Homilía del Trigésimo Primer Domingo del Tiempo Ordinario, Año B

Amor: El sacrificio de la nueva alianza

Lectura: 1ra: Dt 6, 2-6; Sal 23; 2da: Heb 7, 23-28; Ev: Mc 12, 28-34

Esta breve reflexión fue escrita por el Padre Canice Chukwuemeka Njoku, C.S.Sp. Es un sacerdote católico y  miembro de la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos). Es un misionero en Puerto Rico. Es el Párroco de la Parroquia la Resurrección del Señor, Canóvanas y el Superior Mayor la Congregación del Espíritu Santo (Espirítanos), Circunscripción de Puerto Rico y Republica Dominicana. Fue el Canciller de la Diócesis de Fajardo Humacao, Puerto Rico. El Padre Canice es miembro de la academia de homilética (The Academy of Homiletics). Para más detalles y comentarios se puede contactarlo al:canice_c_njoku@yahoo.com, canicechukwuemeka@gmail.com

(https://orcid.org/0000-0002-8452-8392)

Hoy, el trigésimo primer domingo del tiempo ordinario, la Iglesia nos sigue guiando hacia Cristo, el sumo sacerdote eterno de la nueva alianza. La base de esta nueva alianza es el sacrificio del amor. Cristo ofreció este sacrificio que le dio la gloria perfecta al padre. Así que, como sus seguidores (cristianos), nos llama y espera a ofrecer este mismo sacrificio.

En nuestra primera lectura, Moisés, nos recuerda que ser fieles a Dios y sus mandamientos es la mejor manera de alcanzar la prosperidad y la vida eterna. Concluye con la famosa llamada conocida en hebreo como Shema Yisrael (¡Escucha, Israel!) Es la pieza central de la oración judía de la mañana y de la tarde. Además, forma parte de algunas oraciones cristianas.

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Como judío, Cristo mismo oró esta misma oración. Así que, usa estas mismas palabras en el evangelio de hoy. Es a la vez una llamada y un recordatorio de la unidad y la grandeza de nuestro Dios. Por lo tanto, es un llamado a ser fieles a Dios a través del sacrificio del amor. ¡Obedecer a Dios es amarlo!

La segunda lectura es una continuación del discurso sobre el sacerdocio eterno de Cristo. La carta a los hebreos contrasta el sacerdocio de Cristo con del antiguo testamento. En obediencia a la voluntad de su padre, Cristo ofreció el mayor sacrificio de amor con su propia vida. Era necesario que muriera, para salvarnos (1 Juan 2:2; Heb 10:10,14).

Sin embargo, la mayor diferencia es que, el sacerdocio de la antigua alianza fue terminado y conquistado por la muerte. Al contrario, Cristo derrotó y conquistó la muerte a través de su resurrección y ascensión al cielo. Allí, sigue siendo nuestro sumo sacerdote eterno.

Al obedecer la voluntad del padre, Cristo permaneció santo e inocente. No sólo amaba al padre, sino que nos amó. “Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos” (Jn 15:13). “Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Rom 5:8).

En el Evangelio de hoy, Cristo resumió los diez mandamientos en dos. Con las mismas palabras de Moisés, repitió la misma llamada en la primera lectura: “Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma…” Cristo añadió: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” ¡Muy importante!

Sin negar la prioridad del primero de los dos mandamientos, humanamente hablando, creo que el segundo es muy difícil. Si podemos obedecer el segundo, entonces podemos, y de hecho hemos obedecido el primero. Esto es porque, Dios vive en nuestro prójimo. No podemos odiar o hacer daño a nuestro prójimo por ninguna razón, y todavía afirmamos que amamos a Dios, o su mandamiento.

Por desgracia, debido al instinto humano natural de autopreservación, orgullo y egoísmo, (el “ego” o “Yo”), parece prácticamente imposible amar ni a Dios, ni a nuestro prójimo. Sin embargo, Cristo no nos está pidiendo lo que él no pudo hacer. El venció todos estos enemigos de amor. Cualquier cristiano que vence estos enemigos, amará sinceramente.

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La buena noticia es que, Cristo sabe que es posible. Si no fuera así, no nos habría mandado a amar. Entonces, amar a Dios y a nuestro prójimo, es una “deuda” que debemos, y lo debemos pagar (Rom 13:8). Es el sacrificio de la nueva alianza, que el nuevo pueblo de Dios, y, de hecho, todo “nacido de nuevo” hijos de Dios deben ofrecer.

Finalmente, esto puede no significar necesariamente de morir en la cruz como Cristo lo hizo, pero podría ser demostrado a través de los pequeños, pero concretos gestos como una sonrisa sincera, buenas palabras, y caridad. No sólo significar hacer algo extraordinario, sino también, de hacer algo simple. Así que, como Cristo nuestro sumo sacerdote eterno, cuando ofrecemos este sacrificio y pagar la deuda de amor que le da la gloria perfecta a Dios, podemos cantar con el salmista: “Yo te amo, Señor, tú eres mi fuerza”

¡La paz sea con ustedes!

¡Maranatha!

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