoy nos recuerdan que no es la voluntad de Dios que se rompa ningún matrimonio sacramental: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa y serán los dos una sola cosa. De modo que ya no son dos, sino una sola cosa. Por eso, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”.

Por desgracia, muchas veces, divorcio no garantiza la paz mental. Además, no garantiza el éxito del próximo matrimonio. Por eso, alguien podría casarse muchas veces y divorciarse muchas veces. Esto es simplemente para demostrar que el divorcio no es siempre la mejor solución a los problemas del matrimonio.

Por lo tanto, en la base del divorcio es la incapacidad de llegar a un compromiso y la comprensión sobre la mejor manera de vivir la vida matrimonial. Esto simplemente se traduce en la falta de compasión, perdón, tolerancia y respeto mutuo por el uno el otro.

Además, hay egoísmo y codicia que a menudo viene con la única intención de explotar al otro. Cuando el fundamento del matrimonio no se construye sobre la honestidad, la veracidad, el amor mutuo, fe, caridad, esperanza y oración, hay pocas probabilidades de que sobrevivirá la gran tormenta.

También, a veces hay la carencia de la madurez de parte de los que pretenden a contraer matrimonio. Por la madurez, se quiere decir la madurez espiritual, física, social y psicológica que esta unión sagrada requiere. Así que, es importante realizar que la relación de matrimonio es completamente diferente de la relación entre una novia y un novio.

Sin embargo, es importante señalar que el aumento del número de divorcio hoy es debido al poco valor atribuido al matrimonio. Cuando el matrimonio se trata como un mero artículo en lugar de como un sagrado sacramento, o una institución sagrada, no durara. Por supuesto, esto, en consecuencia, afecta tanto a la familia como a la sociedad en general.

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Por último, me compadezco sinceramente de todos aquellos que pasan momentos difíciles en su matrimonio, rezo para que Dios les dé la gracia, la fuerza y la sabiduría para avanzar y encontrar paz en sus hogares. Para aquellos que tienen la intención de unirse en este sagrado sacramento, que, a través de la gracia de Dios, encuentren alegría en el amor que profesan.

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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